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tribuna

El secesionismo vira al racismo (

Umberto Bossi, recientemente fallecido, es buen ejemplo del nacionalismo que deriva en un populismo excluyente y antieuropeísta

Sr. García

El 19 de marzo supimos del fallecimiento de Umberto Boss i, uno de los ciclones que recorrió la política italiana en los primeros años noventa. Nacido en una localidad de la provincia de Varese, inició su carrera política a principios de la década de 1980 como un activista del minúsculo autonomismo lombardo, influido por los ejemplos del autonomismo del francófono Valle del Aosta, y en parte por el autonomismo véneto. Era en sus inicios un nacionalismo subestatal con componentes culturales y etnolingüísticas, basado en parte en la revitalización del lombardo —lumbard—, y con muy escasas perspectivas electorales en la Italia de posguerra, donde la hegemonía del nacionalismo italiano risorgimentale estaba reforzado por la matriz antifascista de la república nacida en 1946. Fuera del potente autonomismo surtirolés, con amplio arraigo en la población germanófona de la región del Trentino-Alto Adige y con capacidad de negociar con Roma un statu quo beneficioso, en la República italiana los nacionalismos subestatales ciertamente existían; pero eran casi anecdóticos, y su agenda mayormente moderada, desde el autonomismo valdostano al sentimiento de identidad siciliana —aplacados los circunstanciales ardores independentistas de la inmediata posguerra— y el persistente, pero minoritario, nacionalismo sardo, dividido entre el autonomista Partito Sardo d’Azione y un minoritario independentismo de izquierda de vocación anticolonial.

Bossi, sin embargo, supo leer con pragmatismo la situación generada por la caída del muro de Berlín, la implosión del bloque soviético y el final de la Guerra Fría, y en particular el fin de los inestables pero duraderos equilibrios que habían caracterizado el sistema político de la Italia de posguerra. En una Italia minada por los escándalos políticos —la tangentopoli que deslegitimaban a los partidos mayoritarios, en particular la Democracia Cristiana (DC), el líder lumbard configuró en 1989 una alianza de diversos grupos autonomistas de la Italia septentrional, desde ligures a toscanos y piamonteses, la Liga Norte; y reclamó una descentralización radical del Estado italiano. Manejó para ello con gran agresividad retórica y un lenguaje soez y machista que en su tiempo era una novedad —la Liga la tiene dura, afirmó en algún mitin— el repertorio del agravio comparativo. Según él, el norte industrioso y productivo sostenía con sus impuestos un Estado corrupto e ineficaz, la Roma ladrona, y unas regiones del sur parasitarias habitadas por mafiosos y holgazanes. Había que federalizar Italia y, sobre todo, redistribuir los recursos públicos. Quien más producía, debía recibir más; y si no, crear su propio Estado. Un lenguaje populista que caló hondo en un electorado desencantado, y en regiones prósperas donde los prejuicios antimeridionales estaban profundamente arraigados.

Lo que parecía un desvarío cómico de fin de ciclo de un sistema político periclitado pronto se reveló que había llegado para quedarse. En las elecciones legislativas de abril de 1992, la Liga alcanzaba unos resultados espectaculares (8,7% de los votos y 56 diputados), la DC retrocedía, y también lo hacía la que había sido su alternativa siempre bloqueada, el Partido Comunista (PCI) ahora embarcado, tras la caída del Muro, en una operación de viaje al centro socialdemócrata guiada por Achille Ochetto. Las culturas políticas clásicas de la República Italiana, la católica y la comunista, entraban en una profunda crisis. Y ahí emergió en parte el territorio, la región, como refugio, como marco seguro al que agarrarse en tiempos de tribulación. En 1993 la Liga Norte conquistaba la alcaldía de Milán, y un año después obtenía la mitad de los votos en las elecciones provinciales de Varese.

La Liga Norte no sólo utilizaba la identidad regional y local como arma arrojadiza e improvisada. Bossi y sus colaboradores, como Gianfranco Miglio y Roberto Maroni, se empeñaron en construir una suerte de nueva nación del Po, la Padania, recurriendo a mitos caballerescos medievales. Intentó presentarse en entrevistas televisivas como un émulo de los nacionalistas escoceses, catalanes o flamencos. Y en verdad le unía a ellos el argumento del agravio fiscal. Pese a sus esfuerzos, empero, Bossi y la Liga no pudieron inventar en poco tiempo ni el poso histórico y la tradición de estatalidad propia de los escoceses, ni la pujanza cultural y lingüística de flamencos, catalanes y otros etnonacionalismos de la Europa occidental de su tiempo. La Liga era más un movimiento populista con tendencias xenófobas y una agenda descentralizadora y federalista que otra cosa, y así lo demostró en su evolución posterior. Sus votantes podían tener prejuicios contra Roma o los calabreses, pero no dudaban en identificarse con la selección italiana de fútbol. Se consideraban los auténticos italianos, pero no necesariamente antiitalianos.

Desde 1994, las resonancias del discurso de identidad basado en el etnonacionalismo tradicional parecieron suavizarse, y la Liga privilegió el pacto estratégico con el emergente populismo de medios y corte ultraliberal de Silvio Berlusconi; además de vincularse (con mayores obstáculos) a la formación posneofascista Alianza Nacional. Más adelante, la agrupación experimentó divisiones internas, problemas de comunicación con Berlusconi y los sectores neofascistas, moviéndose entre el modelo federal y una retórica independentista que, pese a todo, siguió logrando éxitos en las urnas entre 1996 y 1998. Ciertos nacionalistas catalanes o flamencos que inicialmente habían observado el movimiento de la Padania libre con cierta simpatía tomaron distancias. Y la Liga inició la nueva centuria con una tendencia que la condujo inicialmente a buscar coaliciones con distintos grupos para lograr la descentralización federal del Estado italiano, para luego convertirse en un movimiento de corte xenófobo y populista bajo el liderazgo de Matteo Salvini. La Liga continuaba respaldando la autonomía fiscal y las identidades regionales, aunque se centró primordialmente en la oposición a la inmigración, adoptando gran parte de las tesis de la extrema derecha europea.

Bossi no fue el único nacionalista subestatal en tornarse xenófobo y populista, oscilando entre la secesión del norte y la derechización de toda Italia. El nacionalismo flamenco había seguido en parte esa senda en las dos décadas anteriores, y partidos como el Bloque Flamenco (hoy Vlaams Belang) ya habían demostrado que ultraderecha y secesionismo o nacionalismo subestatal, una combinación habitual en Europa oriental, también eran posibles en Europa occidental. Pues, como han mostrado los estudios sobre nacionalismos comparados, la distinción original del historiador Hans Kohn (1944) entre nacionalismos cívicos en Occidente y nacionalismos étnicos en Oriente no se sostenía.

Aun en entornos como el español, donde el nacionalismo periférico, la democracia y el avance social se consideraban casi por inercia compatibles debido a su rechazo al franquismo, esa convicción se ha desmoronado recientemente. Así se percibe en el reciente surgimiento de Aliança Catalana y sus buenas perspectivas electorales. Cabe interrogarse si, de cara al futuro, la ultraderecha indepe se transformará de manera similar a la padana, anteponiendo la agenda contra la inmigración y el antieuropeísmo a la causa independentista, y llegando a pactos forzosos, tarde o temprano, con sus equivalentes españolistas. O si persistirá esa doble faceta de actuar como Garibaldi internamente, avivando las brasas y el descontento provenientes del procés, para mutar en Bossi externamente, buscando vínculos con derechas radicales de distintos marcos nacionales. No sería algo insólito: el presente primer ministro de Bélgica, Bart de Wever, es un independentista flamenco, pese a ser europeísta.

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