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COLUMNA

Orgullo de clase

Me sucede igual que a san Agustín con el tiempo: si no me lo preguntan, entiendo qué es, pero si intento exponerlo, lo desconozco.

Un niño estudia en su casa.Europa Press / Getty

Estábamos charlando mientras esperábamos para entrar en un debate cuando una compañera periodista sacó a colación el orgullo de clase. Se preguntaba por qué quienes teníamos padres carteros o madres limpiadoras podíamos hablar de orgullo de clase, pero los que tenían padres y madres a quienes les limpiaban la casa y les llevaban los paquetes, no.

Mi primera tentación fue responderle que uno es libre de sentirse orgulloso de lo que le venga en gana, que hay gente por ahí que se enorgullece de cosas muy raras: de vivir de las rentas, de unas tetas de plástico o de la Unión Europea. Pero me callé, consciente de que esa soberbia emanaba de un desdén hacia las clases medias y altas que, desde que pertenezco a ellas, me da un poco de pudor. La segunda tentación fue echar mano del honor social de Weber, ese prestigio que la sociedad le concede a alguien independientemente de su riqueza, poniéndonos ante una escala en la que el nuevo rico está por debajo del investigador precario y Zaffa, mi frutero marroquí, por encima de Amadeo Llados, Luis Bárcenas o incluso Juan Carlos I. Pero se me hizo bola, mitad porque no quería ponerme intensa, mitad porque me percaté de que la pregunta de la compañera era retórica, una mera introducción para una reflexión que le apetecía hacer, así que ni buscaba ni deseaba una respuesta por mi parte.

Me sentí aliviada porque me di cuenta de que, cuando se trata del orgullo de clase, me ocurre como a san Agustín con el tiempo: que si nadie me pregunta, sé lo que es, pero si quiero explicarlo, no lo sé. Constreñirlo en una teoría, ponerle palabras y autor me parece matarlo, pero lo vi materializarse en los últimos días de mi abuelo Vicente, en los que no habló de repartir tierras o pisos ni hizo un repaso de acciones o dividendos, sino que los dedicó a recordarnos que había tenido 10 hijos y un amor que le esperaba al otro lado de la muerte —a él, que era ateo, pero parece que no practicante—: el de mi abuela.

Lo reconocí también la tarde de 2025 en la que el fotógrafo Txema Rodríguez recogió el premio Mingote y, frente a la flor y la nata del mundo cultural y en una ceremonia presidida por los Reyes, se acordó de que, cuando se separó, sus hijas y él pasaron meses durmiendo en unos colchones tirados en el suelo de una casa vacía.

También se me anudó en la garganta hace unos días, cuando mi hermano pequeño recogió una de las becas de doctorado más prestigiosas de España para estudiar lo que le apasiona desde niño. Porque seguro que la hija de la señora que llevaba un bolso de marca y carillas en los dientes que se sentó un par de filas más atrás se esforzó mucho para llegar hasta allí. Pero mi hermano se esforzó mientras trabajaba, se esforzó en el bajo interior de 50 metros de mi madre, se esforzó sabiendo que si su esfuerzo no daba frutos no habría otra oportunidad ni unos ahorros, se esforzó siendo consciente de que sin la escuela y la universidad públicas no habría compartido beca con la hija de la señora del bolso de marca y las carillas.

Resulta llamativo cómo los adinerados a veces piensan —o pretenden convencernos— de que llegan solos a su destino, por mérito exclusivo de su empeño. Son ellos quienes intentan imponernos el cuento de la meritocracia, mientras que los hijos de familias trabajadoras suelen ser más conscientes de que, al alcanzar un éxito —ya sea fallecer con afecto, obtener un galardón o lograr una beca— lo hacen sostenidos por otros. Quizás en eso resida la identidad de clase: entender que siempre existe el prójimo. Ser consciente de que es fundamental, de que es preciso que esté ahí.

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