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tribuna

Lo que Irán significa para la economía global

En un mundo en situación anémica, la crisis derivada del conflicto en Oriente Próximo podría ser peor que la causada por la invasión rusa de Ucrania

El granelero 'Mayuree Naree', abanderado en Tailandia, atacado en el Golfo el pasado miércoles.Tasnim news agency (EFE)

La crisis actual en Irán —desencadenada por los ataques sorpresa conjuntos de Estados Unidos e Israel el 28 de febrero y que han escalado a un conflicto armado abierto— está generando un impacto profundo y en múltiples ángulos de la economía mundial. Lo que comenzó como una operación militar aparentemente focalizada, se ha convertido rápidamente en una amenaza sistémica para el crecimiento global, la inflación y la estabilidad energética.

El centro del problema es el estrecho de Ormuz, por donde transita alrededor del 20% del petróleo mundial y una porción significativa del gas natural licuado. La respuesta iraní al ataque ha sido bombardear a su vez infraestructuras energéticas de países del Golfo y las rutas marítimas por ese corredor crítico. Como resultado, los precios del petróleo han experimentado una volatilidad extrema y han pasado de menos de 70 dólares por barril a finales de febrero, hasta alcanzar picos cercanos a 120 dólares a inicios de marzo, y estabilizarse más recientemente entre los 90 y los 100 dólares. Esta subida ha arrastrado a los precios de la gasolina y ha elevado los costes de los fertilizantes y del transporte global.

Sin embargo, este shock inflacionario es solo el primer paso en efecto dominó en cadena que podría desestabilizar la economía mundial de manera más profunda y duradera. Un segundo efecto, ya en marcha, más allá del precio elevado del petróleo, son las disrupciones en las cadenas de valor globales por el cierre de un paso importante de productos más allá del petróleo y del gas. Además, en lo que se refiere al petróleo, los países del Golfo, como Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, afrontan limitaciones para almacenar el petróleo una vez extraído debido al creciente riesgo de ataques iraníes y la interrupción de las exportaciones, lo que ha llevado a la quema o destrucción de volúmenes significativos de crudo para evitar acumulaciones vulnerables. Esta situación está produciendo una caída súbita de la oferta global de petróleo y, con ello, el incremento de los precios a largo plazo. Más aún, Irán y sus vecinos del Golfo son productores clave de numerosos derivados del petróleo, como el azufre (esencial para la producción de aluminio y níquel en industrias como la automotriz, la aeroespacial y la electrónica) y fertilizantes basados en el amoníaco y la urea. Con las rutas de exportación bloqueadas o sometidas a elevados peligros, la exportación de estos productos se ha frenado en seco, lo que genera cuellos de botella en cadenas de producción de industrias críticas.

Con todo, el más alarmante es el tercer riesgo: un colapso en la demanda mundial por la combinación de elevados precios del petróleo que acabe por reducir el poder adquisitivo de los hogares, así como las disrupciones en las cadenas de valor y el riesgo geopolítico derivado de una guerra abierta. En un mundo en situación anémica tras la recuperación de la pandemia de 2020-2021 y la crisis inflacionaria de 2022-2024, con elevados niveles de endeudamiento de los Estados y mercados laborales frágiles, la crisis derivada de la guerra en Irán podría ser peor que la que Occidente vivió tras la invasión rusa de Ucrania en 2022. La economía global es ahora más débil que entonces, y el margen presupuestario para reaccionar con políticas fiscales expansivas es mucho más limitado dado el elevado nivel de deuda.

En ese contexto, el riesgo geopolítico es colosal y amplifica su impacto económico. El ataque sobre Irán debe leerse en el marco de una creciente competencia estratégica entre EE UU y China, donde Washington decide actuar militarmente ahora que su dominio económico cada vez está más en entredicho. La Administración de Trump, con este conflicto contra Irán, pero también antes en Venezuela e incluso con el acercamiento a Rusia en los primeros compases de su presidencia, parece querer evitar que China obtenga energía barata. La pregunta es si lo conseguirá.

Por ahora, EE UU parece arrollar en la fuerza militar, o al menos en osadía, pero con un elevado coste fiscal dentro de lo que es una situación enormemente complicada dado el enorme déficit y deuda públicos que soporta la primera economía mundial. En el caso de China, aunque pueda dar una imagen de fortaleza gracias a su limitada dependencia del petróleo del Golfo y sus enormes reservas, la realidad es que ha acabado perdiendo su liderazgo dentro de la región del Golfo y va camino de que lo pierda en el Sur Global. La situación podría invertirse drásticamente si EE UU se empantana en la región, con un conflicto prolongado que drene recursos militares, financieros y logísticos que de otro modo se destinarían al Indo-Pacífico. Ese escenario en Oriente Próximo podría dar a Pekín el respiro necesario para consolidar su posición en Taiwán.

La crisis iraní es un recordatorio brutal de que el petróleo sigue siendo el oxígeno de la economía global. La disrupción actual del comercio de crudo está elevando costes decisivos para la economía global que van más allá del riesgo inflacionista y que incluyen posibles disrupciones en las cadenas de valor y, eventualmente, un potencial colapso de la demanda por su impacto sobre el consumidor. La resolución del conflicto será clave en la batalla por la competencia estratégica que libran EE UU y China.

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