Un ibuprofeno para el bipartidismo
Es posible que Castilla y León, que fue detector temprano de la erosión de las dos grandes formaciones, tenga algo de profecía para nuestra derecha identitaria


El Partido Popular comenzó a gobernar en Castilla y León allá por el siglo XX, cuando el muro de Berlín seguía en pie, el último grito en comunicaciones era el fax y casi ningún español había probado el sushi. Han pasado casi 40 años desde aquel 1987, y con ellos han pasado el dominio de la vieja Convergència en Cataluña, el monocultivo nacionalista en el País Vasco o la identificación automática entre PSOE y Junta de Andalucía. Han pasado casi 40 años, y el PP sigue ganando y tiene todas las posibilidades de seguir gobernando en Castilla y León. Con algún mérito extra: hacerlo con un político, Alfonso Fernández Mañueco, que nunca ha debido un voto al entusiasmo. Con la memoria cercana de unos fuegos en los que la Junta distó de tener su mejor hora. Frente a un candidato socialista, Carlos Martínez, con fama de serio y de gestor. Y con un Vox que creía jugar en campo propio y que, según las encuestas, iba a arrancar la rama dorada del 20% de los votos.
Son consuelos no menores para un PP que últimamente ahorraba en alegrías. Los errores que se cometieron en las campañas de Extremadura y de Aragón no se han repetido en Castilla y León: por primera vez en mucho tiempo, los 15 días previos a las urnas no han sido un gol en propia puerta. Ítem más: castellanos y leoneses, que siguen apostando en masa por un voto que se mueve en los amplios cauces de la derecha, han votado el doble al moderantismo reformista que a la derecha identitaria. Castellanos y leoneses, en definitiva, han sido conservadores hasta a la hora de votar conservador. Vox luce un resultado contundente pero no la prima moral de la noche: ese 20% de los votos desde cuya altura empoderada Abascal planeaba negociar la formación de Gobierno no ya en Castilla y León, sino también en Aragón y Extremadura. Por supuesto, siempre puede señalarse que el PP se alegra con poco: con que no haya habido tsunami. Pero es posible que a Vox le haya castigado en Valladolid ralentizar el juego en Zaragoza y Mérida.
Vox ha tenido una de sus patrias en tierras castellanas y leonesas. Ese 20% estaba solo a un salto, y pasaba por encima del recuerdo de su espantá en la Junta y las purgas albanesas con que han asombrado a la opinión pública estas semanas. Aspiraban a encarnar la disconformidad con el estado de cosas en una comunidad que mide más de lo que pesa, que ve que sus hijos se marchan y que teme por el futuro de lo suyo: la industria y el campo. Y también querían representar una noción de orden y defensa de lo propio frente a los mundos de Bruselas y la amenaza de Mercosur. Con la atención —y con la tensión— más cerca del estrecho de Ormuz que de las orillas del Duero, el gasoil agrícola se dispara y tal vez a Vox ya no le sale gratis el trumpismo. Que la guerra ha jugado un papel lo tenemos en una movilización del PSOE difícil de entender sin el resorte, todavía poderoso, de un “no a la guerra” capaz de sacar de la cama a los socialistas y a quienes están más a la izquierda de los socialistas. Tras sucesivas bajadas a los infiernos, subir en votos y en escaños es una novedad en tiempos de Sánchez. Seguro que en su gabinete ya están poniendo a trabajar los datos para perpetuar al resiliente de La Moncloa.
El PP respira: Vox no crece tanto y su partido sube —en votos y en procuradores— más que la ultraderecha. Así equilibra el tablero de las negociaciones para formar los tres gobiernos. Encarece el precio que Abascal tendría que pagar por la ruptura. Y puede considerar avalada su estrategia para convivir con Vox —el célebre documento marco— o, al menos, para no inventariar como un fracaso la ronda de autonómicas. Es posible hasta que Castilla y León, que fue detector temprano de la erosión bipartidista, tenga también algo de profecía para nuestra derecha identitaria. Pronto, sin embargo, las percepciones dejarán paso a una aritmética en la que los populares necesitan a Abascal. Y la historia solo se terminará de escribir cuando llegue junio en Andalucía.
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