Autismo: la razón vence a Trump
Los científicos independientes de Estados Unidos aplastan el autoritarismo de su Gobierno


Donald Trump es propenso a equivocarse. Ya conocemos sus errores en cálculo arancelario, gestión migratoria y bombardeos, pero yo soy muy pesado, y creo sinceramente que su política científica es igual de catastrófica, y que haber nombrado como secretario de Salud a Robert Kennedy —no el más brillante de esa familia— va a contribuir decisivamente a llevarse por delante a este dictadorzuelo de opereta. Veamos cómo.
Durante los últimos meses, Kennedy y el jefe de la FDA (Agencia del Medicamento) nombrado por él, Marty Makary, se han empeñado en ensalzar el leucovorín, una forma sintética de la vitamina B9, como un tratamiento contra el autismo, sin aportar ninguna prueba sólida ni argumento comprensible para ello. La vitamina B9, o ácido fólico (o folato, que es lo mismo), se requiere para la generación de las células de la sangre y para el metabolismo del ADN y el ARN, lo que a su vez afecta a casi cualquier proceso biológico. Abunda en las espinacas, las acelgas y las legumbres, y las embarazadas suelen tomarla como suplemento. Yo también la tomo, porque tengo anemia. Pero el autismo no se debe a una deficiencia de folato.
La FDA, en efecto, aprobó el martes el leucovorín, pero no para tratar el autismo, como pretendía Trump, sino para una enfermedad rara de origen genético llamada deficiencia cerebral de folato. Se debe a una mutación en el gen FOLR1, que codifica (fabrica) uno de los receptores que introducen el folato en las células, y afecta a menos de una de cada millón de personas. La confusión de Kennedy se debe a que esta enfermedad rarísima causa problemas de comunicación en el paciente, entre otras muchas cosas, y como el autismo también los causa, pues folato y tentetieso. Es un ejemplo de razonamiento erróneo que habría detectado hasta Aristóteles.
Sigamos. Kennedy se cargó en enero a todos los miembros del comité científico que asesora al Gobierno sobre investigación en autismo, y los sustituyó por una colección de personajes con más ambición que conocimiento y, en algunos casos, un conocido activismo antivacunas, seguramente con la esperanza de que apoyaran sus manías pseudocientíficas y su erudición de tiktoker. El comité tenía prevista su primera reunión para el día 19, pero la acaba de anular tras saber que los científicos de verdad les habían contraprogramado con su propia reunión para el mismo día. Anular el encuentro ha sido una decisión sabia, porque hacer el ridículo equivale a arruinar tu carrera en ciencia y medicina. El terraplanismo puede ser tolerable en un abogado o un empresario de la construcción, pero es un suicidio científico, como lo es el fraude. Las legislaturas se acaban, pero la vida sigue.
El comité paralelo sobre investigación en autismo no es ni mucho menos la única iniciativa científica para contrarrestar la irracionalidad tenebrosa que emana de la Casa Blanca, o no tan Blanca. Desde el mes pasado, tenemos noticia de unos CDC (Centros para el Control de Enfermedades) en la sombra que se proponen viralizar en redes la información científica contrastada que los CDC oficiales descabezados por Kennedy están hurtando a sus ciudadanos. Las webs y bases de datos de esta institución, que eran una referencia para el mundo, llevan silenciados desde el año pasado, y los responsables de tercera regional impuestos por Kennedy carecen de la menor credibilidad. Algunos Estados han montado sus propios comités asesores, y las sociedades médicas empiezan a ofrecer consejos basados en la evidencia sobre vacunación y otras materias.
Son excelentes noticias. Trump puede haber doblegado a Silicon Valley, pero la ciencia no es esa media docena de milmillonarios dependientes de la arbitrariedad de su Gobierno para multiplicar sus beneficios. La ciencia es la búsqueda de la verdad, y quien no entienda eso se queda fuera del sistema. Mala suerte, pelirrojo.
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