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COLUMNA

La sirena

Aquella criatura estaba en este mundo traída por mi voluntad y mi deseo

En un momento de mi niñez empecé a dibujar sirenas. Las dibujaba en todas partes: en las etiquetas de la antigua fábrica de cerveza de mi familia, en los cuadernos del colegio, en los blocs donde mi abuelo hacía las cuentas de su almacén y anotaba las deudas. Eran hermosas de manera tradicional: pómulos altos, ojos grandes, pelo abundante y una cola con escamas terminada en una aleta fabulosa. Las imaginaba nadando en el ojo azul de los océanos, solitarias, magníficas, abriéndose paso entre peces y corales. No necesitaban nada, y el único sentido de su existencia era irradiar belleza. Eran muchas, pero siempre la misma: un ser universal, fantástico, capaz de existir sin explicaciones, justificada por la pura delicia de su armonía descomunal. Una vez llegó a la pequeña ciudad en la que crecí una instalación extravagante, atracciones de circo dispersas en carromatos que se instalaron, según mi memoria, en el centro. No recuerdo cuáles eran las otras rarezas —¿mujeres barbudas, hombres forzudos?—, pero en uno de esos carromatos había una sirena. Si se apoyaba el ojo en una mirilla, al fondo de una pecera (seguramente turbia, con piedras de colores y algas de plástico), podía verse a una mujer pequeña, con un soutien celeste y cola de pez, encerrada en una burbuja. Me produjo asco, repulsión. No porque fuera fea, sino porque, puedo verlo ahora, aquella cosa estaba seca, muerta, era un eco torpe, una representación. Mi sirena, en cambio, existía, era un ser que estaba en este mundo traída por mi voluntad y mi deseo. Nadaba en una humedad fértil más acá y más allá de la muerte y era inmensamente libre. Aquella cosa encerrada en la pecera era el intento burdo de encarnar lo imposible: de encarnar un sueño. Ya no dibujo sirenas, pero llevo dentro de mí los cristales lisérgicos de la infancia que me recuerdan que las sirenas existen y navegan todos los días dentro de mi sangre y cerca de mi corazón.

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