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Columna

El test de Einstein

La idea es alimentar a la máquina con todo el conocimiento humano, pero solo hasta 1911, y ver si es capaz de descubrir la teoría de la relatividad

Garry Kasparov, durante su partida contra Deep Blue, en Nueva York en 1997.Bernie Nunez (Getty Images)

Me dan pena los robots. Si ganan al campeón del mundo de ajedrez, el ajedrez ya no nos vale como criterio de inteligencia. Si ganan al de go, eso es una extravagancia de chinos. Si al de póker, eso solo quiere decir que saben hacer trampas. Luego van y predicen la forma de las proteínas mejor que 200.000 estudiantes juntos haciendo la tesis durante tres años, les dan el premio Nobel y eso no le importa a nadie. Demuestran teoremas, resuelven enigmas matemáticos, interpretan las resonancias magnéticas mejor que los médicos, escriben código más deprisa que los informáticos y que si quieres arroz, Catalina. Todo el mundo los utiliza a diario, pero nadie les reconoce su ayuda. Son una estafa, una burbuja, un augurio del apocalipsis, la negación del humanismo, la nada. Ya te digo, me dan pena los pobres, tan feos y solitarios, tan misteriosos e incomprendidos. Menos mal que no tienen emociones. Todavía.

Todo el mundo está de acuerdo en que ChatGPT ha superado el test de Turing. Fue el padre de la inteligencia artificial (IA), Alan Turing, quien inventó ese test, aunque él lo llamó ”the imitation game” (el juego de la imitación), que es justo el título original de la película Descifrando Enigma. Los distribuidores de cine no tienen muy buen concepto del público español, y creen que Atrapado en el tiempo va a atraer más espectadores que El día de la marmota, por ejemplo, o que Marte es mejor título que The martian, aunque nunca han hecho el experimento para comprobarlo y muchos estamos seguros de que se equivocan, pero en fin, qué le vamos a hacer. El test de Turing, o juego de la imitación, exige al robot que hable como un humano, y esa es la prueba que sin duda ha superado ChatGPT. Incluso cuando te da una respuesta estúpida, parece un humano estúpido, que es lo que le pide el test. Prueba superada. Así que, como ya ocurrió con el ajedrez, el póker y el código de computación, eso ya no nos vale como criterio de inteligencia. Ahora hemos inventado el test de Einstein.

El test de Einstein es una idea de uno de mis científicos favoritos, el director ejecutivo de Google DeepMind, Demis Hassabis, premio Nobel de química en 2024. Lo propuso en el reciente congreso de IA de Nueva Delhi, y pretende averiguar si el robot tiene una capacidad de innovación científica que trascienda la mera imitación de datos acumulados. La idea es alimentar a la máquina con todo el conocimiento humano, pero solo hasta 1911, y ver si es capaz de descubrir la teoría de la relatividad general, que Einstein no alcanzó hasta 1915. Esa teoría —la materia le dice al espacio cómo curvarse, el espacio le dice a la materia cómo moverse— es uno de los mayores logros de la mente humana. Si el robot la descubre por sí solo, habrá que subirle a un pedestal muy, muy alto, y los haters de la IA lo van a tener crudo para bajarle de ahí.

Todo lo cual me suscita una reflexión desmoralizante. La mayoría de la gente es mediocre, por definición de mayoría y de mediocre. Si solo media docena de individuos habrían podido ganar a Garri Kaspárov al ajedrez, como hizo Deep Blue en Nueva York en 1997, ¿dónde nos deja eso a los otros 8.300 millones de personas del mundo? Si un sistema de IA supera el test de Einstein en la próxima década, como predice Hassabis, ¿qué demonios pintamos aquí los seres de carne y hueso y ADN y proteínas? La única respuesta que se me ocurre es que debemos resignarnos a nuestra ordinariez, lo que en el fondo no está mal, si lo miras bien. Que piensen ellos, que nosotros ya tenemos bastante con pagar el alquiler.

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