El idiota alucinatorio
A medida que el día avanza, uno se acostumbra al delirio, aunque en los momentos más inoportunos se produce una grieta


Hay días en los que, antes incluso de abrir los ojos, sé que al levantarme entraré en una alucinación. Así que me incorporo despacio, pongo los pies en el suelo y ya estoy dentro de ella: las paredes, las cortinas, no digamos los sanitarios del cuarto de baño, así como la taza del desayuno, todo se organiza con el carácter de una infausta ficción. Salgo a la calle y el mundo me recibe con su acostumbrado despliegue de naturalismo aparente: tráfico desabrido, aceras rotas, personas que caminan hablando o fingiendo que hablan por teléfono (una escena típicamente onírica), y ese aire general de coreografía repetida hasta el tedio. Todo encaja en el delirio general, como si una mente superior (o inferior) se hubiera pasado la noche escribiendo un nuevo capítulo de esta realidad paralela (¿pero paralela a cuál?).
A medida que el día avanza, uno se acostumbra al delirio. Lo acepta como aceptaría un zapato que aprieta un poco: no es cómodo, pero se puede soportar. Sin embargo, en los momentos más inoportunos se produce una grieta. En mitad de una reunión de trabajo, por ejemplo, mientras alguien explica con pasión un proyecto completamente idiota, el mundo pierde su consistencia. Las voces se alejan, los gestos se difuminan o se tornan mecánicos, y vuelvo a ser consciente de hallarme en el interior de un desvarío sin puerta de salida.
Entonces se manifiesta esa forma de vértigo interior, el pánico, como si desapareciera el suelo bajo mis pies o se agotara el oxígeno del aire. Respiro hondo, tomo un sorbo de agua y sigo asintiendo al idiota alucinatorio, porque en esta farsa conviene guardar las formas para no enloquecer. Con el paso de las horas, el espejismo se va consolidando como realidad y de este modo, mal que bien, vamos tirando. Por la noche, cuando me meto entre las sábanas, siento un curioso alivio: al fin podré soñar algo más sólido que la jornada que acabo de atravesar (o que acaba de atravesarme).
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