¡Es la estupidez, estúpido!
En el mundo de la supuesta inteligencia, las cosas no iban bien, pero en el mundo actual que desacredita todo, todo parece ir aún peor.


La frase se ha manipulado hasta el cansancio desde que aquel asesor del candidato Bill Clinton le dijo que para ganar las elecciones —Estados Unidos, 1992— debía hablar de cifras: “¡Es la economía, estúpido!“, dicen que le indicó, y desde entonces la palabra economía fue sustituida por la mitad de los términos del diccionario. Cada quien tiene su fórmula, y la palabra estúpido parece reforzarla. Pero supongo que nunca tanto como ahora, cuando se afirma que solo queda repetirla: la clave para ganar unas elecciones “¡es la estupidez, estúpido!”.
El mundo —insisto: eso que llamamos “el mundo”— ha recorrido un camino sumamente extraño. La sorpresa devastadora ocurrió justo hace 10 años, cuando de repente nos dimos cuenta de que no habíamos visto nada. En 2016, tres hechos distintos pero muy similares nos golpearon por la espalda: primero el Brexit, la constatación de que el viejo provincialismo británico reunía más votos que la nueva Inglaterra “global y moderna”; después el referéndum en Colombia, en un lugar donde casi nadie imaginaba que alguien pudiera rechazar un acuerdo de paz, y sin embargo, el no obtuvo más apoyo; por último, el triunfo en las elecciones americanas la emergencia de un hombre que parecía personificar todo lo que Estados Unidos no era, pero que encarnó lo que Estados Unidos realmente era.
En los tres eventos, la esencia fue idéntica: quienes se dedican a comprender la sociedad —políticos, sociólogos, periodistas, cómicos y demás expertos con o sin título— no habían entendido ni una pizca. Creían que sus países estaban formados por personas muy parecidas a ellos, aunque un poco menos algo. Y, en cambio, esas votaciones les demostraron que millones los odiaban: que llevaban décadas sintiendo el peso de las mentiras y manipulaciones y fracasos de quienes hablan bien, el desdén de quienes hablan bien, la indiferencia de quienes hablan bien, gente que se preocupaba mucho por asuntos que les importaban poco y casi nada por los que les importaban mucho.
El resultado fue un fenómeno que no habíamos anticipado: la condena de la inteligencia. Es muy difícil definir la inteligencia: rebaños de personas sumamente inteligentes lo intentaron sin éxito, y recuerdo a un niño muy repipi que cada vez que le decían que era inteligente preguntaba qué significaba ser inteligente —y parecía muy inteligente—.
Pero más allá de adornos, podemos definir la inteligencia que tantos rechazan como aquella que se desarrolla y afianza mediante la educación formal más ostentosa, donde se adquiere mayor conocimiento y se establecen conexiones con personas útiles. Es la que te abre las puertas a cargos de poder político y económico, ofreciéndote una vida supuestamente superior —viajes, viviendas elegantes, consumos culturales, parejas atractivas, lujos diversos— frente a la de los demás. O, incluso, unirte a su contraparte idealista: los ingenuos que empleamos esa inteligencia y esa formación para decirle a los demás qué deberían hacer para transformar sus vidas, los que conservamos la extraña creencia de que el mundo podría ser mejor.
Así que, aunque aún no sepamos con certeza qué es la inteligencia, sabemos que es un recurso muy valorado y que, al menos desde la Ilustración, desde que el poder político y el económico dejaron de ser estrictamente hereditarios, sirvió para que quienes la poseían controlaran el mundo. Y que lo controlaran —suave perfidia de las democracias— por la supuesta elección de todas esas personas que se consideraban menos inteligentes y creían que esos inteligentes merecían gobernarlas o que, incluso, les resultaba conveniente que las gobernaran porque sabrían hacer las cosas.
Pero los agravios fueron sumándose. Los inteligentes que gobernaban nunca cumplían lo prometido y, con frecuencia, usaban su poder para apropiarse del dinero de los demás. Y los inteligentes que no gobernaban continuaban explicando cómo debería ser el mundo y tratando de imponer normas que a muchos les resultaban indiferentes. Desde el Estado les decían qué hacer; desde los bancos, cómo ser.
Millones y millones de personas comenzaron a sentirse agraviadas. Esos señores y —menos— señoras tan inteligentes se creían con derecho a mandar sobre ellos y, en general, los despreciaban sin ninguna disimulación; la reacción más extendida y más lógica fue el rencor. El clásico movimiento de balance: de pronto, todo lo que sonara refinado parecía sospechoso. Así, muchos, en países distintos y lejanos, parecían dispuestos a respaldar lo contrario.
Entonces muchos supusimos que esa “clase inteligente” de políticos y teóricos —que, entre otras cosas, parecía que nunca decían las cosas con claridad, que no deseaban ser comprendidos, que hablaban entre sí— sería reemplazada por personas más “comunes”, más francas, más creíbles, menos atadas a sus patrones, que cuestionarían de alguna manera el orden establecido. Creo que nunca imaginamos que ese rechazo generararía el anhelo de regresar a algún pasado mítico y, menos aún, que ese rechazo de la inteligencia como herramienta del engaño llevaría a la defensa de una forma de simplicidad que se podría llamar, con poca duda, estupidez.
(“Dios está muy orgulloso del trabajo que estoy haciendo”, dice, por ejemplo, su flash de dientes caros).
Esa forma de simplicidad se fundamenta en una honestidad cruda: los líderes victoriosos de esta época dicen lo que antes ocultaban tras maquillajes o callaban por prudencia, para no revelar sus intenciones o evitar críticas. Ahora no ven necesario ocultar nada: expresan lo que se les pasa por la cabeza, y si lo que se les ocurre es cruel o implacable, peor para quien no lo acepte; ya le partiremos la cabeza cuando quede solo.
(“Los demócratas me piden ‘por favor no los llames animales, son humanos’. Y yo respondo ‘no, no son humanos, son animales”, afirma, por ejemplo, sobre los inmigrantes’.”)
Porque la crueldad es otra pieza fundamental de esta nueva simplicidad: maltratar a los supuestos otros y hacer que cada grupo crea que esos otros son distintos —antes de darse cuenta, ángeles ingenuos, de que ellos también formaban parte de esos otros— y joderse. Es la idea tonta de elegir a alguien que los proteja con milicias armadas en las calles, matando para salvarlos de violentos que nunca les hicieron nada. La violencia otra vez en el centro, de nuevo un recurso legítimo, algo de hombres, el poder del jefe de la pandilla.
(”No necesito las leyes internacionales. Lo único que puede detenerme es mi propia moral, mi propia mente”, dice, por ejemplo, como si escupiera).
Pero nada resulta tan determinante como el balbuceo. La noción de que un líder debe hablar sin pausas, organizar pensamientos, construir una lógica y buscar cierta coherencia ya no tiene vigencia. Parece que evitan molestar a su audiencia al mostrarse distintos, pues cualquier atisbo de racionalidad o conocimiento los aleja de ellos. Y ceden el monopolio de la última manifestación de la inteligencia —la astucia tecnoempresarial, a los trucos para acumular riqueza— a seis o siete multimillonarios con quienes se alían para dominar el poder.
(“Ayer nuestra bolsa de valores bajó por primera vez por culpa de Islandia, así que Islandia ya nos ha costado mucho dinero”, dijo, intentando hablar de Groenlandia).
Y pareciera que a nadie le importa. Estos nuevos líderes hablan como si les costara esfuerzo, titubean, se contradicen: lo que los valida es no ser fluidos, no lucir inteligentes, ser como son.
(La estupidez tiene sus recompensas. Por ejemplo, en la Argentina, el último debate electoral entre el señor Milei y su rival peronista, el señor Massa. Era complicado confiar en el señor Massa, símbolo de dos décadas de fracasos ostentosos; también era difícil confiar en el señor Milei, portavoz del odio y la superstición. Pero el debate fue una masacre: el señor Massa demostró dominar con precisión todo lo que el señor Milei ignoraba a gritos. Muchos de los que vimos ese debate exclamamos “bueno ya está, así termina la carrera del Tonto de la Sierra”. En los días siguientes, las encuestas revelaron que esa noche el señor Milei había ganado millones de votos: gente que rechazaba a ese señor sereno y bien informado y prefería la torpeza y la ignorancia. Lo mismo hacen muchos votantes de Trump, Bolsonaro, Ayuso, Farage, Bardella: recompensar la supuesta estupidez, la supuesta ignorancia).
Puede ser —decíamos— la desconfianza hacia quienes parecen saberlo todo, el rencor por sus mentiras y desdén; lo cierto es que muchos ciudadanos que eligen a sus líderes prefieren a quienes les resultan más parecidos, más cercanos: torpes, bruscos, abiertamente ambiciosos, personas sin disimulo. Podría ser, claro, una forma de identificación: ya no me gobierna quien se cree superior a mí; ahora me gobierna alguien con fallas, alguien como yo: jefes, no superiores. El jefe no es otro; es alguien que tiene más, mucho más, de lo mismo. La democracia en su plenitud.
Entonces, otra pregunta: esos candidatos de la extrema derecha, ¿son personas muy mediocres o descubrieron que hoy en día lo mediocre recauda mucho más que lo brillante, y lo fingieron? No hay manera clara de saberlo.
Pero son, en última instancia, detalles secundarios. El núcleo del asunto es este desgaste de la supuesta inteligencia, la desconfianza hacia el conocimiento, el rechazo a los instrumentos de dominación de quienes se creían obligados a fingir que conocían cosas. Es cierto que en el mundo de la supuesta inteligencia las cosas no iban demasiado bien: parece que los simuladores no estaban a la altura. Pero también es cierto que en el mundo de la estupidez todo parece ir aún peor.
Y así nos encontramos: temiendo la necedad y los caprichos de esos señores que se vanaglorian de ser muy machos y muy malos. Tal vez una forma efectiva de combatir la NET (la Nueva Estupidez Triunfante) sea promover la inteligencia: repetir una y otra vez lo evidente, que sin ella seguiríamos en aquellas cuevas y moriríamos, con suerte, antes de los 25, pero si eso es lo que desean, adelante, voten, pues para eso existe la democracia. A menos que prefieran educarse, reflexionar un poco más y construir vidas más dignas para todos. La estupidez puede parecer, por un tiempo, una buena opción, hasta que todos salgamos disparados por los aires y hasta los más ignorantes descubran que era profundamente absurda.
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