La Loba engulló al Señor de los Gallos.
El contraste entre la violencia y la fiesta es una de las cosas que más sorprenden al mirar a México, esa especie de normalización de la muerte para cuidar la vida


Esta es una entrega de la newsletter semanal de México, que puede seguirse gratuitamente en este enlace.
Hace una semana, México amaneció con un incendio. Las columnas de humo manchaban el cielo de Puerto Vallarta, una de las joyas turísticas del país, como si se tratara de una ciudad en guerra. Una decena de Estados suspendieron las clases en los colegios, los camiones tampoco circularon, los gobernadores recomendaban no salir a la calle. Por las redes corrían videos de vecinos encerrados escuchando tiroteos dispersos, gente resguardada horas en restaurantes, hoteles o en un zoo, donde los hubiera pillado el caos hasta poder escapar. El Ejército había matado a El Mencho, el criminal más buscado del mundo, y se había desatado una ola incontenible de violencia.
Justo el domingo siguiente, el corazón de Ciudad de México amaneció con los primeros adolescentes desperezándose tras pasar la noche en una tienda de campaña en frente de la catedral. El inmenso Zócalo, la segunda plaza más grande del mundo, se fue llenando a lo largo del día hasta juntar a más de 400.000 personas. Shakira rompió el récord de asistencia en los habituales conciertos gratuitos del Zócalo. Las imágenes aéreas daban cuenta de una multitud de colores bailando y coreando aquello de que “las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan”. La reina de hacer catarsis -y caja- con el despecho le ganó a El Mencho. La Loba se comió al Señor de los Gallos
La diferencia entre ambos sucesos —la brutalidad y la celebración— resulta uno de los aspectos más impactantes al observar a México, esa suerte de habituación ante el dolor. El autor Juan Villoro me comentó en una ocasión, reflexionando sobre este tema, que México y Colombia representan las dos naciones de América Latina con normas de amabilidad y trato social más acentuadas. Simultáneamente, figuran como dos de los territorios con conflictos de agresividad más agudos. Tal contradicción ha sido analizada profundamente por las investigaciones acerca de la identidad de lo mexicano. Por mucho tiempo, bastante antes de la aparición del tráfico de drogas y la delincuencia estructurada, se ha vuelto habitual sostener que el vínculo del mexicano con el fallecimiento, oscilando entre el sarcasmo y la indiferencia, sugiere de forma involuntaria un desdén por la existencia misma.
En 1950, Octavio Paz escribió en El laberinto de la soledad: “Nuestra indiferencia ante la muerte es la otra cara de nuestra indiferencia ante la vida”. Casi 40 años después, el antropólogo Roger Bartra impugnó esta tesis, al considerar que se trata más bien de una proyección de las clases altas, cultas y urbanas del México moderno. Para Bartra, detrás del mito de la indiferencia mexicana ante la muerte hay algo entre la fatalidad religiosa del mundo campesino y un desdén señorial por la vida de los pobres. “Hay hombres cuya vida no vale mucho a los ojos de los amos”, escribió en La jaula de la melancolía (1987), donde recoge la explicación científica sobre por qué el hombre es el único animal que es consciente de la inexorabilidad de la muerte. Decir que un ser humano no tiene miedo a la muerte es considerarlo como un animal.
Mi compañera Silvia Blanco entrevistó a una familia de desplazados por la violencia en Tamaulipas, una de las zonas más sometidas desde hace décadas por las mafias más sádicas. Llegaron hace ocho años a Guadalajara, capital de Jalisco, cansados de “tener que mirar cada día en Facebook el código rojo [avisos ciudadanos de peligros en la calle] antes de salir, antes de ir al parque con los niños, para ver si había balaceras, ataques a centros comerciales, cadáveres tirados en la calle”. María y Luis, nombres ficticios por seguridad, encontraron en Jalisco una colonia donde vivir tranquilos en comparación con el lugar de donde venían, pero este domingo volvieron a ver el horror al que se habían acostumbrado. “Uno aprende a vivir con miedo”, le dijo María a mi compañera.
En María y Luis no hay ninguna indiferencia, ningún desprecio a la muerte, su normalización de la violencia es más bien una manera de cuidar la vida. El antropólogo Claudio Lomnitz explica en el reportaje que convivir con la violencia “a veces puede implicar un deseo de imaginar que si uno toma precauciones no le va a tocar, hay una rutinización de la seguridad y, muchas veces, un deseo de alejarse de la violencia y de las víctimas. A veces los familiares de desaparecidos quedan aislados o sufren una revictimización, cuando el entorno especula con que si hizo algo [para ser secuestrado] o es que iba con tales amigos”.
Tu membresía se está empleando en un dispositivo diferente.
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaSu sesión permanece abierta en otro dispositivo y únicamente se autoriza el acceso a Papallones desde un solo terminal a la vez.
Si pretendes compartir tu cuenta, modifica tu suscripción a la opción Premium para sumar a un usuario adicional. Cada persona entrará con su dirección de correo propia, lo que os facilitará adaptar vuestra navegación en Papallones.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede para contratar más cuentas.
Si desconoces quién está utilizando tu cuenta, te sugerimos que modifiques tu clave
Si eliges seguir compartiendo tu suscripción, este aviso se verá en tu equipo y en el de la otra persona que utilice tu perfil de manera permanente, perjudicando tu experiencia de lectura. Tienes la opción de








































