El virus del miedo
Guadalajara volvió a morder el polvo. Un operativo militar extirpó un tumor, pero todos saben aquí que el mal no ha muerto


Cuentan aquí los mayores que allá por los años setenta las balaceras eran tan frecuentes en Guadalajara, la capital de Jalisco, que la gente acabó por identificar el sonido del calibre de las balas, ya sea el de las percutidas por los policías o el de las disparadas por quienes los enfrentaban.
Relatan que el flujo de aquel conflicto estaba tan agitado, tras épocas de agentes enfrentándose a colectivos con demandas sociales, que no forzosamente los iniciales, quienes percibían su sueldo del Estado, resultaban superiores —o menos perjudiciales, dependiendo de la perspectiva— que los últimos.
Medio siglo hace de aquello y al correr de los años poco cambió: no mucho después de que se persiguiera aquí a la Liga 23 de septiembre, llegaron unos criminales sinaloenses que, expulsados por la operación antidrogas Cóndor, fundarían aquí el Cartel de Guadalajara.
Este recordatorio no incrimina a una sociedad. Todo lo contrario. Si de algo no se puede acusar a las y los tapatíos es de no tener curtida la piel a fuerza de padecer el miedo por recurrentes rugidos del poder criminal y persistentes dudas sobre la capacidad, y el compromiso, de su Gobierno.
Quién no se cura de espanto al vivir donde policías y narcos secuestran a un agente de la DEA, un rapto que derivó en una tortura mortal a manos de esbirros de Caro Quintero en una casa que había sido del yerno de un expresidente de la república. Ni García Márquez se atrevió a tanto.
Quién en Jalisco no reclama regalías como coautor surrealista si en 1993 le tocó ver a la autoridad explicar la muerte del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, a tiros tan a quemarropa que le quemaron el rostro, como producto de una confusión. Lo “confundieron” con Joaquín El Chapo Guzmán.
Cuando aquel asesinato ocurrió, en un luminoso mediodía de mayo en el área de estacionamiento del aeropuerto Miguel Hidalgo, la urbe sufrió una de sus dolorosas parálisis. La noche se llenó de consternación. Si acaban con quien tiene la opción de ser Papa, ¿a quién no privarán de la vida estos hijos de Dios?
Aquella no resultó ser la única ocasión en que, al terminar la jornada, imperó la calma absoluta. Previamente, el 22 de abril de 1992, la urbe se sacudió por el estallido del colector en el Sector Reforma. Dicho huachicol devastó kilómetros de vialidades y arrebató más de doscientas existencias. Durante aquella velada, en la región entera no se percibía ni el más leve suspiro.
Así que el mutis colectivo que la tarde noche del domingo cayó en esta urbe tras conocerse la muerte del Mencho no es del todo nuevo. Que el pasmo no sea inédito no conforta porque la noticia de la caída de un criminal que se volvió marca global está muy lejos de ser tranquilizante.
La velada de Guadalajara se cubrió de una quietud rebosante de incertidumbre. Nemesio Oseguera no se mostraba, mas su dominio era palpable para todos. Los narcobloqueos que protestaron su eliminación representan, por ahora, un coraje alejado de la rendición, un aviso de nuevos incendios antes que una agonía.
Satisfecha con su trayectoria y actualidad, la urbe, refiriéndose a la región entera, ya que Guadalajara y Jalisco funcionan como términos idénticos, cayó nuevamente. Un operativo militar extirpó un tumor, pero la enfermedad de la colusión entre mandatarios, industriales y traficantes, se propagó sin remedio hace bastante tiempo.
Por eso, porque todos saben acá que el mal no ha muerto, la capital del Estado amaneció desierta de esas burbujas que son los autos de las clases medias y altas. Al despuntar el día, los pocos que transitaban iban en trocas nada nuevas, en motos sin lujo o en los escasos camiones que circulaban. Por el bien de todos, primero que se arriesguen los pobres.
La gente era tan poca que cada ruido en la calle hacía volver la vista. Y lo mismo en las aceras: miradas bajas y rostros estirados por la alerta máxima. El otro como sinónimo perfecto de riesgo, yo como amenaza… los otros y el yo sin el puente de una normalidad que ni normal era.
Es el retorno de lo aprendido en la pandemia. Cualquiera es un riesgo, los otros son el peligro. Por eso se queda la gente en su casa. Más que por las imágenes de narcobloqueos repetidas sin cansancio en la televisión y en los móviles, porque no confiamos en el vecino, en el otro, en la policía. Desde hace mucho, y ayer menos.
Sí, a ratos parece una comparación facilona: si en la calle solo se ve gente solitaria con su perro, si otros se atreven a salir porque correr es su vicio, si los negocios echaron las cortinas abajo, esto es… la pandemia. Quizá la semejanza supera lo idéntico del vacío en el espacio público.
Guadalajara se resguardó ya que, pese a su vivencia con sucesos de una historia turbulenta, comprende que convergen dos situaciones: los delincuentes han ampliado su control, tanto en los sectores que aprovechan como en las estructuras que manejan, al tiempo que el Gobierno, evidentemente, no lo ha hecho.
Es decir, la amenaza por la revancha de los delincuentes es tal que el riesgo se vuelve ubicuo (quizá mucho más que cuando se multiplicaba el virus de la reciente epidemia), mientras la torpeza de la autoridad para hacerle frente es idéntica: desaparecen, se hacen humo, mandan porras.
Y aunque al correr de las horas la gente fue asomando el pie —unos turistas paseaban en calandria al mediodía, unos parroquianos comían en la única marisquería abierta en la colonia Americana—, como en la pandemia, nadie da por sentado que el mal ya se ha ido. Es solo un respiro.
Las amenazas virales —y en este contexto el pavor funciona así, incluso si se tiene gran veteranía observando tiroteos— retornan inevitablemente.
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