Rebasada
Morena se ha convertido en un espacio donde predominan las agresiones verbales y simbólicas


El clima político en Morena muestra una clara crisis interna, en la que las rivalidades, disputas y luchas de poder se han vuelto cotidianas. En este contexto, la presidenta Claudia Sheinbaum se enfrenta a un entorno complejo y hostil, marcado por constantes desafíos y conflictos.
Como bien señalaba Konrad Adenauer, en política existen tres tipos de enemigos: “los enemigos a secas, los enemigos mortales y los compañeros de partido”. Esta afirmación, aunque proveniente de un líder de democracia cristiana alemana, tiene plena vigencia en la realidad de Morena. Cualquier persona con experiencia en un partido político puede dar fe de la veracidad de la frase, y Sheinbaum lo vive día tras día.
Morena se ha convertido en un espacio donde predominan las agresiones, tanto verbales como simbólicas. Los enfrentamientos no solo se dan por cargos o encargos, sino incluso por detalles menores, como la ubicación en un evento o la cercanía con líderes relevantes. La disputa principal gira en torno a quién es el verdadero representante del legado de López Obrador, quién es el más leal y quién interpreta mejor su ideario, en una competencia que roza lo absurdo.
Sheinbaum observa impotente cómo los diferentes grupos internos se enfrentan ferozmente, siempre bajo el pretexto de defender la herencia tabasqueña. Le resulta imposible tomar partido sin generar nuevas divisiones: cualquier gesto, como leer un libro polémico o destituir a un funcionario, puede interpretarse como un ataque a aliados o al legado presidencial. El temor a molestar a figuras supuestamente influyentes o a desatar nuevas controversias, paraliza cualquier intento de acción. La presidenta opta por intentar desviar la atención hacia otros temas y entonces exige que se hable de García Luna. Pobre. Ni ella se hace caso.
Los problemas dentro de Morena estallan semanalmente. Acciones aparentemente menores, como el despido de un funcionario de tercer nivel, provocan revueltas y reacciones desproporcionadas. El ambiente está marcado por la revancha, la traición, la sospecha y las conspiraciones, lo que dificulta cualquier maniobra de la presidenta, quien ve cómo cada movimiento es castigado con escándalos y facturas políticas. En un ambiente de fanatismo desbordado los señalamientos de corrupción van de la mano con los de traición y deslealtad.
Es innegable que Sheinbaum se encuentra sobrepasada por las disputas políticas que sacuden a su partido. Aunque ha mostrado eficacia en la gestión de asuntos externos, como la seguridad o la relación con Estados Unidos en el terreno de la política interna sus esfuerzos se diluyen y los resultados son percibidos como fracasos. La presión y el desgaste se reflejan en su actitud mostrando cada vez más hastío ante los temas partidistas. A pesar de ello, sus seguidores insisten en interpretar cada uno de sus movimientos como parte de una estrategia magistral que le otorga el control total del partido. Sin embargo, esta visión nacida del cariño y la buena fe contrasta con la realidad, donde el clima de tensión y hostilidad es palpable y el ambiente oficialista resulta irrespirable.
En medio de amenazas y acusaciones cruzadas, los actores políticos buscan señalar a quienes consideran traidores al movimiento. Cualquier acusación de corrupción o deslealtad es vista como un ataque dirigido, no solo contra individuos, sino contra el propio López Obrador, el partido o el Gobierno. La presidenta permanece en silencio, evitando tomar posiciones para no caer en la trampa de los bandos enfrentados. Sin embargo, es evidente que está entrampada. Y rebasada.
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