Draft 3:* Morena se nie
La presidenta ha dicho que no ha leído y no leerá el libro de Scherer. Y no es la primera vez que exige que se presenten denuncias ante casos de presunta corrupción


Hubo no hace mucho en México un jefe de la autoridad recaudadora que comenzaba sus mañanas con un ritual. Con el primer café, leía los diarios, plumón en mano. Luego, al llegar a la oficina, entregaba esos subrayados a sus auditores. Las noticias como pistas a investigar.
El Gobierno tiene muchas vías para hacerse de información. Unas altamente sofisticadas, y con la inteligencia artificial eso aumentará, y otras tan básicas como leer periódicos. No por nada, cuestionado sobre sus fuentes, el gran columnista Manuel Buendía decía: todo está en los diarios.
Que se imprima no lo hace verdadero, ni siquiera exacto, a un indicio periodístico. Ciertas noticias son, en el mejor de los casos, apenas versiones de un hecho. Lo contrario aplica igualmente. Negar todo valor a lo publicado habla de una táctica de evasión o de estratagema política.
Desde que Morena conquistó el poder en 2018 —y más a partir de 2024 con el triunfo de la presidenta Claudia Sheinbaum y la maniobra mediante la que se hicieron de mayorías constitucionales en el Congreso— ostenta el privilegio de gobernar, pero también la gran responsabilidad implícita.
Esa victoria de hace siete años se labró mediante el contraste. Andrés Manuel López Obrador como antítesis de una clase política frívola, lejana a las penurias de la mayoría e insoportablemente corrupta. El discurso de López Obrador fue tan creíble que resistió algunos escándalos de su propio equipo.
Porque parte de lo que minó las posibilidades de PRI y PAN de seguir en el Gobierno, de convertir a México en un país donde solo dos fuerzas, el histórico partido de la Revolución y su némesis, se intercambiaran los despachos del poder, fue la cobertura periodística sobre la corrupción.
Acción Nacional recibió en el año 2000 el mandato popular de crear un nuevo sistema de Gobierno y, al poco tiempo, la ciudadanía tuvo noticias de excesos, negligencias y corruptelas: resultaron similares a los priistas. Y estos volvieron a Los Pinos en 2012 solo para reincidir en tales prácticas.
El votante decidió entonces que tocaba dar oportunidad al obradorismo. Transcurrido un sexenio y casi la cuarta parte del siguiente, Morena es visto como fuerza sin amenaza opositora en el horizonte. Tal diagnóstico pasa por alto el gran poder destructivo de las historias de corrupción.
Este miércoles la secretaria de Anticorrupción y Buen Gobierno, Raquel Buenrostro, estuvo en Palacio en la conferencia de la presidenta Sheinbaum. Su comparecencia se dio en medio de la polémica por las acusaciones contenidas en el libro del exconsejero jurídico de López Obrador.
Como es sabido, en ese volumen titulado Ni venganza ni perdón, Julio Scherer Ibarra hace diversos señalamientos de presuntos abusos y corrupción. Y, sobre ello, en la mañanera fue cuestionada Buenrostro; en concreto sobre si no tendría que investigar “de oficio”.
“Nosotros damos seguimiento siempre a todas las denuncias que llegan, siempre”, dijo Buenrostro. “Nos llegan denuncias anónimas. Hay muchas denuncias que nos las hacen por periódico, ustedes dicen: ‘Ojalá que la Secretaría de Anticorrupción vea’. Y nos dan datos, nos dan nombres, nos dan oficios, nos dan lugares. Cuando se tiene esa información y se considera relevante, se pueden iniciar investigaciones de oficio. Cuando no tienen nada de información, sino nada más un dicho, es complicado. Nosotros tenemos un número finito de personas. Entonces, ¿dónde iniciamos investigaciones de oficio?, cuando hay elementos para saber por dónde empezar. Entonces, en caso de que hubiera el caso o que hubiera denuncias, nosotros tenemos que agotarlas por procedimiento, efectivamente”.
Tras esa explicación, a la secretaria le insistieron, dado que “estos señalamientos son hechos por un mismo funcionario que trabajó en el Gobierno y que sería la fuente de información; quizá fue un testigo de esos casos, ¿qué habría que responder ahí?”. Intervino en ese momento la presidenta Sheinbaum. “Que presente su denuncia”, fue la expresión de la mandataria.
Y acto seguido, Buenrostro agregó: “Que presente las denuncias, porque la narrativa no es suficiente para iniciar una investigación, no tiene elementos”. Puede ser que, sin proponérselo, Buenrostro haya acuñado una de las frases del sexenio. Eso de “la narrativa no es suficiente”. Tampoco es claro si ella, y la propia mandataria, dimensionan que, si bien jurídicamente “las narrativas” no son probatorias, políticamente pueden resultar letales.
Enrique Peña Nieto se quejaba en privado de que su sexenio había sido el primero en donde las redes sociales fueron un factor que incidía, y mucho, en la opinión pública. Correcto o no, el diagnóstico del mexiquense, de una forma distinta y sin proponérselo, López Obrador expresaba algo parecido. López Obrador acuñó la frase de “benditas redes sociales”. Con ella englobaba la posibilidad de escapar del dominio de una narrativa impuesta por medios tradicionales, bien cuando estaba en la oposición y rumbo a su tercera candidatura presidencial, bien ya como mandatario en Palacio.
Lo que López Obrador no va a reconocer nunca es que ese nuevo canal —directo, inmediato, ubicuo, maleable y económico— cuando fue candidato, le sirvió para aprovechar los escándalos de corrupción e ineficiencia del peñismo, para diseminar una “narrativa”, así esta no cuajara en un tribunal. Y menos aún reconocerá que, desde el poder, las redes sociales le sirvieron para espantar narrativas que desnudaban sus fallas y corrupción.
Porque en México las investigaciones de la corrupción prácticamente nunca se deben a un fiscal implacable, a una jueza fuera de serie y, más allá de personas, tampoco a un aparato de justicia, órgano de auditoría, comisión legislativa o del poder judicial (salvo honrosas excepciones).
Así es explicable que la narrativa de “fue el Estado”, tan explotada en 2014 por la izquierda hoy en el poder sobre el caso de los 43 de Ayotzinapa, haya derrotado fácilmente a la llamada “verdad histórica”, presentada por la procuraduría peñista.
Otro ejemplo es la indolencia calderonista en la mina Pasta de Conchos, donde fallecieron 65 trabajadores. Lo refractario de un funcionario como Javier Lozano al dolor de esas familias fue pasto para el legítimo reclamo de justicia que el obradorismo en algo ha paliado cuatro lustros después.
Representan simplemente un par de relatos que trazaron la senda de Andrés Manuel hacia la Presidencia y que, en gran parte, posibilitaron que su sucesora obtuviera el segundo sexenio guinda: hasta la fecha son pocos los que añoran a quienes en su momento desatendieron los señalamientos en la prensa.
La cuestión es que eso llamado “narrativa” posa hoy la responsabilidad sobre los hombros de Morena: investigar desde el huachicol de la Marina hasta el descarrilamiento del Interoceánico en diciembre, donde hubo 14 muertos y solo están acusados los operadores más humildes; dos ejemplos de casos que mes con mes se acumulan.
Redes sociales y medios exponen desde trágicos fallos gubernamentales hasta embarazosas peleas entre morenistas. Si las fiscalías y la secretaria Buenrostro apuestan (como en su tiempo los prianistas) a que otros hagan su chamba o a que el olvido sustituya a la indignación social, el pronóstico es sencillo: la narrativa desgastará a Sheinbaum.
La presidenta ha dicho que no ha leído y no leerá el libro de Scherer. Y no es la primera vez que, ante casos de presunta corrupción, exige que se presenten denuncias. Esas expresiones, si bien pueden ser tácticas para minimizar problemas, no son inocuas: alimentan a la mala la narrativa de la impunidad.
Sheinbaum no es corrupta. Mas si la narrativa la pone como excepción de la regla en un ambiente donde sus compañeros sí lo son y no pagan por ello, ni su probidad salvará a un movimiento cuando llegue la hora en que votantes que sí leen prensa, sí atienden redes y sí subrayan escándalos que Morena se niega a investigar y sancionar, vayan a cobrarse las afrentas a las urnas.
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