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Cuarta Transformación
Columna

Arriaga y Teleache: más obradoristas que Obrador

Tanto en el CIDE como en la SEP, ambos funcionarios optaron por resistir el relevo

Marx Arriaga y José Antonio Romero Tellaeche.Aggi Garduño/El País, Colmex

El comienzo de este artículo puede parecer un chiste, pero es anécdota: ¿en qué se parecen José Antonio Romero Tellaeche —el exdirector del CIDE— y Marx Arriaga?

La diferencia es conocida. Aunque ambos asumieron en sus manos una responsabilidad educativa, el primero recorrió los pasillos del CIDE, mientras que el segundo caminó la Dirección General de Materiales Educativos de la SEP.

Sus semejanzas superan con creces cualquier diferencia.

Primero. Ambos terminaron enfrentados, no con la oposición, sino con autoridades de su propio bando.

Romero Tellaeche fue removido por Rosaura Ruiz, secretaria de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación, tras un prolongadísimo conflicto interno que convirtió al CIDE en escenario de protestas estudiantiles y de un silencioso éxodo académico. Hacia el final, Romero exhibió mensajes privados que aseguraba haber sostenido con la secretaria y dejó caer un desafío: de persistir la embestida en su contra, haría imposible la vida institucional.

Marx Arriaga, por su parte, fue apartado por Mario Delgado, secretario de Educación Pública, tras negarse a incorporar modificaciones en los libros de texto. Desde diciembre, Arriaga había comenzado a disentir públicamente del secretario: denunció intentos de privatización y llamó a reorganizar la resistencia.

Tellaeche y Arriaga nos recuerdan que dentro de la izquierda hay quienes parecen más inclinados a la confrontación perpetua que a la fidelidad serena a los fines éticos del movimiento.

Segundo. Ambos encarnaron fisuras discretas en la edificación del llamado segundo piso de la Cuarta Transformación. O, mejor dicho, fueron herencias incómodas del primer momento del proyecto. Vestigios de la etapa fundacional que, a medida que la obra avanza, comienzan a desentonar con el nuevo trazo. Síntomas del tránsito entre la épica de la conquista y la sobriedad de la consolidación.

Tercero. Tanto en el CIDE como en la SEP, ambos funcionarios optaron por resistir el relevo anunciado apelando a formalismos o procedimientos pendientes. Se atrincheraron.

Romero impugnó su remoción. Alegó que la ley y los estatutos del CIDE establecían cauces específicos para destituir al director general y que tales procedimientos no habían sido observados. Acudió al amparo y trasladó la disputa política al terreno legal.

Arriaga, por su parte, convirtió su oficina en trinchera. Permaneció allí durante varios días después de ser informado de su destitución, negándose a abandonar el cargo mientras no se le entregara un documento formal que oficializara su baja.

He de admitir la anomalía: la salida de Marx Arriaga fue, en términos estrictamente políticos, una operación torpe o, cuando menos, innecesariamente áspera. ¿Cómo alguien con la pericia de Mario Delgado permitió que el episodio derivara en imágenes de tensión como las que vimos?

Sospecho que no se trató de un simple descuido. Tengo para mí que hubo en esa secuencia algo deliberado. Una humillación calculada hacia un funcionario que, desde diciembre, se había insubordinado.

Cuarto. Ambos fueron sustituidos por mujeres que, en términos simbólicos y políticos, encarnan con mayor claridad el segundo piso de la transformación: la renovación de la vida pública.

Tras la salida de Romero, llegó Lucero Ibarra Rojas, académica vinculada al CIDE cuya trayectoria se asocia más a la colegiación académica que a la confrontación. La remoción de Arriaga abrió paso a Nadia López García, pedagoga y poeta indígena con una larga tradición en la educación comunitaria y la reivindicación cultural.

Ninguna de estas sucesiones apunta a un giro tecnocrático ni a la restauración neoliberal.

Quinto. Tanto Romero como Arriaga presentaron su salida bajo la óptica de una presión ideológica.

Romero dejó entrever que su remoción respondía a decisiones políticas que superaban el ámbito estrictamente académico. Arriaga, por su parte, denunció que su salida formaba parte de un intento más amplio por diluir la Nueva Escuela Mexicana que él encarna.

En ambos casos, la defensa trascendió el cargo y se proyectó al plano histórico: no era una persona la que se removía, sino un proyecto el que se veía amenazado.

Arriaga alcanzó el absurdo de insinuar que él mismo encarna el obradorismo: en su defensa invocó el apellido del expresidente y dejó ver que su nombre se había convertido en sinónimo de transformación.

Deberíamos ser cautelosos ante semejante generalización, blindaje ofensivo. Marx Arriaga no es la Nueva Escuela Mexicana. Marx Arriaga no es el obradorismo. Su escándalo no determina el rumbo de un proyecto educativo ni define el derrotero de un movimiento político entero.

En junio 2024, acudimos a las urnas con plena conciencia para respaldar la continuidad de un proyecto político. Se eligió entonces quién representa la prolongación —y, cuando haga falta, la redefinición— de la Cuarta Transformación de la vida pública: quien seguirá moldeando el movimiento que lleva por nombre el apellido de Andrés Manuel.

La historia de un movimiento que se escribe en gerundio.

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