El Partido del Trabajo, el pequeño aliado que dobló a Morena
Alberto Anaya es el operador silencioso que convirtió a un partido minoritario en símbolo de oposición a Claudia Sheinbaum y al movimiento que fundó Andrés Manuel López Obrador


En la política hay actores que tienen talento para sobrevivir. El Partido del Trabajo (PT) y su dirigente vitalicio, Alberto El Profe Anaya, de 79 años, pertenecen a esa categoría. Desde hace más de tres décadas, el dirigente y fundador de la agrupación que tiene como estandarte una bandera roja acompañada de una estrella amarilla —símbolo de lucha revolucionaria y socialismo— ha formado y dirigido una agrupación pequeña electoralmente, pero con sobrepeso en momentos estratégicos. Su demostración más reciente de músculo político ha ocurrido frente a la presidenta Claudia Sheinbaum y a su aliado mayoritario, Morena. El PT ha logrado, con seis escaños en el Senado, anular el corazón del plan B de la reforma electoral. Los cambios previstos por la mandataria para adelantar la consulta de revocación de mandato a 2027 han naufragado en aras de mantener firme la coalición electoral con miras a los comicios del próximo año, en donde se juegan -además de 17 gubernaturas y cientos de cargos- que el oficialismo mantenga la mayoría calificada en el Congreso. Un escenario que les permitaría aprobar sin cortapisas reformas legales o constitucionales en los últimos tres años de la Administración de Sheinbaum.
La concepción de la agrupación de izquierda se remonta a 1990 como parte del abanico de fuerzas de izquierda que buscaban abrirse espacio tras décadas de hegemonía priista. Anaya, un economista norteño formado en el activismo estudiantil, entendió desde temprano que su partido difícilmente competiría por sí solo en las urnas. A cambio, se convirtió en un aliado indispensable, en un satélite, bisagra de distintas fuerzas. Primero lo fue del PRD [mientras Andrés Manuel López Obrador abrazó la bandera del sol azteca], después en la transición, de López Obrador y, finalmente, de Morena. En su hoja de vida también resalta una alianza local con el PAN en Estado de México (2015).
La relación con Morena ha sido una alianza pragmática. Desde 2018, el PT se ha convertido en uno de los pilares legislativos del obradorismo. Sin embargo, nunca ha dejado de operar con agenda propia. Esa autonomía se hizo evidente durante las semanas de discusión de la reforma electoral de Sheinbaum en el primer y segundo intento. El proyecto incluía ajustes que tocaban directamente a los partidos pequeños, en materia de representación y reglas de competencia. Para el PT, aceptar esos cambios implicaba debilitar su modelo de supervivencia. La resistencia fue inmediata.
Lo que parecía ser un trámite se convirtió en una negociación ríspida. El PT amagó con no acompañar puntos clave de la reforma, obligando a Morena a replantearla, en un Congreso donde unos votos pueden inclinar la balanza. El PT lo sabe. Su fórmula de supervivencia ha sido constante: pocos votos, los suficientes para mantener el registro (3%), disciplina y mucha capacidad de negociación. A cambio, bajo la operación de Anaya, el PT ha conseguido posiciones y subsistencia, de la mano del financiamiento público para su operación. Este 2026 ha recibido 670 millones de pesos, el más bajo de los presupuestos para partidos, pero una cifra millonaria bajo la administración de la dirigencia.
En más de una ocasión ha estado al borde de perder el registro, el mismo número de veces en que ha conseguido el oxígeno suficiente para mantenerse a flote. En 2015 atravesó por su peor capítulo cuando los resultados electorales arrojaron 2.99% de votos, lo que confirmaba su pérdida de matrícula ante el Instituto Nacional Electoral. Con todo, la impugnación de los resultados en un puñado de distritos de Aguascalientes, su Estado de nacimiento, logró reponer la elección y con ello conseguir los votos que lo devolvieron a la vida en el mapa político de México.
El profe Anaya, se ha ganado ese sobrenombre por su liderazgo único en el partido y por la creación de los Centros de Desarrollo Infantil (Cendis) en Nuevo León, que han puesto el foco en el partido más de una vez por presunto desvío de recursos públicos. El dirigente se mueve en las sombras, con perfil bajo; planta cara solo cuando es indispensable, cuando sus declaraciones pesan en la mesa. Ejemplo de ello fue su pronunciamiento del 16 de enero para cerrar filas con Sheinbaum después de que Papallones hiciera pública su negativa a la aprobación del primer intento de la presidenta por sacar una reforma político-electoral que tocaba irrenunciables de sus partidos aliados, el PT y el PVEM. Los socios de Morena se habían mantenido relegados, excluidos de la discusión de la reforma que buscaba eliminar 32 escaños de representación proporcional, la vía por la que se ha convertido en el eterno plurinominal del Congreso mexicano. También la reducción del 25% del financiamiento público de los partidos. Una dupla altamente nociva para los intereses de los partidos minoritarios, la chiquillada, como le llaman en la política mexicana.
Anaya sabía que la reforma, en sus términos, no vería la luz. Los puntos de quiebre, han dicho a este periódico líderes petistas, nunca estuvieron a consideración: no había margen de negociación en el tema de los plurinominales y en el recorte de prerrogativas. El PT lo dejó claro más de una vez en la mesa que instaló la Secretaría de Gobernación de Rosa Icela Rodríguez. La mano derecha de la mandataria y sus operadores políticos en la Cámara de Diputados, Ricardo Monreal, y en el Senado, Ignacio Mier, no lograron persuadir a los aliados más pequeños en ninguno de los dos intentos de reforma. Con seis votos en la Cámara alta, frente a los 67 de Morena, pese a la firma de por medio, lograron doblar a la mandataria y a Morena.
Su oficio como partido bisagra ha llevado al PT a un momento histórico en el que parece ser indispensable. Eso ha quedado claro este miércoles en el segundo intento de Sheinbaum por sacar su reforma electoral, convertida en un plan B descafeinado que el petismo ha logrado suavizar aún más con la aprobación de una iniciativa incompleta, sin el cambio de fecha para la revocación de mandato. En este tema, el riesgo era doble para el PT. Por un lado, podría eclipsar su identidad en una elección dominada por la narrativa presidencial. Por otro, competir en condiciones donde Morena concentraría aún más poder político y mediático. La respuesta fue nuevamente de contención. En política, el tamaño no lo es todo. Basta con saber cuándo decir no.
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