Ir al contenido
_
_
_
_

Cuando el odio se disfraza de broma

Docentes, psicólogos y activistas exploran cómo abordar en las aulas los discursos de odio: desde memes y vídeos virales hasta rap, grafitis o teatro, con una idea de fondo clara: menos sermón y más preguntas

Los discursos de odio han encontrado en las redes sociales un canal idóneo para hacer llegar sus mensajes.Media Lens King (Getty Images)

El silencio no dura mucho. Al principio hay risas incómodas, miradas cruzadas y algún comentario en voz baja que intenta rebajar la tensión. En el escenario, Pamela Palenciano cuenta su historia sin adornos —violencia, control, miedo— mientras en las primeras filas algunos chicos se remueven en el asiento y otros directamente se ríen, como si así pudieran mantener la distancia.

“Hay chicos que llegan muy a la defensiva, incluso con rechazo, como diciendo ‘a ver qué nos va a contar esta’… pero luego, cuando termina, se acercan, te piden perdón o te dicen que no lo habían visto así. Ahí es cuando ves que algo se ha movido”, cuenta Palenciano, activista y creadora del monólogo No solo duelen los golpes, que lleva más de dos décadas recorriendo institutos y auditorios de toda España.

Ese “algo” que se mueve no es fácil de definir, pero sí de reconocer: es el momento en que un discurso aprendido —una broma, un comentario, una idea repetida sin pensar— deja de funcionar en automático y empieza a incomodar. Lo interesante es que ese gesto, aparentemente mínimo, conecta con una preocupación mucho más amplia que atraviesa hoy a la sociedad y que distintas instituciones llevan tiempo señalando. Organismos como la UNESCO o el Consejo de Europa han alertado en los últimos años del aumento de los discursos de odio, especialmente en entornos digitales, y de la necesidad de abordarlos de forma explícita desde la educación. No solo como un problema de convivencia, sino como una cuestión democrática.

“Lo que vemos en las aulas no es un fenómeno aislado ni exclusivo de los jóvenes. Tiene mucho que ver con lo que está pasando fuera”, resume Stribor Kuric, profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid y antiguo investigador del Centro Reina Sofía de FAD Juventud. En ese “fuera” conviven la polarización política, la circulación constante de contenidos en redes sociales (donde estos discursos no solo se difunden, sino que encuentran espacios de refuerzo y validación) y una progresiva legitimación de discursos que hace unos años quedaban relegados a los márgenes.

Los adolescentes, señalan los expertos, no solo están expuestos a ese entorno, sino que aprenden a moverse en él con naturalidad, adaptando sus códigos y reproduciendo —a veces sin cuestionarlos— los lenguajes que encuentran. Ese entorno digital no solo condiciona lo que se dice, sino también cómo se dice.

Pamela Palenciano, durante la representación de su monólogo 'No solo duelen los golpes', en un centro de Fuerteventura en 2023.

Cuando el odio se disfraza de broma

Los discursos de odio entre adolescentes rara vez se presentan como tales. No llegan en forma de consignas explícitas ni de mensajes abiertamente agresivos, sino envueltos en códigos que circulan con facilidad: memes, vídeos, chistes que se repiten sin pensarse demasiado y que, precisamente por eso, pasan desapercibidas. En ese terreno ambiguo —entre lo que hace gracia y lo que incomoda— es donde muchas veces se normalizan.

“Los memes son un caballo de Troya”, afirma Noemí Laforgue, investigadora del Grupo INTER de la UNED, que ha trabajado este tema junto a Alberto Izquierdo con alumnado de secundaria. En su experiencia, el humor no actúa como un elemento neutral, sino como una vía de entrada que permite que determinados estereotipos y formas de violencia simbólica se instalen sin generar rechazo inmediato.

“Todo se justifica con el ‘es broma’, el ‘no es para tanto’... Y ahí es donde se va normalizando”, apunta Palenciano, que lleva años observando ese mismo mecanismo en sus encuentros con adolescentes. La risa, en ese contexto, no es un elemento neutro, sino una forma de marcar el límite entre lo que se considera inaceptable y lo que puede decirse sin consecuencias aparentes. Y ese límite, como muestran distintas investigaciones y experiencias educativas, no se construye tanto desde la intención individual como desde el trabajo colectivo.

“El odio muchas veces no nace del odio, sino del miedo. Miedo a no encajar, a no ser aceptado o a quedarse fuera del grupo”, explica Javier Urra, psicólogo y primer defensor del menor en la Comunidad de Madrid. “Y la presión del grupo es brutal: cuesta mucho llevar la contraria, y es más fácil repetir lo que dicen los demás que quedarse fuera”. En la adolescencia, esa necesidad de pertenencia pesa lo suficiente como para que reír un chiste, compartir un meme o repetir una idea no implique necesariamente una adhesión consciente, sino más bien una forma de no desentonar. “Si tú entras en un aula diciendo ‘esto está mal’, probablemente no consigas que cambien de opinión. Lo que necesitas es que se pregunten por qué piensan así”, añade Urra.

Ese desplazamiento —de la corrección al cuestionamiento— es precisamente el punto en el que coinciden muchas de las iniciativas que hoy intentan abordar los discursos de odio en contextos educativos. “Cuando se aborda desde una perspectiva moralizante, lo que conseguimos es que no participen y que no sepamos realmente qué piensan”, advierte Laforgue. Por eso, en el trabajo desarrollado desde la UNED, el punto de partida fue otro: no asumir que los adolescentes eran el problema, sino generar las condiciones para que pudieran pensar sobre él.

“Intentamos no partir de la idea de que son más vulnerables o más propensos a caer en estos discursos, sino escuchar más que hablar”, señala Izquierdo. Un cambio de enfoque que, en muchos casos, pasa por desplazar la conversación hacia preguntas que obliguen a detenerse: “¿A qué tienes miedo?”, les plantea Urra con frecuencia. “Y eso les descoloca, porque les obliga a mirarse a sí mismos”, apunta. El psicólogo es, además, responsable del vademécum Salud mental y bienestar emocional en la escuela, impulsado por la Fundación Mapfre.

En ese proceso de investigación participativa con estudiantes de secundaria en centros educativos de la Comunidad de Madrid, que se desarrolló a lo largo de varios meses, las sesiones se construían a partir de lo que iba surgiendo en el aula, obligando al equipo a repensar continuamente el camino.

Lo interesante es lo que ocurrió cuando ese diálogo dejó de quedarse en el plano de la conversación y empezó a traducirse en algo más concreto. A partir de ahí, los propios alumnos y alumnas decidieron cómo intervenir frente a lo que habían identificado: con memes, con un tema de rap, con un cortometraje o con un grafiti en el centro educativo. “No queríamos que se quedara en un discurso teórico, sino que ellos decidieran cómo actuar”, explica Izquierdo. “La idea era que ese mensaje pudiera llegar a otros chicos y chicas desde sus mismos códigos”, añade Laforgue.

Alumnos del IES Satafi, en Getafe (Madrid),   elaborando un grafiti contra los discursos de odio.

En ese recorrido, recuerdan, aparecieron elementos que no siempre coinciden con los estereotipos habituales sobre los adolescentes: “Nos interesó mucho ver que no se quedaban solo en los temas más habituales. Salieron cuestiones como la gordofobia o la aporofobia”, sostiene Laforgue. Y comprobaron hasta qué punto el humor estaba atravesando todo el proceso. “Había chicos que decían: ‘me estoy riendo de esto y luego pienso: madre mía de lo que me estoy riendo”.

Ese instante de duda —ese pequeño cortocircuito— es, en realidad, el núcleo de todo el trabajo educativo. Porque no se trata tanto de ofrecer respuestas cerradas como de abrir preguntas que permitan detener, aunque sea por un momento, la inercia con la que esos discursos se reproducen.

Aprender a mirar antes que a juzgar

No hay una única forma de abordar los discursos de odio en el aula, pero muchas de las experiencias que funcionan comparten un punto de partida similar: dejar de hablar de ellos en abstracto y empezar a trabajar con los mismos materiales, códigos y lenguajes con los que los adolescentes ya conviven a diario. Así, en lugar de introducir el problema desde fuera, lo sitúan en un terreno reconocible.

Es el caso del fotógrafo y docente Jesús G. Pastor, que lleva una década trabajando estos discursos con jóvenes a partir de imágenes y vídeos virales. Su propuesta no se centra en señalar lo que está bien o mal, sino en preguntarles cómo miran: “Si entras directamente a juzgar, generas rechazo. Pero si empiezas analizando la imagen —cómo está hecha y qué recursos utiliza— bajas la tensión y abres la conversación”, explica. A partir de ahí, el análisis deja de ser solo técnico y se convierte en una forma de cuestionar lo que hay detrás: los estereotipos, la intención, el efecto que produce.

Ese desplazamiento —del juicio a la mirada— conecta con lo que otras iniciativas están probando desde ámbitos distintos. Hateblockers, un proyecto impulsado por Manuel Rodríguez desde 2020, trabaja con jóvenes a través de dinámicas de gamificación, comunidades digitales y colaboración con creadores de contenido. La idea no es tanto desmontar cada mensaje como intervenir en la forma en la que circulan. “No siempre se trata de ganar la discusión, sino de evitar que escale, de cambiar el tono o de introducir otras narrativas”, resume.

En ambos casos, el objetivo es similar: intervenir en el mismo espacio donde esos discursos se generan y se comparten. No trasladarlos a un plano teórico, sino abordarlos en el terreno en el que resultan eficaces. Algo que también observa Palenciano en sus encuentros con adolescentes, donde el rechazo inicial suele ir acompañado de una necesidad de marcar distancia. “Muchas veces se ríen para no colocarse, para no tener que posicionarse”, explica. El trabajo, en ese sentido, no consiste en forzar una respuesta inmediata, sino en generar el espacio necesario para que esa risa deje de ser automática.

Parar, mirar, preguntar

No siempre hay un cambio visible ni inmediato. A veces lo único que aparece es una duda donde antes no estaba, una incomodidad que obliga a detenerse. Palenciano lo ha visto muchas veces en adolescentes que entran riéndose, incómodos o a la defensiva, y que salen en silencio, con la mirada baja o esperando su turno para acercarse. “No es que de repente piensen distinto en todo, pero algo se mueve. Y con eso ya puedes empezar a trabajar”, reflexiona.

Ese margen —pequeño, inestable y difícil de medir— es también el espacio en el que se sitúan muchas de las propuestas educativas que intentan abordar los discursos de odio sin caer en el sermón. No se trata tanto de sustituir una idea por otra como de abrir una grieta, de introducir una pregunta donde antes había una respuesta automática.

“Decir ‘no sé’ también es importante”, apuntan desde el equipo de la UNED. En un contexto en el que todo parece exigir una opinión constante, detenerse, cuestionar o incluso reconocer la duda puede ser el primer paso para pensar de otra manera.

Porque, en el fondo, el objetivo no es ofrecer respuestas rápidas ni imponer un discurso alternativo, sino generar las condiciones para que esos mensajes —los que circulan, los que se repiten, los que hacen gracia— dejen de funcionar por inercia. Y eso, como muestran quienes trabajan a diario con adolescentes, empieza casi siempre por lo mismo: parar, mirar y preguntarse por qué.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a Papallones desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en Papallones.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_

¿Qué quieres estudiar?

Encuentra tu curso ideal
Recomendaciones Papallones
Recomendaciones Papallones
Recomendaciones Papallones
_
_