Draft 2:* Morena busca nuevas
Morena fracasa en su intento de cambiar la Constitución al quedarse sin el respaldo de sus aliados del PT y el PVEM

“Votemos y desechemos lo que empezó mal”, esa frase del coordinador de la bancada del PAN, Elías Lixa, marcó el inicio de una sesión en la que, en menos de dos horas, la Cámara de Diputados rechazó la reforma electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum. La iniciativa presidencial llegó este miércoles al pleno con el destino marcado. La rapidez para terminar con el episodio fue el sello distintivo, y bastaron seis discursos, uno por grupo parlamentario, para dar paso a la primera derrota legislativa de la presidenta y de la coalición oficialista en el año y medio de Legislatura. El revés obligó a Morena a activar de inmediato un “plan b“ legislativo, una ruta alterna basada en reformas a leyes secundarias que no requieren mayoría calificada y que ya se alista para los próximos días.
Sin un debate real, el tablero electrónico tardó apenas unos minutos en iluminarse y confirmar lo que se sabía desde hace meses: “No hay mayoría calificada”. La iniciativa principal del comienzo del sexenio colisionó contra el balance de votos parlamentarios. Con 259 votos a favor, 234 en contra y una abstención, la reforma presidencial quedó muy lejos de los 334 sufragios que se exigen para cambiar la Constitución. Mientras el conteo avanzaba, desde las curules de la oposición se escuchaban gritos de “¡no va a pasar!”, y en las bancadas del bloque gobernante el ambiente oscilaba entre la resignación y la defensa del proyecto. Morena llegó al pleno sin el respaldo decisivo de sus aliados del Partido del Trabajo (PT) y del Partido Verde Ecologista de México (PVEM), que poseen más de los 81 votos que necesitaba Morena para concretar la reforma y que decidieron regatearle a Sheinbaum. La iniciativa que prometía redibujar las reglas del sistema electoral terminó convertida en la primera gran derrota legislativa de la cuarta transformación desde septiembre de 2024, cuando comenzó a aprobarse el paquete de reformas conocido como Plan C, al que sólo le faltaba la cereza del pastel: una reforma político-electoral.
El resultado no ha sorprendido a nadie. La llave de la aprobación la tuvieron los socios de Morena desde el día 1 y ambos mantuvieron su negativa hasta el final. De nada sirvieron las mesas de negociación, ni las encerronas en Palacio Nacional. Morena no logró cohesión. La sesión fue breve, casi ceremonial. Ante la certeza del desenlace, los grupos parlamentarios pactaron un procedimiento exprés en el que solo los coordinadores subieron a tribuna para fijar postura. El debate quedó reducido a una sucesión de posicionamientos políticos que, más que cambiar el rumbo de la votación, sirvieron para exponer las fracturas de la coalición gobernante, una ruptura que trataron de minimizar a toda costa. “No nos asusta absolutamente nada. Estamos libres de conciencia y convencidos de que estamos a favor del pueblo de México”, dijo Reginaldo Sandoval a nombre del PT.

Ricardo Monreal, el coordinador de Morena, fue el encargado de cerrar el turno con una defensa férrea de la propuesta como un compromiso político. “La titular del Ejecutivo cumple su palabra con el pueblo y con la historia”, afirmó desde una tribuna desbordada de morenistas. El legislador reconoció implícitamente el desenlace adverso, aunque se apresuró a matizar como un “rechazo temporal”. Lejos de asumir la derrota como un cierre definitivo, Monreal lanzó un amago. Morena comenzará de inmediato a construir un “plan b”. Una continuación del capítulo con cambios a través de leyes secundarias, un terreno legislativo donde el oficialismo no necesita mayoría calificada. “Una vez que se vote y se rechace comenzaremos a construirlo. No claudicaremos”, dijo.
Antes del turno de Morena, la oposición había dejado clara su postura. El coordinador del PAN, Lixa, acusó al Gobierno de intentar imponer una reforma sin diálogo ni consenso. “Decidieron desde el Gobierno y el grupo mayoritario no construir acuerdos”, lanzó desde la tribuna. El panista advirtió además que el proyecto ignoraba uno de los problemas centrales del sistema electoral mexicano: la infiltración del crimen organizado en las campañas. “Presidenta, rompa el pacto con la narcopolítica”, reclamó. La frase caló en el morenismo, que no tardó en replicar. Monreal respondió que ese supuesto pacto “se sepultó con García Luna”, en referencia al exsecretario de Seguridad de Felipe Calderón, condenado en Estados Unidos por narcotráfico.
La atmósfera en el pleno se pintó con pancartas que mantuvieron arriba durante la sesión. “No a la Ley Maduro”, “no a la reforma electoral”, se leía en el póster instalado en las curules de panistas y priistas. Estas frases marcaron el tono de su participación, uno confrontativo. Su coordinador, Rubén Moreira, calificó la iniciativa como una “ley Maduro”, una etiqueta con la que la oposición buscó desacreditar el proyecto al considerarlo autoritario. Los ánimos ya encendidos tuvieron gasolina con el respaldo que los priistas dieron a los aliados de Morena. “Quiero saludar con reconocimiento y con afecto al Partido del Trabajo y al Partido Verde. Nuestro respeto a sus dirigencias y a sus dos coordinadores”. A estas palabras le siguió la protesta de los morenistas desde sus curules. La crítica también llegó desde Movimiento Ciudadano. Su coordinadora en la Cámara baja, Ivonne Ortega, reconoció que el país necesita una reforma electoral, pero sostuvo que la propuesta del Gobierno “altera gravemente las reglas del juego”. “Se notaba el tufo antidemocrático”.

No obstante, la atención se centró en los socios de la coalición gobernante. Al final, la postura adoptada por el PT y el Verde determinó el rumbo de la iniciativa legal. El recorte de los fondos estatales para las agrupaciones políticas y la modificación del método para elegir legisladores por representación proporcional, junto con la supresión de dicho esquema en el Senado, resultaron ser límites innegociables para los aliados de Morena, ya que, de acuerdo con sus dirigentes, esto amenazaba su presencia institucional.
El portavoz del PT, Reginaldo Sandoval, fue el primero en tomar la palabra en el estrado, ratificando el voto negativo de su grupo parlamentario. El diputado reafirmó lo manifestado a este diario, señalando que la iniciativa perjudicaba la diversidad política nacional y facilitaba el ascenso de una nueva fuerza hegemónica. No obstante, el líder petista procuró conservar la estabilidad política. “Estamos al 100% con la presidenta y al 200% con el pueblo de México”, expresó, enfatizando que su organización mantendrá el respaldo al esquema político de la denominada cuarta transformación.
Desde el Verde, el mensaje fue similar. Su coordinador, Carlos Puente, lamentó que Morena no hubiera buscado un acuerdo político antes de llevar el dictamen al pleno. “Cuando no tienes los votos necesarios, es indispensable hacer política: proponer, acordar, buscar consensos”, dijo. El legislador defendió la necesidad de que las reformas electorales se construyan con amplio respaldo para evitar que nazcan sin legitimidad.
En medio del debate, una escena llamó la atención en el salón de sesiones. Monreal cruzó el pleno y se instaló durante varios minutos en el área de la bancada panista, donde sostuvo una conversación discreta con el vicecoordinador de la bancada, Federico Döring. El gesto alimentó especulaciones que más tarde se disiparían: “Planteé que fueran todas las intervenciones moderadas, racionales, juiciosas; no lo logré”, reconoció desde el pleno. Antes, Lixa dio pistas de la oferta del coordinador. “En política hay silencios prudentes y silencios que pueden terminar en complicidades”, lanzó.

Al encendido del tablero de votación le siguieron gritos desde las curules de la oposición: “¡No va a pasar!”, “¡no va a pasar!”. La frase anticipó el fracaso de la reforma aunque la disciplina de las bancadas que sostienen al oficialismo quedó exhibida. Varios legisladores rompieron el cierre de filas y votaron en sentido contrario a la línea de sus partidos. En Morena, tres diputadas se desmarcaron abiertamente del proyecto. Del lado del PVEM, el escenario fue inverso: aunque el partido había marcado distancia del dictamen, 12 de sus integrantes terminaron respaldando y en el PT también saltó un voto a favor, el de Jesús Roberto Corral.
El resultado marca la primera gran derrota legislativa del Gobierno de Sheinbaum. Durante el sexenio anterior, Morena había logrado sacar adelante cambios constitucionales con la disciplina férrea de su coalición. Pero esta vez el bloque oficialista mostró fisuras. La reforma electoral se ha convertido así en el primer gran tropiezo parlamentario del nuevo Gobierno. La mayoría de Morena mantiene su poder, pero hoy no ha sido suficiente por sí sola para cambiar la Constitución. Sin el respaldo de sus aliados, incluso las reformas presidenciales pueden naufragar antes de tocar tierra.
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