Dianza Al Azem, divulgadora y sexóloga: “Las madres tienen que abandonar la falsa creencia de que el autocuidado es tener una tarde para ellas”
La también docente publica ‘Madres quemadas’, un libro que reivindica a través de esquemas e ilustraciones la ironía de una maternidad silenciada por el miedo a no llegar a todo y la desidia de una sociedad que abandona a las mujeres


Las madres cada vez están más cansadas. Y lo están porque cada vez hacen más cosas, menos una: cuidarse a sí mismas. Y cuando lo hacen, lo hacen con culpa por no pasar ese tiempo con sus hijos. Una pescadilla que se muerde la cola y que puede convertirse en un giro infinito en el que muchas no encuentren la salida. Para poner su malestar negro sobre blanco y aprender a salir de esa espiral, Diana Al Azem (48 años, Granada), docente y escritora, publica el libro Madres quemadas. Cómo cuidar sin arder en silencio (Plataforma Editorial, 2026). Es el cuarto manual educativo de la también sexóloga. El volumen, escrito con ilustraciones, esquemas y cierto estilo de cómic, propone una lectura amena y divertida. Un viaje que comienza en forma de sátira y que termina en la luz, en esas pautas que pueden ayudar a muchas madres en su día a día.
El término estrella del libro son las fleximamás. ¿Pero qué son? “Es algo que todas queremos ser. Queremos ser flexibles, tener tiempo para nosotras, ejercer el autocuidado y estar empoderadas”, explica la también fundadora de la plataforma Adolescencia Positiva —una web especializada en adolescencia, escuela de padres, cursos de soft skills para adolescentes y programas de inteligencia emocional en el aula—, con más de 1,1 millones de seguidores en su cuenta de Instagram. “Estamos viendo en las redes que las madres no tienen nunca problemas en casa con sus hijos, que todo es perfecto, que les da tiempo a arreglarse y ponerse bellísimas, incluso a hacerse las uñas, a ir al gimnasio, y también trabajan fuera de casa. Y, por supuesto, sus hijos están supereducados, nunca hay problemas con las pantallas… Pero la realidad es otra”, incide la experta durante conversación telefónica.
“La realidad es que nosotras, las madres, no tenemos tiempo”, asegura. Con el libro, Al Azem pretende criticar desde la ironía una maternidad silenciada por el miedo a no llegar a todo y la desidia de una sociedad que abandona a las mujeres y que deja en sus manos la responsabilidad de sostenerlo todo.
PREGUNTA. Las madres no tienen tiempo, ¿cuál sería el principal motivo?
RESPUESTA. El mayor enemigo del tiempo no es la agenda, es la autoexigencia que tenemos con nosotras. Consideramos que el autocuidado consiste en tener una hora entera para poder hacer lo que yo quiera. Y el autocuidado muchas veces puede venir de pequeños momentos, en las cosas más cotidianas, que también nos pueden servir para tener esos espacios para nosotras. Por ejemplo, ponernos música que nos gusta en el coche cuando vamos solas y cantar. Micromomentos del día a día pueden convertirse en momentos de autocuidado. Las madres tienen que abandonar la falsa creencia de que el autocuidado es tener una tarde entera para ellas.
P. ¿En qué momento la autoexigencia materna lleva a la culpa?
R. Al final es un compendio de todo. Por un lado, la mayoría venimos de familias en las que las madres no trabajaban fuera de casa; criaban a sus hijos y estaban presentes todo el rato. Entonces tenemos en la mente ese tipo de maternidad o de crianza: estar constantemente presentes. Pero tenemos muchas horas de trabajo que no podemos compaginar con esa presencia deseada. Y nos sentimos culpables, porque creemos que nuestras madres lo hicieron mejor que nosotras. Además, vemos constantemente noticias que nos hacen sentir también culpables, por ejemplo, sobre la adolescencia. Vemos todo el rato cosas sobre lo mal que están, sobre su salud mental, los problemas que hay a nivel académico, el bullying, etcétera. Hay tantas noticias que es normal que los padres, y sobre todo las madres, nos sintamos culpables y pensemos: “Dios mío, no estoy pasando el tiempo que debería pasar en casa para darme cuenta de que a lo mejor mi hijo está pasando por algo de esto”.
P. En el libro, habla del enfado como una emoción legítima. ¿Por qué cuesta tanto aceptar la rabia en las madres?
R. Muchas veces es cosa nuestra también, de las madres. No queremos que la gente nos vea enfadadas, porque es una emoción desagradable que afecta a todos los miembros de la familia. Además, ese enfado se hace más grande con el sentimiento de culpa. Y se hace bola, una bola cada vez más grande: me enfado porque me siento culpable, me siento culpable porque me enfado. Las mujeres queremos tener siempre buena cara, ser buenas madres, hacerlo todo perfecto. Y, además, en la actualidad contamos con muchísimas herramientas y guías sobre maternidad y crianza para conseguirlo, y queremos llegar a lo que dicen, pero no llegamos… y nos cabreamos.
P. ¿Se ha profesionalizado la crianza?
R. Sí, es verdad que es como una profesión más. También creo que es interesante que los padres conozcamos, por ejemplo, la etapa adolescente, los cambios cerebrales y por lo que se pasa a esa edad, porque muchas veces nos tomamos las cosas de forma personal cuando nos hablan mal. Sin embargo, si los padres entienden por lo que está pasando su hijo adolescente, por qué actúa de la forma que lo hace, pues de alguna manera se relajan. Como dice Marian Rojas: “Entender alivia”.
P. En su libro deja claro que, a la hora de criar, las mujeres están más sobrecargadas. ¿Qué papel tiene la pareja en este burnout materno?
R. Las madres tenemos que mirar primero por nosotras mismas y, obviamente, la pareja tiene que estar ahí. Pero lo que no podemos hacer es estar luchando con ellos, tener que lidiar con otro frente más, intentar que hagan cosas, que se ocupen, que esto se convierta en una discusión constante. Eso es añadir un estresor más a la crianza. Lo que realmente estresa es que mi pareja no le dé importancia a determinadas cosas a las que yo, como madre, sí se la doy. Por eso, la idea es que una madre, independientemente de si tiene pareja o no, de si se divorcia o no, vaya a su ritmo, haga sus cosas, llegue hasta donde tenga que llegar y, cuando no se llegue, pues no se llega y no pasa nada.
P. ¿Qué señales deberían alertar a una mujer de que está entrando en un estado de agotamiento peligroso?
R. El cuerpo avisa. Si está superagotada, no duerme bien y en su cabeza el único pensamiento que hay es la casa y los hijos. Existe cansancio crónico cuando la madre no es capaz de descansar ni en vacaciones ni en fines de semana. Esa es la señal más clara de que algo no va bien. Y no creo que la mejor forma de afrontarlo sea empastillarse. Lo mejor es hablar con otras mujeres para saber que están pasando por lo mismo. Muchas veces no queremos contar nuestras cosas a las amistades por no mostrarnos vulnerables. Pero cuando estás en una tribu, en un grupo, donde hay otras madres que no te conocen de nada y que se están desahogando, contando sus historias, te sientes segura, sin ser evaluada, etiquetada ni criticada.
P. Muchas mujeres piensan que recuperar su propia identidad es perder tiempo con los hijos. ¿Se puede compaginar?
R. Sí, es posible compaginar. Recuerdo una madre que me contó una vez que cuando su hijo cumplió los 18, su marido se divorció de ella, se fueron ambos de casa y ella se quedó sola y dijo una frase que se me ha quedado grabada: “He sido madre y esposa durante tanto que he olvidado quién soy”. Y es esencial que esto no se nos olvide, que tengamos muy presente que las madres somos mujeres, somos profesionales, somos amigas, somos amantes… La maternidad no es todo lo que somos.
P. Si tuviera que desmontar un mito de la maternidad actual, ¿cuál sería?
R. Que solo pensamos en el corto plazo. Cuando decidimos ser madres, imaginamos un bebé al que cuidar y dar de comer, pero no pensamos en el largo recorrido. Ese niño crecerá, llegará la adolescencia, habrá que poner límites y no siempre será fácil. La maternidad es disfrute, sí, pero también implica renuncias y momentos duros. Es una responsabilidad para toda la vida. No es un juego.
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