Chelsea Conaboy, autora de ‘Cerebro de madre’: “La idea de que la capacidad de cuidar es innata y exclusivamente femenina no proviene de la ciencia, sino de la moralidad”
La periodista especializada en salud analiza en su libro cómo las hormonas y la experiencia del cuidado transforman a madres y padres, al tiempo que invita a reflexionar sobre las verdaderas necesidades durante la etapa de crianza


Al convertirse en madre, la periodista y escritora Chelsea Conaboy (Rhode Island, 43 años) descubrió que muchas de las creencias que tenía asumidas sobre la maternidad no coincidían con lo que realmente estaba viviendo. En las primeras semanas, el peso de la preocupación y la culpa cayeron sobre ella sin previo aviso. También una especie de niebla mental. Después, cuando se reincorporó a su trabajo como redactora a los cuatro meses de dar a luz, comenzó a hacerse preguntas mientras aprovechaba sus estancias en el baño para sacarse leche: quería entender científicamente qué estaba pasando en su cerebro y por qué se sentía diferente.
De esa curiosidad surgió lo que más tarde se convertiría en su ensayo sobre los últimos hallazgos en neurociencia maternal: Cerebro de madre (VR Europa, 2025). En sus páginas, la periodista especializada en salud hace un trabajo de investigación para explicar qué sabemos de las importantes modificaciones que las hormonas moldean en el cerebro en la transición a la maternidad y a la paternidad. Pionero en este ámbito es el grupo de investigación liderado por la neurocientífica Susana Carmona, que ha estudiado específicamente cómo los cambios en la estructura cerebral durante el período perinatal pueden compararse con los cambios en los cerebros de los adolescentes. Conaboy recuerda que, si ambos momentos son profundamente transformadores y tumultuosos, y asumimos que la adolescencia requiere apoyo, es esencial entender que ese apoyo también es necesario para las nuevas familias. “La idea es que podemos reconstruir las redes de apoyo que necesitamos”, dice durante la conversación.
PREGUNTA. Explica en el libro que los estudios muestran que la maternidad cambia el cerebro tanto funcional como estructuralmente, lo que se conoce como matrescencia. ¿Qué implicaciones considera que tienen estos hallazgos para la forma en la que se entienden el cuidado y la identidad de las madres?
RESPUESTA. La neurociencia es una herramienta clave para entender lo que implica cuidar y qué podemos esperar durante la transición a la maternidad y la paternidad. A las mujeres, en particular, se nos inculca la idea de que somos cuidadoras innatas, que nacimos para esto. La ciencia emergente sobre el cerebro maternal demuestra que la capacidad de cuidar se desarrolla gradualmente: es un proceso que lleva tiempo y que combina adaptaciones poderosas con vulnerabilidades reales. Tanto nuestras políticas públicas como la manera en que nos apoyamos mutuamente, y nuestras propias mentalidades, deberían reflejar y respetar esta realidad.
P. ¿Puede la neurociencia ayudarnos a reflexionar en torno a la forma en que maternamos?
R. Sí, la neurociencia puede ayudarnos a entender la crianza. La usamos para estudiar el comportamiento humano, así que, ¿por qué no aplicarla a algo tan común como cuidar de los hijos? Hoy sabemos bastante sobre el cerebro en el período perinatal y algo sobre adultos mayores, pero casi nada sobre los años de crianza activa, desde la infancia hasta la adolescencia. Es curioso, porque ser padre o madre es un reto cognitivo constante, lleno de demandas emocionales y logísticas.
P. ¿Qué se ha descubierto sobre cómo se transforma el cerebro de los padres, las madres adoptivas o cualquier persona que cuida de forma sostenida?
R. La mayoría de los estudios que tenemos se centran en las madres gestantes. Pero la investigación existente sobre los padres sigue una línea similar. También experimentan cambios importantes en la transición a la paternidad. Y los cerebros de aquellos que están realmente implicados en el cuidado, que tienen la oportunidad de estar expuestos a los poderosos estímulos de un bebé, cambian de formas que son sorprendentemente similares a lo que ocurre en los cerebros de las madres. La poca investigación que tenemos sobre otros padres no gestantes sugiere que sucede algo parecido. La clave aquí es que los padres y otros cuidadores necesitan la exposición.
P. Habla de un concepto muy controvertido: el instinto maternal. Dice que no existe como tal. ¿Por qué?
R. Se nos dice que el instinto maternal es un concepto científico. En realidad, la idea de que la capacidad de cuidar es innata, automática y exclusivamente femenina no proviene de la ciencia, sino de ideas religiosas y morales sobre lo que es una madre, sobre lo que es una mujer. Las investigadoras feministas han señalado esto durante generaciones.
P. ¿Se puede explicar esto desde la evidencia científica?
R. La neurociencia explica que la capacidad de cuidar se desarrolla poco a poco a partir de los cerebros que ya tenemos, que han sido moldeados por nuestra historia de vida y el entorno social en el que nos convertimos en padres. Este proceso lleva tiempo. Es importante entender esto, porque la tradición nos hace creer que deberíamos poder hacerlo todo solos, que ya tenemos todo lo necesario. La ciencia, en cambio, confirma algo que siempre ha sido cierto: la crianza humana es un trabajo colectivo.
P. ¿Qué impacto tiene el aislamiento en la salud mental y emocional de las madres y padres?
R. Sabemos que el apoyo social actúa como un amortiguador frente a las complicaciones posparto y a los trastornos del estado de ánimo y de ansiedad perinatales. Sabemos que los padres y otros cuidadores no gestantes también presentan un mayor riesgo de problemas de salud mental. Algo que aprendí de una doula del área de Boston llamada Ananda Lowe es que puede ser interesante invitar a las personas a formar parte de tu parto y de tu apoyo posparto, pidiéndoles que asuman tareas específicas. Esto puede incluir a familiares cercanos o amigos, cualquier persona que realmente pueda ser un apoyo. Así, te ayudas a ti misma, pero también les das algo a ellos: la oportunidad de ver de cerca esta etapa del desarrollo, de saber cómo es atravesarla, de modo que puedan comprender mejor cuando ellos mismos se conviertan en padres o aprendan a apoyar a las personas en sus vidas. La idea es que podemos reconstruir las redes de apoyo que necesitamos.
P. ¿Cómo ha cambiado su manera de mirar la maternidad después de investigar tan a fondo el cerebro parental?
R. Hay dos cosas de esta ciencia en las que pienso casi todos los días como madre de dos niños, de 8 y 10 años. Cuando me siento abrumada por los consejos externos sobre crianza, puedo, en cambio, volverme hacia mi hijo e intentar ver qué necesita de mí realmente. Mi cerebro está afinado para ayudarme a descubrirlo. Y no se supone que debo saber automáticamente cómo ser padre, especialmente porque mis hijos están en constante crecimiento y cambio. Cometer errores es una parte importante del proceso. Así es como aprendemos.
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