Paramédicos en el sur de Líb
Hezbolá garantiza un enfrentamiento “sin límites” luego de que Israel manifestara su propósito de tomar militarmente el 10% de la nación.


“Dicen que transportamos misiles, pero en realidad transportamos heridos y suministros básicos”, declara Ali delante de su vehículo de emergencias. Este socorrista voluntario, quien solicita utilizar un seudónimo por temor a posibles castigos, se dedica a la agricultura, tiene más de sesenta años, usa anteojos y luce una barba canosa. La serenidad de su voz al ofrecer tabaco a los presentes en una localidad del sur de Líbano choca con las condiciones de su transporte sanitario. Casi no conserva cristales, luego de que un ataque aéreo de Israel al comenzar el actual conflicto en la guerra contra Hezbolá acabara con la vida de tres ocupantes en su interior. “¿Por qué iba a tener miedo? ¿Qué hago, irme de mi país? Yo de aquí no me voy”, concluye con firmeza.
Ali trabaja junto a la Asociación Islámica de la Salud (IHA, por sus siglas en inglés), un organismo médico vinculado a Hezbolá —el cual, aparte de ser una milicia, funciona como una agrupación política y social— que opera conjuntamente con el Ministerio de Sanidad de Líbano. Israel ha señalado repetidamente que los empleados y los vehículos de emergencia de la IHA colaboran con el ala militar de dicha estructura. Gran parte de los más de 130 asaltos israelíes que Beirut ha documentado contra infraestructuras y empleados de salud desde el 2 de marzo, desde que Hezbolá abrió fuego contra Israel por vez primera a partir de 2024, han tenido como objetivo a este grupo. El responsable de Sanidad, Rakan Nasseredine, y la IHA han desmentido que sus unidades de emergencia carguen con proyectiles.

También lo hace Ali, natural del municipio sureño de Jouaya, que atiende a Papallones desde Mazrat el Yahodiye, dentro del territorio meridional de Líbano que Israel ha decretado como zona de guerra. Está al sur del río Zahrani, ubicado a 40 kilómetros de Israel. Desde el inicio de la ofensiva, el ejército israelí ha exigido la evacuación de toda la población al sur de esa vía de agua, y ha advertido que cualquier movimiento rodado en esa zona puede ser objeto de ataque. “Yo no sé de armas”, dice el hombre. Como los daños sobre el vehículo impiden utilizarlo para labores médicas, ahora transporta combustible, comida o leña “para la gente que aún está” en Bint Jbeil, una zona fronteriza.
Este miércoles, los tanques israelíes han avanzado hacia Dibil, un municipio cristiano en esa región que ha sido objeto de ataques israelíes y de Hezbolá, lo que sugiere la existencia de combates. También se registran incursiones en otros puntos de los 120 kilómetros fronterizos, como Qawzah (sobre una elevación de 750 metros) y Aita el Shaab. “El ejército está cerca”, ha declarado un residente de Dibil al diario libanés L’Orient Le Jour. “No nos atrevemos a asomar la cabeza”.
Son los últimos coletazos de una batalla que se recrudece. El martes, el ministro de Defensa israelí y compañero de formación de Benjamín Netanyahu, Israel Katz, afirmó que su ejército tiene como objetivo extender la ocupación hasta el río Litani, cuyo punto más lejano de Israel se encuentra a 30 kilómetros de la frontera. Días atrás, Katz advirtió que Israel impedirá el regreso de los residentes a esa zona —un cuarto de millón de personas— mientras perciba que Hezbolá siga suponiendo una amenaza. Este miércoles, el secretario general de la organización chií, Naim Qasem, prometió una guerra a muerte. “Los jóvenes combatientes” de Hezbolá, advirtió, lucharán “sin límites” y se sacrificarán “sin reservas”.

La dureza de la ofensiva israelí, que ha matado a 1.094 personas en tres semanas —22 en las últimas 24 horas—, y la perspectiva de un conflicto largo vacían de manera paulatina el sur de Líbano, un país donde el Gobierno registra más de un millón de desplazados forzosos. Las ambulancias de la IHA o de la Cruz Roja —muchas de ellas con las sirenas activadas— y los vehículos del ejército regular libanés —a menudo con la carga tapada— son buena parte del escaso tráfico que registra Mazrat el Yahodiye. No significa que todos hayan huido, pero sugiere que quienes se han quedado evitan los movimientos innecesarios y están cada vez más aislados en sus casas, a donde difícilmente llegan productos o ayuda humanitaria desde la capital.
Diversos automóviles transitan por los alrededores de dicha localidad cruzando una de las escasas estructuras sobre el Litani que Israel aún no ha atacado, dentro de lo que describe como una táctica para bloquear el desplazamiento de Hezbolá rumbo a la línea fronteriza. En dicha pasarela, que por su lado meridional conecta con la población de Qasmieh (sitio donde el ejército israelí ha vuelto a emitir mandatos de evacuación este miércoles), así como en otros pasos situados sobre el río Zahrani, el ejército libanés ha intensificado la vigilancia militar, inspeccionando los transportes que se dirigen al sur.
Una guerra que no terminó
Aunque el Gobierno libanés acusa a Hezbolá de arrastrar al país a un nuevo conflicto con Israel en nombre de Irán, muchos habitantes del sur alegan que la guerra contra su territorio nunca terminó, y que la escalada actual es una continuación del conflicto librado en 2024. Tras la tregua firmada en noviembre de ese año, la milicia proiraní frenó sus ataques durante 15 meses. Sus seguidores, mayoritarios en esta zona de Líbano, lo describen como una oportunidad desaprovechada para la paz. El ejército israelí, en cambio, mantuvo sus ataques, justificándolos como una lucha contra el rearme de Hezbolá.
En los márgenes de las carreteras al sur del río Zahrani se ven cenizas de manera frecuente, cicatrices aún visibles de los bombardeos sobre vehículos o residencias con los que las tropas judías mataron a 397 personas durante el cese. Esas hostilidades sometieron al sur de Líbano a una suerte de depresión económica, un lugar donde la reconstrucción de vidas, hogares y negocios no era posible.
“¡Si me das dinero, me voy!”, dice Mahmud, el encargado de un pequeño local de comida rápida. Reside y trabaja en Sarafand, un municipio marcado en rojo por el ejército israelí. Como muchos otros, no puede permitirse el exilio a un lugar más seguro. Asegura que desde 2024, cuando ya lo invirtieron todo en un desplazamiento forzoso anterior, no se han recuperado económicamente. Ha enviado a su mujer y a su hija a Chouf, más al norte, mientras él sigue en su lugar de trabajo, sin un solo cliente este miércoles, para poder enviarles dinero.
Israel, alejándose de su proceder en invasiones previas, se ha propuesto desalojar totalmente la zona meridional de Líbano, extendiendo el catálogo de blancos que estima válidos. Durante el martes, un ataque aéreo de Israel acabó con la vida de dos sanitarios de 16 y 23 años en la localidad de Nabatieh, situada entre los cauces del Litani y el Zahrani. El Ministerio de Sanidad del país, que contabiliza 42 empleados fallecidos a partir del 2 de marzo, ha denunciado los hechos, sosteniendo que se desplazaban “debidamente identificados con el uniforme completo y la luz de advertencia”.
Durante este miércoles, Israel ha ejecutado ataques aéreos adicionales contra los puntos de suministro de Al Amana, la organización de reparto de carburante vinculada a Hezbolá, que enfrenta sanciones de Estados Unidos desde 2020 por tal razón. Si bien el establecimiento donde abastece un gran depósito de combustible en su ambulancia no está ligado a dicha empresa, el socorrista Ali ruega que no se tomen imágenes por el riesgo de que Israel decida atacarla. “Si hubiera un Estado que protegiera las fronteras, no necesitaríamos mantener la resistencia”, menciona respecto a Hezbolá. Al montar en el transporte, manifiesta que no le preocupa fallecer si sucede resguardando su nación. “Lo que importa es que el país permanezca”, termina, mientras comienza su viaje hacia el área de la frontera.
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