Trump y Netanyahu mantienen su constante empeño en atacar
El mandatario de Estados Unidos ha iniciado el ataque que había anunciado hacia Teherán e instó a la ciudadanía a “tomar su destino en sus manos”


Por segunda vez en apenas nueve meses, Estados Unidos ha vuelto a atacar Irán. Donald Trump ha cumplido las amenazas que profería desde hace dos meses, esta vez con bombardeos conjuntos con Israel. La sensación es de un cierto déjà vu, después de la operación Martillo de Medianoche que en junio del año pasado atacó objetivos nucleares iraníes tras dar por zanjadas unilateralmente las conversaciones con Teherán.
El año pasado, el ataque estadounidense llegó por sorpresa —había convocada una nueva ronda de conversaciones indirectas entre los dos países—, después de meses en los que Trump justificó su creciente hostilidad hacia el régimen por el peligro que, según insistía, representaba el programa nuclear de la República Islámica. Esta vez, y aunque el presidente estadounidense había amenazado a Teherán casi a diario, no había habido un argumento claro que justificara por qué era necesario un bombardeo ni por qué precisamente ahora.
Lo ha manifestado con nitidez esta velada: el propósito final es provocar una transición de mando. Busca que la ciudadanía iraní se levante contra sus propios gobernantes. Ha transmitido esta idea en una grabación difundida por plataformas digitales hoy, realizada en su hogar particular, Mar-a-Lago, donde supervisa la evolución de las maniobras. Trump ha exhortado a los integrantes de la Guardia Revolucionaria a entregar su equipo bélico, a cambio de lo cual obtendrían “inmunidad”, o de lo contrario “encarar una muerte cierta”. Asimismo, ha pedido a los habitantes de Irán que “tomar el control de su destino” y se rebelen contra el sistema, en lo que “probablemente sea vuestra última oportunidad en generaciones”.
Según medios estadounidenses, la posibilidad de un descabezamiento del régimen se encontraba entre las opciones que el Pentágono había presentado a su comandante en jefe en los últimos días. Pero que lo intentaran los propios soldados estadounidenses era algo peligroso, y sin garantías de éxito. La opción elegida ha sido apostar por —e incentivar— una revuelta popular entre los iraníes.
La táctica venía telegrafiada por la propia naturaleza del descomunal despliegue estadounidense en Oriente Próximo: naval y aérea. Algo que permite una operación intensa de bombardeos, pero no un descabezamiento del régimen a lo Nicolás Maduro en Venezuela. Irán es mucho mayor y cuenta con un ejército mucho más experimentado que el del país caribeño.
Previo a la acción militar, ni Trump ni sus asesores habían ofrecido una justificación precisa ni al Congreso —el organismo que, de acuerdo con la Constitución estadounidense, tiene la potestad de autorizar acciones bélicas— ni al electorado acerca de los motivos por los cuales Estados Unidos tendría que actuar en Irán en lo que podría transformarse en una contienda extensa y violenta, bastante distante de las maniobras veloces y llamativas que el mandatario favorece. Representaba lo contrario al compromiso que él venía sosteniendo desde su incursión política en la campaña de 2016, asegurando que Washington no se vería involucrado bajo su gestión en ninguna de las “guerras eternas” que atraparon a sus tropas en Irak y Afganistán.
“La apuesta del presidente es que puede salir de esta sin coste alguno”, opinaba Nate Swanson, director del proyecto de estrategia para Irán del think tank Atlantic Council, en vísperas del ataque. “El riesgo es que esto desemboque en un conflicto mayor y más sangriento. Es una apuesta muy arriesgada para el presidente, poner en marcha esta guerra arbitraria donde Irán no tiene casi más opciones que escalar, llegados a este punto”.

El punto de inflexión en el planteamiento de Trump hacia Irán llegó en torno al 3 de enero: el día en que más de 150 aeronaves estadounidenses incursionaron en Venezuela para capturar al presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. Aquella operación, Resolución Absoluta, se saldó sin ninguna baja estadounidense y por encima de las expectativas de éxito de la Administración republicana. El propio presidente ha contado que estaba prevista una segunda operación, dando por hecho que las cosas no saldrían a la primera.
Esa proeza se añadió al saldo favorable de la ofensiva de junio, en la cual no se produjeron bajas estadounidenses: el valor del petróleo no se elevó bruscamente en ninguna ocasión. Tales desenlaces se unieron para que el presidente, sintiéndose fortalecido, se persuadiera de que las tropas estadounidenses eran invencibles.
Por otra parte, las manifestaciones urbanas en Irán reforzaban una visión que ganaba terreno en el Gobierno estadounidense durante los meses recientes: que después de la agresión de junio, los impactos sufridos por las organizaciones radicales que apoya en Oriente Próximo —Hamás en Gaza, Hezbolá en Líbano, las milicias hutíes en Yemen— junto a una economía en pleno hundimiento, Teherán pasaba por su punto de mayor vulnerabilidad en mucho tiempo y se debía actuar ante tal oportunidad.
Esta cifra ha sido la mayor concentración de músculo militar estadounidense en Oriente Próximo desde la entrada en Irak en 2003. Conforme al rotativo The Washington Post, un tercio de los navíos de combate norteamericanos desplegados por el planeta se localizan en ese punto, abarcando a los portaaviones Abraham Lincoln, presentes ya en la región, y Gerald Ford, en el Mediterráneo oriental. Contrastando con esto, el Pentágono reunió en el Caribe, durante el tiempo anterior a la aprehensión de Maduro, a poco menos del 20% de su fuerza naval disponible, integrando al propio Ford.

El interés persistente de Trump hacia Irán no es reciente. Desde 2016 ya arremetía contra el conocido JCPOA, el tratado nuclear establecido entre Teherán y las potencias mundiales, tras años de diálogos, para limitar el avance nuclear iraní. El político republicano, que definía el acuerdo como “desastre” al no incluir el armamento de misiles de Irán ni el respaldo de la República Islámica a grupos islamistas, alejó a Estados Unidos del pacto en 2018. El compromiso quedó sentenciado a su extinción, mientras Washington volvía a dictar duras penalizaciones contra el país adversario.
Su campaña de presión contra Teherán dio un salto en intensidad y en violencia en 2020. En enero de aquel año dio luz verde al atentado que mató en Bagdad a Qassem Soleimani, el jefe del batallón de elite iraní Fuerza Quds.
Durante el año previo, tras retornar a la Casa Blanca, el mandatario estadounidense remitió una misiva al líder supremo de Irán, el ayatolá Ali Jamenei, para plantearle nuevos diálogos sobre el programa nuclear de Irán. En marzo, después de una negativa inicial, Teherán aceptó los acercamientos y ambas naciones iniciaron diversos ciclos de pláticas mediadas en Omán e Italia con el fin de eludir un agravamiento. Sin embargo, en aquel tiempo —tal como sucede actualmente— las posturas de cada lado se encontraban separadas por una brecha enorme.
Trump exigía el fin absoluto de las actividades nucleares del país interlocutor, aunque los propios servicios de inteligencia estadounidenses indicaban que Irán no contaba con un programa para fabricar armamento nuclear. Por su parte, Teherán rechazaba renunciar a un programa del que asegura que solo tiene fines civiles y no busca fabricar armamento nuclear.

Transcurridos nueve meses, las conversaciones parecían hallarse en una fase idéntica. La Casa Blanca, por medio de sus delegados Steve Witkoff y Jared Kushner, exigía que Teherán se desprendiera del uranio enriquecido que posee. Igualmente, buscaba que el mandato de Jamenei restringiera su esquema de misiles balísticos —para evitar agresiones contra Israel— y cesara su apoyo a las organizaciones radicales islamistas.
Justo antes de su discurso sobre el Estado de la Unión, al empezar esta semana, diversos medios informaron que el jefe del Estado Mayor, el general Dan Caine, manifestó los peligros ante una agresión, sugiriendo prudencia. De acuerdo con dicha prensa, el principal líder militar de Estados Unidos señaló que los depósitos nacionales carecían de proyectiles suficientes para una guerra extensa, después de suministrar parte de su equipo a Ucrania y a Israel. Trump rechazaba esa afirmación de forma rotunda. “Yo soy el que toma las decisiones. Prefiero llegar a un acuerdo, pero si no lo conseguimos será un muy mal día para ese país y para su pueblo”.
“La preocupación por las actividades nucleares iraníes justifica esfuerzos diplomáticos razonables para prevenir que Irán se arme, pero no merece una acción militar costosa y arriesgada. No hay indicios de que Irán esté a punto de fabricar armas nucleares”, escribía Rosemary Kelanic, del think tank Defense Priorities, en vísperas del ataque. “Irán no ha reconstruido las instalaciones nucleares dañadas ni ha retomado el enriquecimiento de uranio. En la actualidad, la amenaza de proliferación iraní permanece remota, no inminente”.
Y agregaba: “Si un acuerdo se demuestra imposible, Estados Unidos debería alejarse de la confrontación, en vez de recurrir a la fuerza militar contra un país que no puede amenazar al territorio estadounidense”.
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