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Una escuela en Madrid para proteger la identidad de Ucrania

Más de 400 estudiantes, nacidos en España o desplazados e los últimos años, asisten cada sábado al Centro Educativo Dyvosvit mientras sus familias lidian con la guerra

La directora Nataliya Bondarenko, con un grupo de estudiantes en el Centro Educativo Dyvosvit en Madrid, el 21 de febrero de 2026.Álvaro García

En una de las salas del Instituto Luis Buñuel de Alcorcón hay un grupo de jóvenes de 14 años. Cada sábado, después de ir a clase entre semana, acuden a las nueve de la mañana al Centro Educativo Dyvosvit, una escuela para ucranios donde les enseñan cultura e historia de su país y refuerzan el ciclo educativo español, todo en su idioma. En las próximas horas recibirán clase de biología, literatura, matemáticas o cultura, pero antes, han participado en un homenaje por el cuarto aniversario de la guerra con Rusia.

Andrii, Arthur, Marta, Danyio, Yulia, Adrian y Daria nacieron en España. Vitalii, Nastya e Ivan, en Ucrania. “Somos más que amigos, somos paisanos. Nos sentimos muy bien hablando nuestro idioma, compartiendo. Somos como familia”, dice Nastya, que se trasladó a España tras el inicio de la invasión a gran escala, hace ahora cuatro años. “Yo creo que el colegio ucraniano nos ayuda a encontrar amigos y no solo para nosotros, también para nuestros familiares. Mi madre, por ejemplo, lleva 20 años en España y sigue sin hablar bien, tiene acento y hay veces que la gente se ríe. Aquí, al hablar con gente paisana, está más cómoda”, cuenta Daria.

No suelen hablar mucho de la guerra cuando están juntos porque intentan despejarse, dice Nastya, que tiene a su padre y a su hermano en Ucrania: “Aquí cada uno tiene sus problemas; que si el padre en la guerra, que si el tío, que si se le ha muerto alguien, entonces a lo mejor les duele hablar de ese tema”. Todos tienen a alguien que está o ha ido al frente, o que vive allí y sufre las consecuencias del conflicto. Para cuidarse, Nastya le pide a su madre que filtre las noticias: “Yo prefiero no enterarme porque siempre me pongo mal. Tengo bastantes familiares que fallecieron por la guerra, que están con heridas, algunos sin piernas, otros sin brazos”.

Yulia y Marta han elegido saber lo que pasa para estar más tranquilas. “Lo que hago cada día es llamar a mi abuela y preguntar qué tal va todo, porque tengo muchos familiares que están en zonas muy cerca de Rusia”, explica Yulia.

A pesar de que la mayoría nació en España se sienten ucranios. Todo tiene que ver con su país: las canciones que les cantaban de pequeños, los cuentos para dormir, la comida de todos los días, las festividades que celebran, el idioma que hablan en casa. “Mis amigos me dicen que soy español por haber nacido aquí, pero yo defiendo que soy ucraniano”, alega Arthur. Esa pertenencia es la que los empuja a volver a su país cuando pueden, prácticamente todos los años, a pesar del peligro de la guerra. Así lo cuenta Marta: “Yo vivo al lado de una base militar y normalmente intentan apuntar ahí. Es muy difícil escapar; refugiarte debajo de un edificio tampoco es una opción muy buena porque si impacta ahí, te quedas atrapado y también puedes morir”.

Una refugio para la diáspora

“La escuela ucrania en el extranjero es un lugar donde se preservan la lengua, la cultura y la memoria nacional. Mientras nuestros defensores se mantienen firmes en el frente, nosotros nos mantenemos firmes aquí, en la educación”, dice en su idioma la profesora anfitriona del acto. Son las nueve de la mañana y los alumnos se reúnen en el patio antes de entrar a las clases, en una mezcla de conversaciones en ambas lenguas. Algunos de los niños sostienen las banderas azules y amarillas del país, una de ellas firmada por soldados del frente.

Hace 19 años, Oksana Horin fundó el Centro Educativo Dyvosvit junto a otras familias de la diáspora. Según datos del Instituto Nacional de Estadísticas, de 1.646 ucranios en España en el año 2000, la inmigración elevó esa cifra hasta los 79.096 en 2008 y 112.034 en 2021. La primera ola de migrantes coincidió con el auge económico en España de 2004 a 2008, y la segunda, de 2014 a 2021, tras la anexión ilegal de Crimea y el conflicto en la región de Donbás. De los 430 estudiantes de la escuela —de entre 3 y 18 años—, alrededor de 90 son desplazados.

Nataliya Bondarenko, directora de la institución, explica que la escuela no solo sirve para mantener la identidad y reforzar la cultura, sino que permite que los alumnos desplazados por la guerra continúen con sus estudios gracias a un convenio con el Ministerio de Educación de Ucrania. Pero a pesar de ese vínculo y de las relaciones que tienen con la Embajada en España, el Ayuntamiento de Alcorcón y la Comunidad de Madrid, económicamente están solos. A veces, dice, les envían libros, pero ellos costean el traslado.

Lo mismo con el uso del instituto madrileño, donde deben pagar su consumo de electricidad y gas. Para lograrlo cada familia paga una cuota de unos 30 euros destinada a las facturas, el material de trabajo y un salario simbólico entregado a las maestras que imparten clases de forma voluntaria. Todas tienen un trabajo diferente durante la semana y el sábado lo dedican a enseñar lengua, geografía e historia cultural de su país, además de reforzar el ciclo educativo español. “Viene de corazón, cumples por ser ucraniano, porque tienes que hacer algo. Aunque estás fuera tienes que apoyar a tu país, por lo menos así, educando a los ucranianos del futuro”, sostiene la directora.

“Nuestra reunión de hoy no es solo una conmemoración. Esta es nuestra historia común, una historia de coraje, valentía y espíritu indomable. Una historia que graba nuevos nombres en sus páginas, que ni ustedes ni yo tenemos derecho a olvidar”, prosigue el acto, donde también cantan el himno nacional, hacen una colecta para enviar dinero a Ucrania y dan espacio para hablar a dos mujeres con familiares que han sufrido en el frente. Una de ellas es la profesora de cultura Miraslava Kavatsyuk, de 60 años, que perdió a su hijo mayor, Mijailo, el 30 de octubre de 2025, con 28 años recién cumplidos. “Mi hijo no falleció, a mi hijo lo mataron”, lamenta, por la explosión de una bomba en la región de Donetsk mientras servía como soldado. “Estuvo desde el 27 de febrero de 2022”, explica Kavatsyuk, quien planea viajar pronto a Ucrania para intentar que su hijo menor, de 26 años, deje el frente tras una serie de accidentes y pasos por el hospital.

Una hora después, la directora Bondarenko se sienta a su lado mientras comparten un café. “Estamos apoyando como hoy, porque los que están allá siempre necesitan algo”, dice en referencia a la recaudación de dinero. En la escuela intentan apoyarse unos a otros cuando hay algún accidente o muerte, o cuando alguna familia lo necesita. “Estamos muy cansadas, queremos que se termine ya. No estábamos preparados para que dure tanto y no se ve luz”, lamenta.

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