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Las heridas abiertas de Bucha, cuatro años después de la sangrienta ocupación rusa: “Sé quién asesinó a mi marido”

Mujeres como Victoria, Alla o Tetyana claman justicia en este suburbio de Kiev mientras siguen llorando a sus muertos o luchan por recuperarlos del cautiverio

Victoria Mayor, de 51 años, el 20 de febrero en el lugar de Bucha donde fue asesinado su marido, Oleg, en marzo de 2022 durante la ocupación rusa.Luis de Vega

La muerte, la ausencia y el duelo han echado raíces en Bucha, el suburbio de Kiev que sigue esperando justicia cuatro años después del mes largo de ocupación rusa que sufrió entre el 27 de febrero y el 31 de marzo de 2022, en los inicios de la invasión de Ucrania. Más de 500 civiles —en torno al 10% de los que se habían quedado tras estallar la guerra— fueron masacrados en esta localidad de unos 35.000 vecinos que, junto a otras de los alrededores de la capital, pagaron un alto precio al hacer de parapeto.

Todas ellas evitaron el hachazo rápido que pretendía asestar el presidente ruso, Vladímir Putin, tomando la capital ucrania durante la operación a gran escala lanzada el 24 de febrero. Pero las consecuencias fueron durísimas para sus habitantes, como reflejan los testimonios de tres mujeres entrevistadas para este reportaje.

Tetyana Popovych, de 55 años, lucha de manera incansable por la liberación de su hijo Vladislav, hoy de 33, capturado tras ser herido durante la invasión rusa de Bucha. Popovych afirma que, de los 34 civiles secuestrados en esta localidad entonces, 32 siguen cautivos. Hay, además, 22 desaparecidos.

“Rusia y Ucrania no tienen un plan de intercambio de civiles”, asume entre lágrimas, y considera una especie de castigo que, por no ser uniformados, esos hombres no supongan una prioridad para el Gobierno. Kiev retiene únicamente a prisioneros de guerra, no a civiles rusos. Por eso, las autoridades ucranias, explica ella, temen que Moscú acabe capturando a más ciudadanos de a pie —incluso en zonas ocupadas— para canjearlos por sus soldados.

Solo uno de los 34 secuestrados ha quedado en libertad, y otro falleció, según los datos que maneja esta enfermera convertida con los años en una activista que se ha desplazado incluso al extranjero. La conversación con Papallones tiene lugar en las instalaciones de un centro de ambulancias que permaneció ocupado y donde ella hace guardia. Sentada sobre una de las camas, recalca: “Aquí durmieron los rusos”.

Vladislav Popovych fue tiroteado el 2 de marzo de 2022 cuando iba a llevar alimentos para su abuela en el coche junto a Polina, la pareja de su padre, fallecido de un ataque al corazón hace un año. Su madre, que aquellos días se encontraba fuera de Bucha, insiste en que no representaban una amenaza para los rusos, apostados en una presa cercana. Fue su hijo el que la convenció entonces para que no retornara. Vladislav le hizo a su madre una videollamada en la que le mostró las columnas de humo que salían del vecino aeródromo militar de Gostomel. “No regreses. Estamos en guerra”, le pidió. Finalmente, él mismo acabó capturado tres días después de resultar herido cuando, con la pierna vendada y sobre muletas, buscaba un coche con el que pasar a zona bajo control ucranio.

En este tiempo, Tetyana Popovych ha recibido cuatro cartas manuscritas en las que reconoce la letra de Vladislav, hoy de 33 años. La primera le llegó en septiembre de 2022, seis meses después de ser escrita. La última, en septiembre de 2025. Primero fue encarcelado en Rylsk, en la región rusa de Kursk, fronteriza con Ucrania, donde asegura que apenas veía la luz del sol, sufrió atrofia muscular y era maltratado, según las indagaciones de la madre.

Meses después, Vladislav fue trasladado a otra prisión en Viazma, en la región de Smolensk, al suroeste de Moscú, donde ocupa la celda número 14. “Aquí, incluso, ha recuperado algo de peso”, agradece Popovych. “Echo de menos a Vladislav cada día, pero soy realista y creo que los civiles no saldrán hasta que no haya un acuerdo o un alto el fuego”, dice.

“Mamá, han matado a papá”

“Mi historia es la de muchos en Bucha”, suspira Alla Nechiporenko, de 53 años. En su caso, el regreso de su marido no va a ser posible. Fue asesinado. El 17 de marzo de 2022, Ruslan, entonces de 47 años y abogado de una pequeña compañía local, salió en bicicleta junto a su hijo Yura, de 14. Iban identificados con distintivos blancos a un reparto de alimentos, medicinas y combustible al Ayuntamiento.

Hasta entonces, los invasores no habían sido agresivos con ellos. De camino, un soldado ruso los interceptó en la calle Tarasivska. Mientras explicaban adónde se dirigían, el militar disparó contra el progenitor desde una decena de metros de distancia, según el relato del adolescente que rememora su madre.

Yura, hoy de 18 años, detalla seis balazos. Los dos primeros acabaron con la vida de su padre. Tras solicitar al soldado si podía acercarse al cuerpo, los dos siguientes hirieron al chaval en la mano y el brazo izquierdo. Ya en el suelo él también, el quinto disparo atravesó su capucha sin impactarle en la cabeza. Y el sexto sirvió para rematar a Ruslan, aunque su hijo cree que ya estaba muerto. Tras permanecer inmóvil durante un rato, el adolescente consiguió regresar a casa después de ser atendido antes por varios vecinos que estaban refugiados en una guardería próxima. La misma a la que él acudió de pequeño y donde trabajó su madre. “¡Mamá, nos han disparado. Han matado a papá!”, gritó.

“Sé quién asesinó a mi marido”, asevera Alla con gesto frío y sin expresar ánimo de venganza. Yura lo ha identificado gracias a las imágenes recopiladas por el SBU (los servicios secretos del Gobierno ucranio) de decenas de cámaras que grabaron lo ocurrido en la ciudad. En estos años han salido a la luz las identidades de otros militares enviados por el Kremlin a Bucha.

En su caso, el responsable, detalla la madre de Yura, es Alexander K., de 34 años, del que han obtenido fotos y al que han llegado a contactar a través de la red social rusa VK (Vkontakte). “Para mí no es un ser humano, solo merece el castigo divino”, reclama Alla. Reconoce que, “aunque no tiene muchas esperanzas” en la condena, sí le sirve de consuelo, al menos, haber hecho llorar a los jueces del Tribunal Penal Internacional (TPI) de La Haya en 2023, cuando acudió a prestar testimonio. Esta Corte mantiene abierta desde 2013 una causa general por el conflicto en Ucrania que incluye lo sucedido en Bucha.

El 18 de marzo de 2022, ante la ausencia de autoridad y para que quedara constancia de su muerte a efectos oficiales, la propia Alla documentó con su teléfono las heridas del cuerpo y el improvisado entierro de su marido en el jardín de la casa, que tuvieron que realizar en medio de disparos y explosiones. “Colocamos el cuerpo sobre una puerta de madera envuelto en una alfombra y le dimos sepultura”, recuerda. El 19 de marzo se abrió un corredor de evacuación y la familia pudo escapar.

“¿Qué quieres de mi hija?”

Victoria Mayor, profesora de infantil de 51 años, perdió en Bucha a su marido, Oleg Klimtsov. Como Ruslan y muchos otros, permaneció enterrado de forma temporal entre unos árboles delante de su apartamento. La mujer, que también perdió a su sobrino Andrii, hace de guía para el reportero mientras deambula ya caída la noche por un escenario dominado por la nieve y el hielo. “Aquí lo mataron”, señala delante del edificio, junto a un arbusto esquelético y unas casetas de chapa.

Oleg se encontraba en su coche junto a su amigo Vasil, repartiendo agua entre los vecinos. Ocurrió el 28 de marzo de 2022, con los rusos ya en retirada. Ella escuchó los disparos desde casa, en la primera planta. Pero, antes de descender, el primero que subió corriendo para dar la voz de alarma fue Lord, el perro de ambos.

Poco después de que Bucha fuera liberada, sus amigas, decididas a que no se quedara sola, le abrieron un perfil en una página de contactos. Uno de los que le envió mensajes fue Volodímir Mayor, nacido como ella en 1974, un militar que esos días estaba siendo tratado en un hospital de Kiev de las heridas sufridas tras pisar una mina en el frente. Apoyado en sus muletas, acudió al apartamento de Bucha a la primera cita, mucho más decidido que ella a comenzar una relación. “¿Qué quieres de mi hija?”, interrogó, protectora, al pretendiente Olga, de 81 años, la madre de Victoria. Por aquel entonces, Sasha, hermano de Victoria, se alistaba en el ejército como francotirador.

Victoria y Volodímir contrajeron matrimonio en el verano de 2023. Un año después, él desapareció durante una misión. Pocos días más tarde de perder el contacto con él, la esposa de Sasha, que llevaba meses indagando la desaparición de su propio marido, comprobó que el nombre de Volodímir figuraba en las listas de capturados, y advirtió de ello a su cuñada Victoria.

Volodímir fue trasladado a Siberia, en el este de Rusia, según el testimonio de un soldado liberado que, además, traía un mensaje con un deseo suyo: que su esposa lo siguiera esperando. Victoria ni siquiera lo duda. Sabe que su marido aparece en una lista de un millar de militares ucranios candidatos a ser canjeados por rusos. No quiere mostrarse exultante, pero reconoce que ya le ha comprado zapatillas y calcetines nuevos.

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