Los ucranios quieren una paz justa
Los ciudadanos de a pie no quieren que la guerra acabe a cualquier precio, tras desempeñar un papel clave en el esfuerzo de guerra


Envidia, dijo Margarita Simonián, sacerdotisa de la propaganda rusa en RT, al enterarse de la operación relámpago contra Maduro, llevada a cabo por Estados Unidos. A ella se unió un coro de adeptos del Kremlin en los medios de comunicación y en las redes. No había para menos: Washington conseguía en unas horas y sin perder un solo hombre (las demás bajas no contaban), lo que Moscú lleva ya cuatro años intentando lograr y pagando un precio altísimo. ¿Por qué no somos capaces de hacer lo mismo?, se preguntan todos ellos.
En efecto, el paseo militar con el que contaba el Kremlin al amanecer del 24 de febrero de 2022 se vio repelido no solo por un ejército ucranio mucho mejor preparado que en 2014, cuando empezó la agresión, sino por una oleada humana que se echó a las calles y carreteras para detener, con cualquier medio a su alcance, el avance de los tanques rusos que venían a liberarlos. La importancia del papel de la sociedad civil ucrania (rusófonos, judíos y tártaros, en primeras filas) en el esfuerzo de guerra para derrotar a Rusia es un fenómeno que merece ser resaltado.
Una de las facetas de esa resistencia es el orgullo del ciudadano de a pie de seguir llevando una vida lo más normal posible, a pesar de los misiles y drones que caen continuamente del cielo, a pesar de las minas con las que estos drones siembran las calles de ciudades, a pesar de condiciones de vida extremas, a menudo inhumanas. No puede extrañar que un poder acostumbrado al servilismo y a la subordinación no alcance a entender que esos “nazis” no hayan capitulado ya.
Este apoyo popular a la lucha contra la agresión choca con la mentalidad imperialista rusa, que permea todas las capas sociales y que considera a los ucranios como subalternos. En esta óptica, Ucrania no tiene más existencia que aquella que le reconoce Rusia, cual una Eva salida de la costilla de Adam. El filósofo ucranio Volódimir Yermolenko señala esa singularidad del pensamiento colonial ruso, cuando va dirigido a los eslavos del Imperio; así, mientras el colonialismo europeo no reconoce al otro, al colonizado, como igual, el postulado colonizador ruso va en sentido contrario, dice: “Eres como yo, eres yo”, por tanto, me perteneces.
Los ucranios anhelan la paz, pero no a cualquier precio. Por eso siguen luchando, mientras los líderes rusos, ellos, siguen desplegando el cinismo de su supuesta buena voluntad. Como dijo Putin al comentarista de Fox News Tucker Carlson, si los occidentales quieren la paz, que dejen de suministrar armas, “se acabará en unas semanas. Y ya está. Y entonces podremos negociar”.
En el mundo de Putin, Ucrania no existe y el poder duro de la UE es insignificante: por eso, el desenlace de la guerra que él ha desatado se juega únicamente entre Moscú y Washington. Con la misma doblez, el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, cerró el año 2025 hablando de las “negociaciones de paz” y, en particular, de la perspectiva de elecciones en Ucrania, una exigencia de Moscú. Según él, se pueden celebrar mientras duran los enfrentamientos y su organización “no debe utilizarse como pretexto para una suspensión temporal de las hostilidades con el fin de rearmar las Fuerzas Armadas de Ucrania”. Al menos la señora Simonián tiene el mérito de la claridad, cuando dice que “por mucho que se negocie con ese régimen de desgraciados, de todos modos, habrá que aniquilarlo”. Eso lo saben los ucranios y, por eso, seguirán luchando mientras puedan. No van a capitular.
La activista palestina Reem Alhajajra, que ha pasado toda su vida en campos de refugiados, señaló que "la paz no es renunciar a tus derechos, sino buscar justicia". También los ucranios sueñan con la paz, pero no a cualquier precio. Mientras siga de pie una Ucrania libre y soberana, incluso mermada de un trozo de territorio, Rusia habrá perdido la guerra.
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