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Antonio Gómez Villar, filósofo: “Ser de clase media es querer ascender individualmente”

El filósofo andaluz es autor de una trilogía sobre estratos sociales. Señala que con la precarización de la clase media occidental, caen también los derechos humanos y el derecho internacional

Antonio Gómez Villar en la cafetería del Museo Reina Sofía de Madrid, el pasado 29 de enero. INMA FLORES

Me interesa la gramática del sujeto político”, dice el filósofo Antonio Gómez Villar (Coín, Málaga, 40 años) cuando, en la cafetería Nubel del Museo Reina Sofía de Madrid, se le pide un hilo conductor en su obra. Profesor de Filosofía en la Universidad de Barcelona y codirector del festival de filosofía Barcelona Pensa, empezó con una tesis sobre el posoperaísmo italiano (con autores como Toni Negri o Franco Bifo Berardi): le interesaba su forma de conceptualizar la precariedad en el presente. Eso le llevó a seguir con estudios sobre el significado de la precariedad. Coincidiendo con su participación en Podemos y Barcelona en Comú se acercó al concepto de populismo, de donde sale Ernesto Laclau y Chantal Mouffe: populismo y hegemonía (Gedisa, 2021).

Gómez Villar habla en prosa perfectamente transcribible, y así se detiene en una trilogía en curso sobre la clase social: Los olvidados. Ficción de un proletariado reaccionario (Bellaterra, 2026), ¿Qué hacemos con la clase media? (Lengua de Trapo, 2025) y el próximo Un ecologismo del 99% (Herder). En Transformar no es cancelar (Verso, 2024) se permite ahondar en algunas de las derivas identitarias: “Tenía la impresión de que cuando se critica a las luchas, mal llamadas, culturales se corre el riesgo de tirar el agua sucia de la bañera por la ventana con el bebé dentro. Mi idea es tirar el agua sucia, sí, pero quedarnos con el bebé”.

Pregunta. ¿Qué le pasa al sujeto político de la izquierda?

Respuesta. Buena parte de los debates son resultado de un trauma histórico sin procesar: las transformaciones radicales de los años sesenta. Una parte de la izquierda sitúa en ese periodo el abandono de la lucha de clases. Las izquierdas se pluralizan, se da un auge de las nuevas identidades, de batallas culturales y simbólicas. Yo prefiero leer ese periodo como una radicalización de la lucha de clases: es una lucha transformándose a sí misma. Entonces las clases trabajadoras amplían sus horizontes existenciales y desaparece la posibilidad de pensar la totalidad social desde el obrero. Eso produce desorientaciones que perduran.

P. ¿Esa transformación la hace el proletariado o los hijos de clase media?

R. Los hijos y las hijas de la generación del new deal, de los 30 Gloriosos Años de la socialdemocracia en el marco europeo. La apertura de nuevos anhelos, deseos y expectativas fue posible gracias a las victorias materiales de la generación anterior. Más que una traición debe ser leído como una evolución y un acto de lealtad.

P. Ahora que las condiciones materiales están en retroceso, ¿surge el conflicto?

R. Existe una pulsión nostálgica de volver a pensar la emancipación desde un suelo firme, porque el sujeto se ha vuelto vaporoso, fluido. De ahí que algunos quieran volver a lo material perdido. Pero los momentos históricos en los que las luchas obreras fueron fuertes, lo fueron no porque apelaran directamente a lo material, sino porque consiguieron abrir expectativas culturales, simbólicas e identitarias. No es posible pensar una lucha “por los garbanzos” sin fricciones simbólicas o culturales.

P. ¿Cómo lograr ese suelo firme?

R. Desde un punto de vista estratégico, existen movimientos y luchas que no saben salir de su particularismo. Pero la solución no es volver a definir la clase de manera esencial, sino ver dónde se produce la lucha de clases: en la crisis climática, en una huelga del 8-M, en la vivienda, en el sindicalismo de la Nissan. La sociedad no se va a identificar hoy masivamente como clase trabajadora y sujeto del cambio.

P. La clase media. ¿Qué es? ¿Existe?

R. Es una categoría de autoidentificación. Existe en la medida en la que hay un segmento importantísimo de la población que dice pertenecer a ella. Es una clase enigmática. Si alguien dice que es clase trabajadora, es porque no posee los medios de producción. Si un empresario dice que es clase trabajadora, debemos decirle que no lo es. Pero en la clase media cualquiera puede identificarse.

P. ¿Cómo se la reconoce?

R. A través de señales que van cambiando pero que siempre responden a la misma matriz: la clase media tiene que performar, escenificar que es clase media, por el consumo, sus relaciones, trabajos, propiedades… Consiste en querer ascender individualmente, desde una lógica aspiracional. No tiene conciencia de clase: tiene conciencia de estatus. No importa la posición que ocupa en la producción, sino en el prestigio social.

P. ¿Cómo opera políticamente?

R. Parte de la izquierda ha pensado que la clase media se construye desde arriba, una utopía que los capitalistas lanzan para adormecer a la clase trabajadora. Pero se puede leer como el resultado de sus conquistas materiales. Así se produjo una individualización de las formas de vida. La clase media ha funcionado, como dice el sociólogo Emmanuel Rodríguez, como el exorcismo de la lucha de clases. Los marxistas quieren una sociedad sin clases, la clase media aspira a una sociedad casi sin clases.

P. ¿Qué está pasando ahora?

R. La crisis de las clases medias no es solo material, también de sentido, hay una herida profunda. Se ha erosionado la representación que tenía de sí misma. Quienes mejor lo están politizando son las nuevas extremas derechas. David Graeber habla de envidia moral: es el resentimiento que sentimos no solo por la riqueza o el talento de otros, sino porque sus valores son los reconocidos socialmente. Vance no solo quiere reincorporar a las clases medias en la rueda de la meritocracia, quiere restituir la dignidad política a valores homófobos, machistas y racistas, muchas veces espontáneos.

P. Es curioso que la globalización haya hecho perdedoras a las clases medias occidentales, que hoy aúpan a la nueva derecha.

R. Han sido el epicentro moral de las sociedades: el proyecto occidental se encarnaba en ellas y sobre ellas residía el estatuto de lo deseable. Con ellas caen valores universales, por hipócritas que fueran, como el derecho internacional o los derechos humanos.

P. ¿Trump es populista?

R. Laclau considera que toda ideología política es populista per se, distingue entre pueblo y élites, a veces de forma implícita, otras explícita. Recuerdo un debate electoral: Pablo Iglesias hablaba de la gente, Santiago Abascal de los españoles y Albert Rivera de los ciudadanos. Los tres apelaban al conjunto de la población, pero cada uno construía pueblo de una manera distinta.

P. Entonces Trump es populista.

R. Desde su punto de vista no sería populista, que entiende que el pueblo es un sujeto político que se construye a través de una serie de demandas. Trump y las nuevas extremas derechas sí que tienen una definición previa del pueblo, por cuestiones étnicas o de nacionalidad. Y, ojo, hay quien acusa a los populistas de izquierda de haber aportado las condiciones de posibilidad para el surgimiento de las nuevas derechas.

P. ¿Hay diferencias?

R. Una fundamental: los populismos de izquierdas entienden que hay una lucha entre el pueblo y las élites. Dicen nosotros contra ellos. Y los de derechas dicen: nosotros o ellos. Lo primero es una radicalización del conflicto que puede generar algo productivo, como el ensanchamiento de la democracia. Lo segundo es una lógica fascistoide.

P. En su libro habla sobre cómo atraer a la clase media hacia causas emancipatorias.

R. La habilidad política consistiría en detectar la pulsión emancipatoria que hay en las demandas de la clase media. Por ejemplo, la persona que lleva a sus hijos a la educación concertada lo hace en parte porque quiere ofrecerles una mejor calidad de vida en el futuro, y ahí hay una pulsión emancipatoria. Por eso apelo a Kropotkin cuando el revolucionario anarquista dice que hay que apelar a las clases medias, pero no como un sujeto dado, sino través de la “conquista del pan”, porque el pan es una necesidad universal. La vivienda es un problema que también puede aglutinarnos ahora.

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