Así fue cómo The Rolling Stones grabaron el peor disco de su carrera: “Había demasiada amargura, fue el mal final de sus adicciones”
Se cumplen 40 años de ‘Dirty Work’, el álbum que casi terminó con el grupo de Mick Jagger y Keith Richards pero, con el tiempo, acabó representando el giro que salvó y reconcilió a la banda

Cuando los Rolling Stones entraron en los estudios Pathé Marconi, en las afuera de París, para grabar su decimoctavo álbum en abril de 1985, las tensiones entre sus componentes habían llegado a su momento más sensible. Tanto que se podría decir que, en aquel momento, no existían virtualmente como banda.
Los británicos venían de entregar Undercover (publicado a finales de 1983), un disco que había vendido menos de lo esperado y con el que no hicieron gira. Con su siguiente álbum cambiaron de compañía: Dirty Work iba a ser el primer trabajo de los Stones con CBS, la misma compañía que había firmado a Mick Jagger en solitario, con el subsiguiente cabreo de Keith Richards. Este fue en aumento en cuanto comprobó que el vocalista comenzaba a dedicar más atención a su carrera individual que al grupo. En febrero de 1985, Jagger publicó su primer álbum, She’s The Boss. Pero fue peor cuando, ese verano, se produjo una pausa en las grabaciones de Dirty Work para atender otras prioridades. El 29 de junio, solo 12 días después de salir del estudio parisino, el cantante grabó junto a David Bowie el celebradísimo dueto Dancing In The Street, que alcanzó el número 1 en siete países. Y el cisma se escenificó en prime time y para el mundo entero en el concierto benéfico Live Aid, el 13 de julio. Allí, Jagger interpretó temas suyos y versiones de los Rolling Stones junto a Tina Turner. A continuación, Keith Richards y Ronnie Wood aparecieron como guitarristas de Bob Dylan.
Cuando la banda volvió al estudio, tres días después del Live Aid, la situación ya era crítica. Fue Richards quien se encargó de hacer todo el trabajo sucio frente a un Jagger ausente, tanto físicamente (muchos días no apareció en las grabaciones) como en espíritu (todo el mundo daba por hecho que estaba reservando su mejor material para el que iba a ser su segundo disco en solitario). Tanto fue así, que el guitarra cantó dos de los temas del disco. El batería Charlie Watts, sumido en sus adicciones a la heroína y el alcohol, también estaba más fuera que dentro. La banda tuvo que recurrir a varios músicos de sesión para hacer las partes de percusión, o, peor todavía, a ensamblarlas de modo electrónico. El bajista, Bill Wyman, hastiado por lo enrarecido del ambiente, también iba y venía, y más curioso fue el caso de Ron Wood, quien se estaba recuperando de su alcoholismo por aquel entonces.


Pese a ello, tocó algún bajo, la batería en un tema, el saxofón en otro y firmó cuatro de los ocho temas originales del álbum -completado por dos versiones- junto a Jagger y Richards. Años después, el segundo guitarrista del grupo confesó en una entrevista que este último detalle era muy indicativo de que el motor compositivo de la banda no funcionaba nada bien por aquel entonces. Fueron escasísimos los momentos en que los cinco componentes estuvieron juntos en el local, algo que se decidió suplir con un elenco de colaboraciones que podría haber quedado muy bien, aunque no fue el caso.
Para la producción del álbum, la banda decidió llamar a Steve Lillywhite, uno de los nombres más importantes de la gran industria en los años ochenta, y que había trabajado con U2, Peter Gabriel, Simple Minds, Siouxie & The Banshees y Ultravox, entre otros muchos. Jimmy Page, de Led Zeppelin, y Bobby Womack grabaron algunas guitarras, mientras que en los créditos figuraban haciendo coros Tom Waits, Jimmy Cliff, Patti Scialfa -de la E Street Band de Bruce Springsteen-, Kirsty MacColl y la actriz Beverly D’Angelo.

“Sí, yo produje el peor disco de los Rolling Stones”, reconoció Lillywhite en 2010, en una entrevista para la web The AV Club. “Es necesario un buen viento de cola para hacer un gran disco, y los Stones no lo tenían entonces. Había demasiada amargura. Fue el mal final de sus adicciones. Era todo un desastre, pero tuve que hacerlo. Aprendí más de ellos que ellos de mí, eso es todo lo que puedo decir de la experiencia”.
Pero aún faltaba por llegar el palo definitivo. El 12 de diciembre, cuando el disco estaba en su proceso de mezclas, Ian Stewart, su pianista, road manager y miembro fundador, falleció súbitamente por un ataque al corazón. Era casi una figura paternal para la banda, y su pérdida fue muy sensible. Aunque él no había participado en la grabación, el grupo le rindió homenaje con una pista oculta al final del álbum en la que se mostraba su pericia al teclado.
Un símbolo de la decadencia yuppie
Dirty Work fue publicado el 24 de marzo de 1986, con la dirección de arte y fotografías a cargo de la celebérrima Annie Leivobitz, quien tampoco se libró del escarnio público por su trabajo. El vinilo venía envuelto en un celofán rojo oscuro, incluía por primera vez en su trayectoria las letras de los temas en la carpeta -una imposición de la CBS- y un cómic adjunto. Todo ello encareció el precio del disco, para disgusto de muchos seguidores. Pero lo más llamativo era su portada, con un retrato con colores chillones y cada miembro del grupo posando con cara de aburrido y mirando hacia un lado diferente. Watts lo hace con sus ojos clavados en el suelo, como si estuviese verdaderamente deprimido, y Jagger parece estar intentando tirar a Richards del sofá con su pierna. Además, visten de traje, muy en la onda de la serie televisiva Corrupción en Miami, elemento estético que tampoco les hace un gran favor.

En 2005 la revista online Pitchfork la incluyó en un reportaje sobre las peores portadas de todos los tiempos. “Ninguna otra carátula llega tan lejos en su función empañar por completo la reputación de una banda asentada en el Valhalla, al tiempo que demuestra lo terriblemente mala que es la estética de los ochenta″, escribía el periodista Brent DiCrescenzo. En el significativo videoclip de One Hit (To The Body), también de línea marcadamente ochentera, el cantante y el guitarra interpretan el tema encarándose, casi a punto de pelearse.
Si nos ceñimos a la música, las críticas fueron igual de poco favorables. La revista People, por ejemplo, lo incluyó entre los peores álbumes de 1986, con frases del tipo “los peores temores de los baby boomers se hacen realidad: si los Stones suenan tan viejos y cansados, ¿qué dice eso de sus seguidores originales?”, mientras que Rolling Stone resaltó que “al igual que Gimme Shelter capturó las esperanzas desmoronadas de finales de los sesenta y principios de los setenta, este es el álbum de los Stones para la era yuppie, que define la mezquindad complaciente de mediados de los años 80″. “Literalmente no hay canciones en este álbum. Tanto, que se lanzó como sencillo una versión, Harlem Shuffle, porque no había absolutamente nada más que valiera la pena publicar en formato de 45 rpm”, decía el New Musical Express. “En el panteón de los peores álbumes de grandes músicos, pocos son tan escandalosamente malos como Dirty Work de los Rolling Stones. Según todos los indicios, es un milagro que la banda no se separara durante este tiempo, ya que la tensión interna era enorme y el álbum en sí fue recibido con burla de inmediato”, rezaba una crítica retrospectiva de la web Sputnik Music. “La sinergia cinética que definió clásicos como Let It Bleed y Sticky Fingers está completamente ausente, lo que le da al álbum una sensación excesivamente pulida y vacía, incluso para los estándares de los años ochenta. Ni siquiera una impresionante lista de invitados pudo compensar la falta de control de calidad y la palpable desconexión entre los miembros de la banda”, añadía la reseña.

En una entrevista con Rolling Stone en 1989, Mick Jagger recordaba así aquel momento: “Las relaciones eran pésimas. La salud era lamentable. Yo no estaba en muy buena forma. El resto de la banda no podía ni cruzar los Campos Elíseos, y mucho menos salir de gira. Así que tuvimos una larga y mala experiencia grabando ese disco, y lo último que quería era pasar otro año con la misma gente. Simplemente quería irme”. El hecho de que el vocalista no quisiera presentar tampoco ese disco en directo fue tomado por Keith Richards como una declaración de guerra. Tanto que definió aquella era del grupo como ‘la Tercera Guerra Mundial’. Mientras los Stones no tocaban, Mick Jagger finalizaba el segundo álbum a su nombre, Primitive Cool (publicado en 1987), y al año siguiente emprendía una gira en solitario llena de clásicos de su banda, pero con el guitarrista Joe Satriani tocando las partes de Richards. Este respondió con su primer disco individual, Talk Is Cheap. “Me resistía mucho a empezar mi carrera en solitario”, le contó al director Morgan Neville en el documental de Netflix Keith Richards: Under The Influence (2015). “Lo mío siempre han sido los Stones, pero a finales de los ochenta se dieron las circunstancias de que, obviamente, Mick y yo no íbamos a trabajar juntos durante un tiempo. Yo diría que entre 1985 y 1989 fue como la Tercera Guerra Mundial en una relación de 50 años. Claro, los hombres se pelean, los hermanos se pelean, son hermanos, pero no había señales de que los Stones fueran a reaparecer y yo estaba realmente sin rumbo”.
El resto de los componentes también dedicaron aquel período bélico a hacer cosas por su cuenta. Charlie Watts -el principal culpable, debido a su errático estado de salud, de que Jagger no quisiera salir de gira- montó su propia orquesta de jazz, Ronnie Wood salió de gira con Bo Diddley y abrió una discoteca en Florida, mientras que Wyman montó un restaurante en Londres llamado Sticky Fingers (que, por cierto, todavía existe).

Fue aquel el momento en que los Rolling Stones estuvieron más cerca de romperse, el punto más bajo en su carrera. Sin embargo, la crisis duró mucho menos de lo esperado y, en cierto modo, los revitalizó. Richards reconoció que el hecho de grabar en solitario le hizo adquirir conciencia de la difícil labor de Jagger como frontman. Tras reaparecer todos juntos al ingresar en el Salón de la Fama del Rock And Roll, los dos líderes de la banda firmaron la paz y decidieron grabar un nuevo álbum, Steel Wheels (1989), que se sigue considerando uno de sus mejores trabajos. Con él, esta vez sí, salieron de gira. En aquellos conciertos, el recuerdo a Dirty Work se limitó al rescate de sus dos sencillos. Pero la gran paradoja es que el que se ha considerado como el peor álbum de los Rolling Stones acabó por tener una trascendencia decisiva para apuntalar la longevidad de una banda que ahí sigue, a punto de cumplir 65 años en activo.
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