¿Europeos “vagos” contra estadounidenses “emprendedores”? Por qué sobreviven ciertos tópicos
El enfrentamiento entre la “vieja” Europa y los “dinámicos” Estados Unidos es un antiguo mito que la actualidad revive cada poco, pero ¿cuánto hay de real y por qué hemos llegado a considerar válidos esos lugares comunes?


Los filósofos llevan siglos reflexionando sobre ello: ¿Cuál es la esencia de Europa? Hace algunos días falleció Jürgen Habermas, que defendió que Europa es el lugar donde la democracia avanza gracias al diálogo. George Steiner, en La idea de Europa, cifró la singularidad del continente en sus distancias (a escala humana), en la existencia de cafés y en el peso de su historia, que a veces conduce a la melancolía; y Peter Sloterdijk considera que la civilización europea se caracteriza porque coloca el poder espiritual por encima del poder pasajero de la fuerza. No obstante, Internet no le da tantas vueltas: la esencia de Europa se encuentra condensada en el bigote de Roberto Conigliaro, una mata de pelo negro bajo unas gafas de sol setenteras donde caben las ideas de todos esos pensadores.
Conigliaro es uno de los miembros de Mind Enterprises, el dúo de músicos que llena salas de todo el mundo gracias a sus videos virales. Ellos son esos italianos que bailotean casi con desgana, visten ropa deportiva de los ochenta y fuman y beben Campari mientras pinchan italodisco en balcones con ropa tendida de fondo. Con su aspecto anacrónico, sus copas y sus cigarros, se han convertido en un símbolo de la despreocupación europea y protagonizan infinidad de memes: son perezosos, moderadamente autodestructivos e infinitamente cool. Muchos otros memes que circulan desde hace poco difunden estereotipos similares: el chef Anthony Bourdain se relaja al sol en la terraza de un café, suponemos que parisino, y alguien escribe que así —de tranquila— es cualquier “mañana laborable en Europa” o unos jóvenes fuman y beben en una terraza en Marbella y el comentario es que “los estadounidenses no podrían comprenderlo”.
También hay versiones menos amables. En la cuarta temporada de Succession, Gerri, una directiva americana que hace negocios con una empresa sueca, comenta: “Son europeos. Son blandos. Están apoltronados en sus redes de seguridad social y enfermos de esa manía por las vacaciones y la sanidad gratuita. Se creen vikingos, pero a nosotros nos han criado los lobos”. Aunque se trate de un diálogo de ficción, estas líneas condensan muchas de las cosas que los estadounidenses suelen reprochar a los europeos. Por supuesto, no es algo nuevo: Henry James (nacido en Nueva York y nacionalizado británico) escribió a finales del s. XIX y principios del XX varias novelas sobre el choque entre culturas, como El americano o Los embajadores, y este también ha sido siempre un tema para el cine y la televisión: un hilo conecta Un americano en París con Emily in Paris, o Vacaciones en Roma con Vicky, Cristina, Barcelona. Pero, a medida que la tensión diplomática entre Estados Unidos y la Unión Europea aumenta, el enfrentamiento de clichés y estilos de vida también se recrudece. Como casi siempre sucede en redes sociales, es muy posible que detrás del sarcasmo y de los chistes exista un programa ideológico.
Cómo nos ven
“Hoy conviven dos versiones modernas de los imaginarios clásico. Por un lado, el del europeo sofisticado, que habla idiomas, sabe historia del arte, tiene una relación lenta y ritualizada con la vida (la sobremesa, el café, el paseo, la familia y los amigos, el buen tiempo). Ese imaginario tiene prestigio especialmente entre élites culturales urbanas estadounidenses y por eso ciudades como París, Roma o Barcelona siguen siendo vistas como capitales simbólicas del buen vivir. Y, a la vez, existe una lectura más crítica, que tiene que ver con el desarrollo del sistema neoliberal. Europa como un continente envejecido, estancado en el tiempo, sin innovación. Esta visión tiene mucho que ver con el contraste entre el modelo social europeo, más garantista y burocrático, y el ideal americano de productividad y expansión”, comenta la politóloga Lilith Verstrynge.
Efectivamente, las bromas son infinitas, pero todas conducen al mismo lugar: los europeos son tan distinguidos como torpes para las finanzas. El reproche viene de lejos, porque los políticos estadounidenses todavía recuerdan los 13.000 millones de dólares que su país invirtió en la reconstrucción de Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Tal y como señala el historiador Tony Judt en Postguerra: una historia de Europa desde 1945, los americanos enseguida reconocieron que el viejo mundo volvía a ser un espacio de cultura, pero las críticas sobre la falta de flexibilidad económica también aparecieron pronto (y llegan hasta nuestros días).
La profesora Nuria Peist, del Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Barcelona, cree que ningún tópico es inocente y que, en este caso, la rivalidad entre americanos y europeos fija una división del mundo “muy estricta y poco compleja que reproduce condiciones de desigualdad y de violencia simbólica”. Peist parte de la premisa de que las ficciones no están enfrentadas a la realidad, sino que son una porción importante de ella, de manera que, aunque “los tópicos deforman la realidad, también son efectivos a la hora de confirmarla y reproducirla”. “Sucede tanto en el cine, en el arte y en los memes de internet. Lo que pasa es que los públicos cambian, las maneras de relacionarnos también, y no es lo mismo la vivencia de mi abuela cuando iba de pequeña al cine, como pasaba en la peli Cinema Paradiso, que el bombardeo de memes que recibimos cuando escroleamos”, explica.
Patricia Bolaños, ilustradora y artista madrileña que lleva más de una década trabajando en Nueva York, confirma que muchas veces se ha reconocido en algunas bromas: “Siento que he interiorizado ciertos patrones americanos en cuanto a niveles de producción laboral, especialmente siendo freelance: estar siempre disponible, contestar rápido, no desconectar nunca del todo. En sectores como la ilustración editorial, donde la inmediatez es clave, no responder a tiempo puede significar perder un encargo”, comenta. “Los americanos siguen fantaseando con una vida europea, más ahora con la situación política en USA. Lo percibo constantemente no solo en la fetichización de destinos muy concretos como la Toscana, sino en algo más estructural: la idea de una vida más amable, más bella y más accesible, porque Nueva York es una ciudad dura, sucia y carísima”.
Cómo los vemos
En La piel, la crónica de Curzio Malaparte sobre la ocupación estadounidense de Nápoles entre 1943 y 1945 —hechos de los que el escritor fue testigo privilegiado—, los soldados estadounidenses aparecen representados como grandullones confiados, casi como niños musculosos a merced de las argucias de los napolitanos. Héctor Muniente, cineasta aragonés en Nueva York y autor del documental American Greyhounds, confirma que él también se encontró con cierto optimismo ingenuo y da por buenas las caricaturas que representan a los americanos “como unos gordinflones aventureros”: “El sueño americano sigue siendo muy chocante para un europeo y es algo que tiene que ver con la ilusión, el voluntarismo y cierta idea de salir ahí afuera a hacer cosas: siguen pensando que todo es posible”.

“Discutir sobre por qué son así puede conducir a ciertos esencialismos”, continúa Muniente. “En The End of the Myth, Greg Grandin habla de que su manera de ser, su esencia tiene que ver con la expansión porque Estados Unidos se fundó así. Y a partir de ahí, se desarrolla todo el mito del colono, de la conquista del Oeste, de Interstellar o de la obsesión de Bezos y Musk por Marte... Aunque sea trágico, ese es el corazón del país y ellos siempre tendrán se acercarán al mundo desde esas coordenadas imperialistas”.
“Es verdad que en Estados Unidos es muy fácil emprender y es muy fácil fracasar”, remarca.“Aplican a todo una estrategia empresarial. Pero ahora que estamos en un momento terrible políticamente, hay algo que me gusta de la victoria de Mamdani y es lo que llaman canvassing o porteo, que no existe en España. Aquí sacaron a miles de personas llamando puerta a puerta para convencer a otros vecinos de sus ideas políticas. Eso, que se parece tanto a montar una empresa, pero desde el otro lado, es lo único que me hace optimista de este país. Sabemos todo lo que no funciona, pero luego ves ese entusiasmo en el día a día, que todavía tiene que ver con la pastoral americana y la idea de la América feliz de los cincuenta, y siento cierta envidia”.
Bolaños explica que esos “niveles de individualismo” y entusiasmo también tienen que ver mecanismos económicos concretos que obligan a que uno siempre deba cuidar de sí mismo: “Aquí es mucho más fácil que alguien se quede sin apoyo: familias desestructuradas, falta de comunidad, ausencia de una red pública sólida. Muchos de mis amigos tienen préstamos estudiantiles altísimos que saben que tardarán décadas en pagar. En ese contexto, el endeudamiento deja de percibirse como un riesgo excepcional y pasa a ser parte del funcionamiento normal de la vida, lo que también favorece una mayor predisposición a emprender”.
Para Vestrynge, la clave detrás de todas estas percepciones reside en que Europa sigue siendo un continente que no está subordinado exclusivamente al trabajo: “Los europeos defendemos ese legado como la consecuencia de años de luchas colectivas, de historia, de derechos adquiridos, de valores compartidos… Cosas que para los americanos son un claro signo de decadencia, de atraso con respecto al ritmo del mundo y de que vivimos en un lugar con mucho pasado, pero menos futuro. Cuando desde Estados Unidos se critica el rumbo equivocado de Europa se está señalando una cultura política que desconfió del poder ilimitado, de las monarquías absolutistas, de las élites, de la nobleza. La separación de poderes, el derecho, la proporcionalidad, el Estado social… todo eso es herencia ilustrada y todo eso es Europa. Es también la idea de que el progreso debe tener ciertos límites. Que no todo lo técnicamente posible es políticamente deseable y hoy lo vemos de manera muy clara, por ejemplo, en la IA”.
¿Chiste inocente o pugna ideológica?
Saliendo de la estación de Atocha es una novela publicada por el poeta estadounidense Ben Lerner en 2011. Basada en su experiencia como becario en Madrid, se sorprende por la intensidad de la vida nocturna y el uso del espacio público en la ciudad, con personas de todas las generaciones compartiendo las plazas a medianoche. También descubre lo fácil que le resulta hacer amigos (desarrolla una técnica: se queda de pie en bares abarrotados hasta que alguien piensa que él forma parte de su grupo y comienza a hablarle). El libro de Lerner es un estupendo retrato del Madrid de aquellos años y, sin embargo, también contiene algunas observaciones como las anteriores o las que tienen que ver con una supuesta carga histórica que podrían considerarse tópicas. Como recuerda Peist: “Los tópicos no están fundados en la nada, sino que son formas de organizar lo social”.
“El arte es una parte más de este proceso”, continúa la profesora. “Entendiendo que las ficciones forman parte de la realidad, no pueden ser una diversión inocua. Los cuadernos de viajes y las pinturas de los románticos estaban llenos de exotismo: lo distinto atraía porque divertía y excitaba todo lo alejado de la modernidad. Esta actitud es típica burguesa. Se mira lo raro para ser retratado y siempre es un afuera, un otro, como ya sucedía en las famosas pinturas de Brueghel del siglo XVI, que retrataban la diversión popular fuera del hogar burgués. Como pasa con el reguetón, que nos fascina y repugna a la vez, esta es una postura del todo colonial”.
Está en nuestra naturaleza: por muy conscientes que seamos de todo esto, no podemos dejar de participar en la circulación de imágenes y relatos. Y, aunque sepamos que en tiempos de rivalidad geoestratégica las diferencias se exageran, seguimos reconociéndonos en algunos de los memes que nos llegan desde Estados Unidos (y ellos harán lo propio con los que difundimos los europeos). Así que no todos los italianos son tan aficionados al Campari como los integrantes de Mind Enterprises, pero algunos sí que se parecen a ellos y, desde que se han hecho populares, otros los imitarán. Ojalá todos monten sesiones tan divertidas.
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