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La izquierda reinventa su estética del “hombre de verdad”: chaquetas Carhartt, tatuajes, rock y bares de barrio

Una nueva izquierda intenta recuperar la figura del hombre fuerte y resolutivo, en los últimos años monopolizada por la derecha. ¿Pero cuánto hay de performático y cuánto de real en esa imagen?

Bruce Springsteen, Emilio Delgado, John Fetterman, Zohran Mamdani y Gary Stevenson.Getty Images / Blanca López (Collage)

Regresan los tipos duros. Al menos, al terreno de la política y no solo a los partidos más de derechas, de los que (caballos, chuletones y simbología guerrera mediante) nunca se marcharon. Desde hace algunos años ganan presencia en espacios de izquierdas, y lo suyo no es tanto un desplazamiento ideológico como una estrategia comunicativa. Hoy muchos líderes y referentes progresistas buscan proyectar una imagen disciplinada y agresiva mediante una estética que no se desvía un milímetro de aquella masculinidad más ortodoxa o tradicional que hasta hace poco era cuestionada.

Políticos que presumen de decir “las cosas como son”, que visten ropa de trabajo (como la icónica chaqueta Carhartt Detroit), que dejan que sus músculos asomen y que sostienen que sus respectivas organizaciones se han alejado de los problemas de los obreros, centrándose en causas secundarias y cayendo en lo que algunos ensayistas afines denominan “la trampa de la diversidad”.

A quien esté al día de la actualidad política se le ocurrirá un ejemplo con nombres y apellidos: Emilio Delgado, conocido como “el Rufián de Móstoles” y que participó en un acto con este destinado a crear una gran coalición de izquierdas. “Antes la derecha estaba vinculada a las élites, a la ópera, y los campos de fútbol y los bares eran territorio de la izquierda, pero ha pasado que la derecha ha entrado en ellos porque nosotros ya no estábamos”, afirmó.

En Estados Unidos, Bruce Springsteen funciona como un termómetro para este fenómeno. Con su aspecto de recién salido de un taller mecánico y su camaradería con los miembros de la E Street Band, sus viejos temas de rock enérgico sobre trabajadores sin futuro son un cliché que los columnistas recuperan cada vez que el Partido Demócrata pierde votos entre la clase obrera, escribiendo que los progresistas han dejado de atender a los protagonistas de esas canciones. Eso, cuando el apoyo desciende entre los votantes de más edad, porque, en paralelo, otros columnistas, como Andrew Marantz de The New Yorker, llevan años preguntándose “si es posible para la izquierda disputar el voto de los bros y lamentan que no que surjan más streamers socialistas, como Hasan Piker, para contrarrestar el efecto de los influencers del universo MAGA.

En Francia, la novela Regreso a Reims de Didier Eribon, publicada en 2009, y la posterior película abrieron un debate parecido y es que allí la extrema derecha lleva tiempo imponiéndose “entre los empleados y los trabajadores manuales” y la izquierda busca fórmulas para recuperar su interés . En Reino Unido, con videos como el viral en el que Zack Polanski se queja de la falta de tiempo de los trabajadores, el Partido Verde está ganando terreno con una estética y un acento —en aquel país la glotofobia o la discriminación por acento no es una cuestión de lugar de nacimiento, sino de clase— claramente obreros. Gary Stevenson es un hooligan ilustrado (en palabras de Xavi Sancho en su entrevista para El País Semanal) que pasó de ser el “jodido mejor agente de bolsa del mundo” a “un jodido gran economista” (lo dice él mismo) y continúa ganando popularidad en su cruzada contra la desigualdad con una imagen que lo podría convertir en el tercer miembro de los Sleaford Mods.

En España, la búsqueda del voto joven masculino se está articulando en torno al barrio, que sería un territorio olvidado por los políticos convencionales donde aparecen problemas que requieren intervenciones resolutivas. Y eso remite a uno de los memes más populares en redes durante los últimos meses: el del “hombre que resuelve”. Pero, un momento, ¿qué es un hombre que resuelve? ¿Uno que arregla un grifo, te invita a cenar y sabe cambiar una rueda si tienes un pinchazo en mitad de la nada? Eso y mucho más, al menos según ciertos memes que, en tono de broma, defienden que “las mujeres prefieren a alguien con iniciativa”. Como con cada fenómeno online, todo esto podría considerarse una sátira inofensiva, un ejemplo de esencialismo de género o un caballo de Troya que terminaría conectando con “los Osados” o Arditi, unos soldados italianos de la Primera Guerra Mundial glorificados por el fascismo por su capacidad para resolver situaciones complicadas con una daga entre los dientes. ¿Qué significa que algunos nuevos líderes de izquierdas parezcan concursantes de Forjado a fuego o personajes salidos de un videojuego? ¿Deben los políticos “farmear aura” —una manera de decir “construir un estilo”— para convencer a los votantes más jóvenes? ¿Y cuál es ese estilo?

El trabajador desplazado

Aunque la analista de tendencias de The Guardian, Morwenna Ferrier, admitía que la mitad de sus usuarios son hoy hípsters, las prendas Carhartt, una marca procedente de Detroit que sigue fabricando monos de trabajo, se están convirtiendo en un símbolo de la nueva izquierda norteamericana. Por ejemplo, tal y como analizó Guillermo Arenas en ICON, Zohran Mamdani, ha transformado su chaqueta Detroit en traje de alcalde, apropiándose de un icono obrero mediante “un guiño en apariencia trivial pero cuidadosamente calculado”. Antes que él, John Fetterman ganó su puesto de senador por Pensilvania tras una campaña durante la que lució una característica sudadera con capucha o hoodie, también Carhartt. Este político ha dado importantes ruedas de prensa o ha acudido al Senado en sudadera y pantalones cortos, permitiendo que muchos hombres que visten así se identifiquen con él.

En un artículo publicado en CTXT, la antropóloga y ensayista Nuria Alabao explicaba que “los procesos de pérdida de estatus se relacionan con el apoyo a la derecha radical”. Además de responder a realidades materiales como el desempleo, el enfado de los hombres, muchas veces, tiene que ver con una crisis de identidad o un sentimiento de desarraigo. “La promesa de la igualdad meritocrática (¡estudia, sé propietario, entra en la clase media!) Funcionó durante un tiempo como sustituto de aquella pertenencia a la clase obrera, pero hoy en el capitalismo financiero esa promesa está rota: los salarios caen, la vivienda es inalcanzable y el ascenso social por mérito es cada vez más ficción”, comenta Alabao a ICON. “El agravio puede ser más cultural que material, especialmente entre jóvenes con colchón familiar. El clima general de derechización produce un nuevo sentido común en el que el resentimiento se vuelve legítimo, aunque las condiciones objetivas no lo justifiquen del todo. Los partidos lo usan en clave reaccionaria. Sentirse agraviado se ha vuelto una identidad disponible, y la manosfera la ofrece lista para usar”, continúa la autora de Ínceles, gymbros, criptobros y otras especies antifeministas. Una tesis parecida desarrollan Paula C. Chang y Andrea G. Galarreta en su libro Criptoprofetas: hipermasculinidad y nueva derecha. “Usamos el término criptoprofeta aludiendo a ciertos coach y gurús de las finanzas mesiánicos, que colocan la masculinidad en una posición muy complicada: el hombre es responsable de su precariedad”, explica Galarreta.

Todo esto explica la derechización de los hombres jóvenes, pero ¿qué tiene que ver con la estética de los nuevos líderes de izquierdas? Ellos estarían aprovechando toda esa rabia como combustible y ofreciendo una alternativa a los discursos de los gymbros y criptobros en un lenguaje con el que ese mismo público conecta. Alabao matiza la posible eficacia de esta estrategia: “El youtuber de izquierdas con aspecto de gymbro puede ser útil o puede ser un desastre, según qué diga: si el envoltorio cambia, pero el mensaje es culpabilizador y moralizante, no sirve de nada; si logra conectar la precariedad, la soledad y la masculinidad identitaria con una crítica estructural, quizás pueda abrir una puerta. El verdadero peligro no es volverse demasiado complejo para el votante, sino simplificar en la dirección equivocada: rebajar el análisis en lugar de mejorar la manera de comunicarlo. En cualquier caso, no nos va a salvar ningún influencer: tenemos un reto mucho más amplio que tiene que ver con organizarnos y generar conflictos que tienen un pie en la calle”.

Hacia quiénes se dirigen

Hace años que la realidad se mueve a remolque de la conversación online. Y el discurso en Internet está lleno de ejemplos de machismo de baja intensidad. “Está en los tutoriales de cómo hablarle a una mujer para que te respete, en los podcasts de hombres que no se disculpan, en el estoicismo neoliberalizado, en los vídeos de tipos que desayunan carne cruda… Un trend de un chico corriendo más rápido que su novia es una broma, pero también normaliza el marco competitivo en las relaciones o entre géneros y la idea de que hay que demostrar superioridad en la pareja. Y eso circula a una velocidad y con una penetración que ningún movimiento político ha logrado igualar”, lamenta Alabao.

“Existe una suerte de vuelta a las estatuas grecorromanas que muchos hombres presentan en redes, en memes, en vídeos motivacionales de fitness... Es un relato fantasioso que defiende que los hombres musculosos blancos que erigieron la civilización han de volver y que provoca verdadero terror entre hombres que podrían quedar excluidos”, comenta la filósofa Paula C. Chang. Además, defiende que las redes difunden un compendio desordenado de imágenes que mezclan a “quienes piden la baja por depresión, quienes piden subvenciones, quienes están gordos y, por tanto, son vagos” que personificarían los “lastres para esos otros hombres fuertes y musculosos que nos van a sacar de la miseria woke”.

Eduardo Sánchez, profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM, critica que desde algunas posiciones se diga que “el feminismo de los últimos años fue excesivo”. “Que la solución sea pedirle al feminismo que se modere o que se rebajen las proclamas LGTBI favorece a las élites que entienden que hay una rebelión de las masas que es necesario contener porque es peligrosa”, explica. También cree que estamos cayendo en una distorsión de lo masculino, construyendo un estereotipo tramposo de acuerdo con las narrativas online. “Se distorsiona lo que no se conoce. Gran parte de las direcciones políticas de la izquierda transformadora viven alejadas de la realidad popular, de barrios y ciudades medianas del país y una izquierda a la defensiva parece dar por buena la caricatura que la derecha construye de lo que es ser un obrero o un agricultor. Ni la clase obrera realmente existente tiene que ver con el pijo malote que aparece en los memes, ni los habitantes de las zonas rurales visten como un empresario agrícola”.

Lejos de las fantasías llenas de obreros musculosos que plantarían cara a las no menos musculosas fuerzas de la reacción, Sánchez cree que “solo hay que subirse al metro, ir en cercanías o autobuses urbanos, para darse cuenta de cómo la mayoría en ascenso de la clase trabajadora del país, es una mujer o joven que trabaja en el sector servicios, que vive en las periferias urbanas de una ciudad o en municipios pequeños pero cercanos a una capital y se mueve en transporte público”. “Al hombre blanco heterosexual como yo no nos agobia el feminismo, nos angustia llegar a final de mes”, concluye el profesor.

Chang está de acuerdo y cree que la construcción de figuras que despliegan una masculinidad clásica desde la izquierda para oponerlas a sus equivalentes de derechas, será una moda pasajera. “Toda esta dicotomía entre tipos de barrio con apariencia antintelectual o el gafapasta con semblante sesentayochista es ya una etapa superada que pone el foco en una hipotética distinción de clase. Hoy no es incompatible vivir en los suburbios con leer a los clásicos, ni vivir en una zona acomodada es garantía de solvencia cultural”, zanja, describiendo una realidad mucho más compleja que la que aparece en los memes. En cualquier caso, la Carhartt Detroit sigue combinando con casi todo.

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