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Las nuevas formas de expresar afecto, junto con los cambios en cómo se manifiesta el cariño, han transformado la manera en que se expresa el afecto.

Desde que se escribió por primera vez, el amor ha evolucionado, pero aún así, entre el romance y lo cotidiano, persiste su esencia.

Un hombre pegando globos a una pared para celebrar San Valentín en 2009.NARINDER NANU (AFP via Getty Images)

Pessoa redactó que cualquier misiva romántica resulta absurda. Raúl Zurita afirmó que el afecto es apremiante debido a nuestra finitud, si bien este comentario se ha extraviado y se ha difundido masivamente bajo una variante diferente: “toda declaración de amor es urgente”. Asimismo, en toda película de romance, la confesión constituye el momento de máxima expectación y el refugio de sentencias memorables. Resulta evidente que manifestar los sentimientos no representa únicamente un pilar del lenguaje sentimental, sino que actúa como una purificación que desahoga el estrés contenido en el cine actual y en las piezas dramáticas, por lo menos desde la época del Renacimiento. Igualmente, los giros lingüísticos empleados y la seriedad o liviandad con que se expresan facilitan el análisis de la mentalidad colectiva de cada periodo y ayudan a identificar las nociones y leyendas imperantes sobre el vínculo amoroso de aquel entonces.

Pero más allá de eso, el amor en sí mismo se vuelve un misterio que se desliza entre los gestos más silenciosos: la declaración, en sí, no basta; hay que sentirla, vivirla, y en ese silencio entre palabras, descubrir que el amor no espera permiso, solo presencia.

Esto último constituye el núcleo argumental de Cyrano de Bergerac, un clásico del teatro francés escrito por Edmond Rostand en 1897. Cyrano, soldado de gran ingenio pero acomplejado por su fealdad, está enamorado de Roxana, a quien también pretende su bello amigo Christian. Cyrano le escribe algunas cartas a Christian, que se las envía a Roxana haciéndolas pasar por propias. Roxana queda cautivada, pero, cuando comprueba que en persona él no es capaz de describir sus sentimientos con la misma elegancia que en sus supuestas cartas, le dice con sequedad: “¡Id a capturar vuestra elocuencia que ha huido!” Y le cierra la puerta en las narices. Tras varios enredos y confusiones, el destino de los personajes de Cyrano es trágico. Pero quedan en el aire las preguntas sobre si tan importante como la honestidad de un sentimiento y la densidad del deseo es la capacidad para verbalizarlos o sobre si nuestras palabras nos retratan más que nuestro aspecto o nuestros actos.

Alrededor de 2005, un siglo y algunos años más tarde del estreno de aquella obra, esas preguntas seguían siendo actuales y quienes ahora tenemos entre 30 y 40 años apurábamos las horas de chat en Messenger (entonces chatear era una acción acotada que empezaba y acababa cuando se encendía y se apagaba el ordenador) improvisando giros para transmitir nuestro amor adolescente. A distancia, las declaraciones entre dos individuos protegidos por las pantallas iban del simple “me gustas” a los discursos más alambicados. Eso sí, cuando la respuesta no era la esperada, siempre se podía escribir que “era broma” y reforzar la excusa con un XD, emoticono más pasado de moda que el amor cortés.

Un salto sin red

Dentro de esa suerte de guía sentimental millennial que es Gente normal de Sally Rooney, Connell expresa “te quiero” inicialmente a Marianne en el momento en que ella le revela un pesar profundo, y agrega: “No lo digo por decir, de verdad te quiero”. Posteriormente, él rememora que dicha declaración brotó de manera espontánea, “como cuando uno retira la mano de algo que quema”. Según sostiene el pensador Roland Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso, los “te quiero” o “te amo” constituyen expresiones lingüísticas incontenibles y fortuitas. No contienen un sentido específico o “depósito de sentido”, sino que poseen una cualidad “performativo”; es decir, en el momento de ser emitidas, tienen un impacto en la realidad (concretamente, en el vínculo entre los interlocutores). Debido a esto, no es suficiente que la réplica a un “te quiero” consista en un mero “yo también” o en términos genéricos, ya que el encantamiento únicamente surte efecto si, de regreso y con la mayor brevedad, se obtiene un “yo también te quiero” o una señal física.

“Me parece muy interesante cómo el te quiero se desvaloriza y pierde su carga en el momento que se enuncia. Pasamos de darle muchísima importancia a integrarlo y naturalizarlo en el lenguaje con el otro. Somos nosotros los que otorgamos tantísimo poder a la expresión”, observa la ensayista e investigadora Andrea Proenza, autora de Cartografías del deseo amoroso (ediciones en el mar, 2025). Además del habitual pánico al rechazo, Proenza detecta dos miedos contemporáneos más entre quienes sopesan si declararse o no. Por un lado, hay quien teme que sus palabras generen determinadas expectativas y se interpreten como una formalización del vínculo o un deseo de oficializar la relación, en lugar de una simple expresión de gozo. Por otro, siempre existe un recelo paradójico a que, si acabamos consiguiendo aquello que deseamos, entonces dejemos de desearlo y se rompa la fantasía.

“Es muy difícil vivir el te quiero en el momento presente sin asociación a otras cosas”, comenta la autora. “Eso nos lleva a pensar si no sería más interesante que cada cual buscara sus propias fórmulas. De hecho, en las relaciones de cualquier tipo se forma un microcosmos de lenguaje que termina por emanar mucho más afecto”, continúa. La poeta y filóloga María Limón está de acuerdo y añade un cuarto riesgo, que se suma al miedo al rechazo, al compromiso y al desenamoramiento: “Experimentamos cierta aversión a decir algunas cosas por primera vez en contextos románticos porque nos muestra vulnerables. Al decir ciertas palabras nos mostramos transparentes y entregamos un poder que quizá no queremos que tengan sobre nosotros; además, su uso no implica necesariamente que luego vaya a haber un cuidado, un trato, o que ese sentimiento se entienda de la misma manera”.

Con todo, el también poeta y filólogo Jesús Pacheco, de 26 años, sí que está a favor de las declaraciones de amor, aunque propone una estrategia para el control de daños: “Declararse es una forma de constatar, de definir y de delimitar. Estoy a favor de ellas siempre y cuando se hagan con la certeza de la correspondencia (para ello, preguntaría a amigas o amigos, porque muchas veces quien se declara no lo ve claro o, por el contrario, lo ve demasiado claro cuando no lo es). El mayor riesgo que al declararse está en la ruptura total de la relación, la pérdida de una amistad tras el salto al abismo para quedarse en nada, en menos de lo que había antes”, advierte.

Esta forma de declararse sobre seguro tal vez no encaja del todo en el guion que hemos asimilado, puesto que para que el mito del amor romántico aparezca completo, debe existir incertidumbre hasta el último momento. De hecho, en Usos amorosos de la postguerra española (Anagrama, 1987), Carmen Martín Gaite explica que la declaración de amor, que ningún hombre podía evitar, significaba someterse a una especie de examen donde a uno le podían suspender. Además, añade la escritora, “el derecho a decir que no, o que todavía no, o que quizá-quizá-quizá era la mayor manifestación de libertad y rebeldía, la única situación donde la chica de postguerra, sin sentir la condena de la sociedad, podía tener la sartén por el mango, inventar algo, dar rienda suelta a su sed de aventura”.

De los requiebros al hardballing

Dentro del espectro que abarca desde la ornamentación barroca hasta la claridad más descarnada, el requiebro representaría el punto máximo de la destreza, en tanto que el hardballing se ubicaría en el de la franqueza prácticamente despiadada. Baltasar Gracián redactó durante el s. XVII que “la verdad, cuanto más dificultosa, es más agradable” y la disciplina del requiebro supuso el empleo de dicho precepto en el ámbito de la seducción. Por otra parte, el hardballing constituye un método frecuente en las apps de citas que se basa en manifestar con total claridad desde el inicio las expectativas sentimentales para evitar demoras innecesarias, quebrando así la dinámica clásica del galanteo.

Si para hablar de declaraciones de amor es importante mencionar el teatro barroco es porque, en muchas ocasiones, las confesiones románticas y su codificación son el principal combustible para sus tramas y para sus alardes expresivos. “El miedo al rechazo es, en realidad, el mejor amigo de la literatura de aquella época”, explica Félix Blanco, profesor de la Universidad de Valladolid y especialista en Lope de Vega. “Lo que subyace en muchas obras, sobre todo en la tragedia calderoniana pero también en la comedia lopesca, es que la declaración de amor es un salto al vacío. El miedo al rechazo es lo que paraliza al personaje y lo que hace que la obra se dilate. Si se declarasen en la primera escena, no habría obra. Ese miedo al rechazo es el motor de la acción y, a la vez, lo que permite que el lenguaje poético se desarrolle. Porque, al no poder decir te quiero de manera directa, tienen que buscar rodeos, metáforas y juegos de palabras y ahí es donde surge la belleza literaria del Siglo de Oro”, continúa.

Ante este panorama tan enrevesado, el hardballing de hoy busca hablar con total transparencia. Mientras que plataformas tales como Tinder, Grindr o Bumble han impulsado vínculos veloces, múltiples y pasajeros, el hardballing se decanta por manifestar de entrada tus intenciones y lo que esperas del otro individuo con el fin de aprovechar mejor el tiempo y evitar que aparezcan ilusiones falsas en los involucrados. “Estoy totalmente en contra de que el lenguaje empresarial colonice los afectos y que todo pase a medirse en forma de eficiencia. Son muchas las tendencias que están surgiendo en esta línea como el hardballing o el intentional dating”, señala Proenza. “Todo debe hacerse con intención, saber lo que quieres y comunicarlo para que ni tú ni la otra persona perdáis el tiempo, y nada rompa con tu armonía. Para mí, eso es el wellness del amor. Termina por tener un enfoque muy individualista en el que se busca el beneficio propio”, expresa con pesar.

Decir lo imposible

Barthes señala una paradoja en la declaración: cuanto más se intenta nombrar la singularidad del deseo por el otro, más se cae en palabras vacías o estereotipos. Esta insuficiencia es un límite universal: el lenguaje no basta para expresar la fascinación que produce el objeto amado y no es necesario ser filósofo para haber experimentado algo así (de ahí viene la expresión “me quedo sin palabras”).

Ante esta ausencia de palabras, muchas veces el silencio resulta más significativo que un discurso lleno de clichés. Otras llega impuesto por alguna circunstancia externa que, además de los miedos íntimos, impide que el amor sea declarado o provoca una declaración velada. Es lo que ocurre en Call me by your name, la película de Luca Guadagnino donde Elio (Timothée Chalamet) dice: “Si supieras lo poco que sé de las cosas que importan” y Oliver (Armie Hammer) le pregunta a qué se refiere. Cuando Elio responde: “Sabes perfectamente a qué cosas me refiero”, Oliver lo entiende de inmediato y le advierte que no deberían hablar de esas cosas, reconociendo, en realidad, el deseo mutuo que sienten.

“Al principio el te quiero estaba especialmente reservado para la pareja. Y no cualquier tipo de pareja, sino la tradicionalmente aceptada: la heterosexual. Por lo tanto, que personas a las que históricamente no se les ha permitido estar juntas se dijeran te quiero era algo muy revolucionario, porque estaban participando de los guiones del amor romántico”, explica Proenza. “Luego es una fórmula que se ha ido extendiendo a otras formas de vínculos, como las amistades, pero creo que solo vamos moviendo poco a poco el límite de algo muy acotado”, continúa.

Afortunadamente, hoy estamos acostumbrados a leer y escuchar declaraciones de amor de las formas más diversas. El abanico se ha ampliado, también en cuanto a la forma. Por eso, no hay un consejo único que se pueda dar para abordar ese momento, aunque, como señala Jesús Pacheco, lo más divertido es intentarlo con gracia, recuperando el espíritu del barroco: “Si ya has dado el paso y las consecuencias, en caso de negativa, serán las mismas, ¿por qué no haces el intento de nombrar lo inefable? Las mejores metáforas pueden brotar ahí, en el nervio, la ilusión y el miedo”.

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