Guía para ‘cantamañanas’ con miedo a volar: “El avión no se cae por una turbulencia”
Con un algoritmo desbocado, prodigando misteriosos accidentes en el aire y aeronaves intentando aterrizar con viento cruzado, solo encuentro paz en el piloto Ramon Vallès: sus explicaciones son un bálsamo para miedicas

¿Miedo a volar? Aquí, presente. Pero pavor nivel atea santiguándose —por si acaso— antes de despegar, Trankimazin en el bolsillo y estudio meteorológico previo de la ruta para pronosticar a ojo de mal cubero el nivel de turbulencia esperable. Estamos ahí.
Y el algoritmo, que todo lo sabe, anda últimamente jugando a alimentar el trauma. Therians aparte, el TikTok se me ha quedado con un scroll infinito de misteriosos accidentes en el aire, despresurizaciones de cabina y aeronaves intentando aterrizar con viento cruzado y baja visibilidad. Gasolina para mi drama.
Decía el escritor Arturo Pérez Reverte hace unos días en una entrevista a Papallones que, una vez, en un vuelo a Beirut, cayó un rayo sobre el avión y “todo el mundo” —menos él, se presume— gritó. “Y me dije, hostia, voy a morir rodeado de cantamañanas que no saben que los aviones se caen. La cultura sirve para no gritar cuando se cae el avión. Saberlo te da serenidad”, reflexionaba el académico.
Confieso que estoy en el grupo de los “cantamañanas”. La cantamañanas en cap, probablemente. Demasiada poca cultura (lamentablemente) y cero unidades de guerras a mis espaldas, supongo, para tener la “serenidad” de Pérez Reverte ante tal situación. Yo grito. Y lloro. Y pierdo la compostura toda. Que no le quepa duda a nadie.
De hecho, no me hace falta que se caiga el avión para perder los papeles. Puedo gritar y acabar de los nervios por mucho menos. Al cruzar la puerta de embarque, mismamente.
El miedo es libre. Y el algoritmo, puñetero, lo alimenta.
Menos mal que en esa pocilga de aerofobia en la que se han convertido mis redes hay destellos de sosiego, como los vídeos del elocuente piloto catalán Ramon Vallès. Convertido ya en un fenómeno viral, con cientos de miles de seguidores y cameos habituales por los medios, sus explicaciones sobre el funcionamiento de un avión y los protocolos de seguridad para volar son un bálsamo para los miedicas.
Dicharachero y mordaz, como en sus vídeos, el piloto atiende por teléfono a este diario en la víspera de su 60 cumpleaños desde Andorra, donde ha ido a dar una conferencia. Le gusta comunicar, dice, y la gente quiere saber de aviones. Se lo piden. Y él responde feliz. “La aviación es un mundo desconocido. Desde el 11-S, el comandante y el copiloto están en una jaula blindada, aislados del mundo. Yo he querido sacar ese mundo blindado a la luz: pretendo que el pasajero coja confianza en nuestro sistema de trabajo”, cuenta.
Vallès dedica buena parte de su tiempo libre a las redes, a responder a sus seguidores, a contar los entresijos de la aviación y también a desmontar bulos. Como esa supuesta conversación que circula entre un comandante y un controlador aéreo: el piloto pide permiso para aterrizar urgentemente porque un niño se ha atragantado y corre peligro de muerte, pero el controlador se lo niega alegando que esa pista está reservada para el avión del presidente de EE UU. “Eso es mentira, no hay por dónde cogerlo. Una emergencia médica es una emergencia. Solo podría no aterrizar si en esa pista hubiera otro avión y fuera a causar un daño mayor que el que pretendo solucionar”, responde tajante.
El piloto catalán imprime confianza en cada palabra. Entiende lo limitante e irracional que puede ser el miedo a volar, pero reivindica la extrema seguridad con la que trabajan y el altísimo entrenamiento de los pilotos. Habla seguro y sin remilgos. Y apela al sentido común para calmar los recelos.
Primer consejo: “No mires vídeos de accidentes antes de coger un avión, por favor”. Toda la razón. “Procura tener pensamientos positivos cuando te subas al avión y deja que yo haga mi trabajo”, prosigue.
Aconseja distraer la cabeza leyendo, tomando notas o charlando. Y, si no queda otro remedio, también con calmantes. “Pero cuidadín con pasarse de vueltas”, avisa. “Ojo con el grado de dopaje porque si surgiera una situación de emergencia donde llegáramos a la situación extrema de tener que evacuar el avión después de aterrizar, una persona que no está en sus plenitudes físicas o psíquicas, se puede quedar en el avión y morir quemada o intoxicada. Así que, vale, te relajas un poquito, pero no te pases, a ver si vas a acabar siendo un saco de patatas en lugar de un pasajero”, anota.
En casi tres décadas volando le ha pasado de todo. Y ha tenido que activar “unas cuantas veces” el ¡Mayday! Por emergencias médicas y técnicas, sí, pero están entrenados para solventar esa clase de situaciones, insiste: “Los pilotos nos anticipamos a todo, vamos por delante de todo”.
Sobre las turbulencias, esas sacudidas en el aire que menean el avión y desestabilizan el ánimo del pasaje hasta hacer gritar a cualquier cantamañanas a bordo, Vallès rebaja el espanto: “El avión no se cae por una turbulencia. Las turbulencias muy fuertes solo causan daño a los pasajeros que no van abrochados. Es física pura: como consecuencia de la turbulencia, el avión baja súbitamente, el pasajero se va contra el techo, se estampa la crisma, se abre la cabeza y hay que evacuarlo para que no se desangre”. Pero una turbulencia, por sí sola, no desvía un vuelo, insiste.
El piloto pide “confianza” en su buen hacer. “El avión hace lo que yo le digo que haga”, recuerda. Y eso consuela, francamente. Probablemente no cura a un cantamañanas con miedo a volar, pero alivia.
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