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La teoría del Gran Reemplazo se viene abajo en un aparcamiento de Jumilla.

Mientras la ultraderecha agita la conspiración contra el islam, en un pueblo de Murcia 1.500 musulmanes acaban de renunciar a una cuestión identitaria fundamental: un lugar fijo donde rezar

Musulmanes de Jumilla rezan en el aparcamiento de la piscina municipal, el pasado viernes. Alfonso Durán

Todavía no había amanecido y Moha y su grupo ya tenían una misión: tratar de que nadie en el pueblo se diera cuenta de que en dos baños públicos habían orinado 1.500 musulmanes. Y echaban cubetazos en los aseos con otra complicación extra: que sus padres no vieran una mancha en sus túnicas blancas recién estrenadas para el rezo del fin del Ramadán. Como si nunca hubieran estado allí, porque no saben si podrán volver a hacerlo.

Cuando el escritor francés Renaud Camus elaboró la teoría conspiranoica del Gran Reemplazo, según la cual la población blanca europea está siendo sustituida deliberadamente por islamistas radicales y negros, seguramente no pensaba en Jumilla. En este municipio vitivinícola, a los pies de la Sierra del Carche, de 27.600 habitantes, que vive de las viñas, pero también de lo que una masa de jornaleros pobres cosecha de los campos de Hellín y Cieza, hay una comunidad musulmana que supone el 5% de su censo que acaba de renunciar a una cuestión identitaria fundamental: un lugar donde rezar tranquilos.

La oración por el fin del ayuno prevista para este viernes, que supone una de las dos grandes festividades religiosas, además de la Fiesta del Cordero, ni siquiera estaba segura a principios de esta semana. El misterio en torno al lugar por parte del consistorio, cediendo un rincón improvisado, y comunicado a última hora a los suyos, supuso un reflejo de un temor nuevo para esta población: si exhibir su fe los pondría de nuevo en riesgo. “Lo único que no queremos son más problemas”, apuntaba Amina de camino con su hija a la ceremonia.

La comunidad islámica de Jumilla ha terminado realizando el acto en el estacionamiento de la piscina municipal, y las mujeres junto a los niños, ante la entrada del garaje de la patrulla canina de la Policía Local. “No nos gusta, claro. No es un sitio para rezar, no está limpio. Pero es lo único que nos han dejado”, lamentaba este viernes Fátima Chakour, desde el salón de su vivienda donde sí consiguió seguir con la conmemoración de esta fecha que asemeja a “la Navidad para los católicos”.

Por su parte, desde el consistorio aseguran a este diario: “Nos dejaron claro que no les importaba el lugar donde celebrar el rezo, solo querían que colaborásemos y lo pudieran hacer con normalidad”.

Lejos de las cámaras de la televisión nacional y sin agitadores promoviendo persecuciones contra la población magrebí, la extrema derecha ha materializado este viernes una victoria de la retórica islamófoba que agitó a España durante el estío anterior. Prescindiendo de acciones en plataformas digitales o de recientes disposiciones controvertidas en los Plenos locales, el colectivo musulmán al completo de la localidad murciana de Jumilla (27.600 habitantes) ha aceptado que sus oraciones habituales ya no serán posibles. Desconocen incluso si contarán con ese recinto en el plazo de dos meses, con motivo de la celebración de la fiesta del Cordero.

A finales de julio, una moción de Vox (aceptada y enmendada por el PP a cambio de aprobar los presupuestos), que llevaba todo el verano calentando el debate xenófobo en España, aterrizó como un meteorito en el centro del pueblo. Como había sucedido hacía un mes en Torre Pacheco, también en Murcia. Una medida que les impedía celebrar sus dos grandes fiestas religiosas en el polideportivo. Una propuesta que ni siquiera había planteado antes el Ayuntamiento, ni demandado el pueblo, de repente convirtió a la localidad en el nuevo foco del odio al islam en el país.

“Vamos a priorizar nuestras tradiciones y nuestra identidad”, manifestaba la alcaldesa, del PP, Severa González durante un encuentro con este medio en el transcurso del debate de agosto. Y apoyándose en ese argumento poco claro, en una población presidida por una fortaleza de raíces árabes, centenares de ciudadanos han experimentado restricciones parciales en su libertad religiosa. Una medida que recurrió la Abogacía del Estado la cual fue denegada por una instancia judicial de Murcia en noviembre, y que actualmente se halla paralizada.

La administración municipal dispuso de varios meses para modificar la normativa y formalizar legalmente el veto. Sin embargo, no procedieron, de acuerdo con lo que informantes del Gobierno local han confirmado a esta publicación. Y no resultó necesario. La sombra de los disturbios en Torre Pacheco junto al progreso de la retórica mundial frente al islam amenaza cada hogar musulmán en localidades rurales como esta.

“En el Gobierno podrían haberlo hecho como siempre, en el polideportivo. Pero no quieren tener problemas con Vox”, denuncia la exalcaldesa del PSOE, Juana Guardiola, presente en el rezo. “Me ha emocionado y he sentido vergüenza de ver que no pudieran realizar su rezo en mejores condiciones, porque no hay ningún motivo; en todas las poblaciones cercanas se están haciendo, ¿por qué en Jumilla no? Se les ha negado”, declaraba al finalizar el acto Guardiola.

Un hombre vestido de blanco y sonriente vigilaba cada esquina del aparcamiento donde se preparaban para rezar cientos de musulmanes.“Todo tiene que estar limpio, pero en un sitio así no es tan fácil”, señalaba Mohamed Chakour, vicepresidente de la comunidad islámica de Jumilla y fundador de su mezquita principal en el año 94, cuando muchos como él, inmigrantes marroquíes, tenían que viajar hasta Alicante para encontrar una cercana.

La población restante de Jumilla seguía ignorando una controversia que siempre procedió de otros lugares. Varios ciudadanos curiosos daban miradas furtivas al cruzar la calzada hacia un rito que veían por vez primera en su villa, aun cuando se festejaba allí desde hace más de un decenio. “¿Si esta gente paga sus impuestos como nosotros por qué no van a poder pedir un espacio como el resto?”, relataba un asiduo en un local de café de las inmediaciones. “Yo la verdad es que no entiendo por qué tanto escándalo por eso”, indicaba otra persona que conoció por la prensa del pasado estío que dicha conmemoración se desarrollaba en su localidad desde hacía tanto tiempo.

El nuevo espacio al aire libre y abierto, encajado en un rincón entre una de las principales avenidas de Jumilla y una de las calles que suben al centro, lo ha hecho más visible que nunca. Y mucho más expuesto. Pese a los miedos de algunos musulmanes como Fátima, que reconoce haber pasado la mañana mirando a cada esquina, un agente de la Policía Local tenía otra preocupación en mente: “Esperemos que no llueva, porque entonces no sé qué va a hacer toda esta gente”.

—¿Y hay previsto un plan b?

—Que su Dios y el nuestro se pongan de acuerdo.

Hacia las 8.46, tras arrancar un sermón similar a una misa, ante una multitud hincada en sus alfombras, un joven con acento murciano tomaba el micrófono: “Nuestra presencia en España requiere responsabilidad. Este país nos ha acogido y debemos responder con fidelidad y dar a conocer el islam a través de nuestro comportamiento”. Una trabajadora social del municipio, Fina Molina, explicaba que ese adolescente era realmente jumillano: “Ese es el problema, que ni siquiera se sienten como nosotros, como si no tuvieran los mismos derechos”.

De pronto, la hipótesis conspirativa del Gran Reemplazo que promueven los círculos de poder globales, también recientemente desde Madrid, impactaba de forma discreta en una zona de aparcamiento de Jumilla.

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