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Jimbocho: entre libros, cafés y guitarras en el barrio más ‘cool’ de Tokio y del mundo

El hilo conductor de los paseos por esta zona de la ciudad japonesa son sus más de 180 librerías y otros negocios vinculados a la escritura. Un paraíso literario y librero en el que también hay curiosos locales para comer o tomar algo

Estantería con libros de segunda mano de la librería Yaguchi, en Jimbocho (Tokio).Fumiaki Hayashi

Jimbocho, un barrio de Tokio que hasta hace poco pronunciaban solo los iniciados, suena ahora por todas partes. La revista Time Out lo ha señalado recientemente como el barrio más cool del mundo en 2025, y eso lo ha hecho célebre. Aun así, conviene no asustarse: Jimbocho funciona tanto para quienes persiguen con ahínco estar al día como para quienes desconfían de los listados de moda y prefieren pasear a su aire.

El hilo conductor de los paseos por este barrio son sus más de 180 librerías, muchas de segunda mano, que con frecuencia exponen sus fondos en la calle, convirtiendo la zona en una suerte de feria del libro a cielo abierto, que se materializa especialmente a finales de octubre, cuando tiene lugar el festival del libros de segunda mano de Kanda (Kanda Used Book Festival), que celebró su 65ª edición el año pasado. Por eso no ha de extrañarnos que el escritor japonés Satoshi Yagisawa situara en Jimbocho su novela Mis días en la librería Morisaki (2023), traducida a más de veinte lenguas, incluido el castellano.

La densidad de librerías usadas, editoriales y negocios vinculados a la escritura no es casual: la cercanía de varias universidades desde la era Meiji convirtió el barrio en un ecosistema donde el libro es la herramienta cotidiana. Queda la pregunta inevitable para quienes no leen japonés: ¿qué podemos encontrar en ellas? Bastante: el diseño de los libros japoneses es de una belleza tal que es fácil caer en la tentación y adquirir algún material gráfico, o esos carteles de cine japonés de hace décadas que parecen susurrar un “cómprame” insistente.

En el barrio esperan, entre otras, Kitazawa Shoten, especializada en libros en lenguas extranjeras; Bohemians Guild, con su espléndido fondo de artes visuales; Yumeno Shoten, especializada en manga; y Anegawa Nyankodo, que muestra con orgullo su amplia selección de libros, calendarios y objetos relacionados con los gatos. Hasta una librería italiana, la Italia Shobo, se ha atrevido a abrir sus puertas en el barrio, confiando en el cosmopolitismo de sus paseantes. Todo esto ocurre en torno a Yasukuni-dori, la avenida principal, donde desembocan la mayoría de las salidas del metro que da nombre al barrio.

Un distrito de bibliófilos no puede vivir solo de tinta. Jimbocho lo sabe y responde con cafés a la altura. Milonga Nueva es uno de ellos: allí suena tango en unos viejos altavoces de altísima fidelidad y se escucha en serio. Como en tantos cafés tradicionales japoneses de aire retro —conocidos como kissaten—, la consigna es sencilla: atender a la música o charlar en voz baja. Los grupos con avidez de risotada harán mejor en buscar otro destino. Big Boy, diminuto y dedicado al jazz, funciona casi como una sala de escucha privada: vinilos, whiskies locales y una pareja encantadora que se esmera en recibir a sus clientes. Kazuma Coffee Shop, por su parte, lleva la idea de café a la europea hasta el límite japonés: bajando unas escaleras encontramos un local que no escatima en humo de cigarrillos, cafeteras de filtro diminutas, porcelana inglesa y una espuma para el café crème que trabajan a mano.

Si no regresamos con un libro en japonés, es bastante probable que acabemos con un grabado ukiyo-e en la maleta. Estas estampas, propias de la era Edo (siglos XVII al XIX), se realizaban a partir de planchas de madera y se han convertido en iconos de Japón, en buena medida gracias a la omnipresente Gran ola de Hokusai, que ha terminado por eclipsar a muchas de las demás. Para hacerse con una basta con visitar las galerías de arte Fifty Gallery y Yamada, ambas situadas en un mismo edificio. Ofrecen impresiones de buena calidad a precios sorprendentemente razonables —3.000 yenes, unos 16 euros al cambio actual— e incluso pequeñas xilografías originales por el equivalente a tres o cuatro euros.

Jimbocho cuenta también con su hotel temático, el Book Hotel Jimbocho: en el vestíbulo tiene biblioteca y sus 32 habitaciones están decoradas con ilustraciones originales de artistas contemporáneos.

Por su parte, los viejos rockeros, o quienes pretendan serlo, tienen su punto de encuentro en la llamada Guitar Street o Meidai-dori, de camino a la parada de metro Ochanomizu. Allí se agrupan las tiendas de guitarras eléctricas de la ciudad, donde marcas como Fender, Gibson o Rickenbacker hacen las delicias de los aficionados, pues se encuentran a muy buen precio y pueden probarse en locales como Big Boss o Kurosawa Music. En algunos también se encuentran guitarras de segunda mano, instrumentos de viento o artefactos electrónicos tan extravagantes como el autóctono otamatone, un pequeño instrumento eléctrico y un regalo ideal para niños o adultos con ganas de experimentar con el sonido.

El amor por los libros arrastra, inevitablemente, el interés por el papel y la ilustración. Para quien quiera iniciarse en la caligrafía tradicional sumi-e o garabatear en un cuaderno de viaje, la papelería Bumpodo es parada obligatoria. Abierta desde 1887, en plena era Meiji, nació cuando Japón empezaba a abrirse al mundo y crecía la demanda de materiales artísticos ligados a la modernización educativa; por eso se especializó en pintura al óleo y materiales para artistas. El edificio de 1922 en el que se encuentra, de estilo occidental y con estructura de hormigón, sobrevivió al gran terremoto de 1923. Hoy son tres plantas de materiales y, arriba del todo, un café con galería donde uno puede sentarse a dibujar o descansar del ajetreo del barrio.

Si nos entra hambre tras el paseo, Tokio nunca falla, y Jimbocho menos todavía. En la calle Suzuran, un local diminuto sirve tempuras de marisco y verduras fritas ante los ojos del comensal: tan legendarias son que la fila en la puerta es moneda corriente. Su nombre es Tempura Hachimaki y es reconocible, además de por estar siempre concurrido, por la fotografía antigua de su interior que adorna la entrada. A pocos metros, el restaurante chino Yosuko Saikan propone unos fideos fríos con verduras (hiyashi chuka) dispuestos en forma de monte Fuji, por si hiciera falta recordar en qué país estamos.

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