Descubriendo Kochi, la ciudad más fascinante del Estado de Kerala, entre arte contemporáneo, cafés y monumentos
Las sedes de la bienal de arte contemporáneo trazan una ruta por los barrios de Fort Kochi y Mattancherry para conocer el edificio europeo y la sinagoga más antiguos de la India, probar delicioso curri y ver un espectáculo de danza Kathakali

Kochi, conocida hasta años recientes por el legendario nombre de Cochín y más que probable emplazamiento de Muziris —el floreciente puerto de la costa malabar en los primeros siglos de nuestra era—, es hoy la ciudad más fascinante del Estado indio de Kerala y una de las más atractivas para el viajero.
Y es así porque al legado de las diferentes potencias coloniales que dominaron la ciudad —plasmado en las iglesias portuguesas más antiguas de la India, viejos palacios holandeses o ruinosas mansiones del Raj británico—, y al de las distintas culturas que aportaron navegantes chinos y árabes y refugiados judíos, se añaden sus encantadores hoteles boutique, los cafés-galerías de arte y los restaurantes donde probar la deliciosa gastronomía keralí.
Además, Kochi disfruta de una intensa vida cultural que se manifiesta en los espectáculos de las autóctonas danza Kathakali o de la lucha Kalaripayattu, en las exposiciones y conciertos y, sobre todo, en la Bienal de Arte Contemporáneo más prestigiosa del sur de Asia, que celebra hasta el próximo 31 de marzo su sexta edición. Y todo esto sucede en el ambiente relajado de unas calles que ostentan una limpieza a años luz de otras ciudades del país.
Cuando el viajero habla de este lugar, en realidad, se refiere a los barrios históricos de Kochi Fort y Mattancherry, sobre un estuario entre el océano Índico y unas lagunas y comunicados por puentes y autovías con el distrito industrial e importante nudo de comunicaciones de Ernakulam, aunque este último con nulo interés turístico. Y es en estas dos zonas adyacentes donde se sitúan la treintena de sedes que acogen las exposiciones y eventos de la bienal, excepto el Durbar Hall en Ernakulam, la tierra firme de la ciudad, y el Island Warehouse, en la contigua isla de Willingdon. La bienal de este año cuenta con obras y performances de artistas internacionales como Marina Abramović, Ibrahim Mahama, Nari Ward, Otobong Nkanga, Adrián Villar Rojas o Tracey Emin y los indios Gulam Mohammed Sheikh, Gieve Patel, Biraaj Dodiya o Bhasha Chakrabarti.
Para muchos viajeros, la visita a Kochi empieza en el mismo aeropuerto, el primero en el mundo en operar en su totalidad con energía solar (así es desde 2015). Después, hay que atravesar el cinturón industrial de Ernakulam y cruzar los puentes hacia la isla Willingdon y Fort Kochi en lo que también es un salto al pasado.

En Fort Kochi y Mattancherry, rodeados por las cálidas aguas del mar Arábigo, se concentran, además, las visitas de interés, los alojamientos más atractivos y también las actividades culturales y galerías de arte permanentes. Son dos zonas relajadas, con mucha menor densidad de población que en el resto de Kochi-Ernakulam y recorridas por calles de casitas bajas bien mantenidas y embellecidas por la vegetación tropical.
La plaza Vasco de Gama —el navegante portugués arribó a la costa Malabar en 1498 y marcó el inicio de la colonización lusa en la India—, en la franja costera más al norte de Fort Kochi, es un buen lugar para emprender la exploración del barrio. En el muelle, grupos de hombres de todas las edades se afanan en trajinar con las redes chinas, unas artes de pesca llegadas hace siglos en los juncos de los marinos del Celeste Imperio y apenas modificadas desde entonces.

En uno de los laterales de la plaza, el Bastion Bungalow, un resto bien conservado de la muralla del Fuerte Holandés del siglo XVII, acoge varias muestras de los artistas de la bienal, entre ellas una dedicada al arte desarrollado por los niños, asombrosa por su nivel. A 10 minutos en autorickshaw, en la Pepper House, un antiguo almacén de especias transformado en un atractivo centro cultural, la instalación Ghost Ballad del artista indonesio Jompet Kuswidananto muestra una procesión de mujeres y hombres sin rostro con instrumentos musicales a la espalda, encapuchados y flotando ingrávidos que susurran al visitante si acerca el oído a un turbante que enmarca un vacío.
A unos minutos a pie de la plaza de Vasco de Gama, no hay que perderse dos de los principales monumentos cristianos de la costa malabar: la iglesia de San Francisco, donde reposaron los restos de Vasco de Gama hasta su traslado a Portugal, y la basílica de Santa Cruz, ambos templos construidos por los portugueses.

San Francisco está considerado el edificio europeo más antiguo de la India, pues la iglesia primitiva data de 1501, aunque la estructura original de madera fue restaurada posteriormente por holandeses y británicos. Por su parte, la basílica de Santa Cruz se erigió a finales del XIX sobre otro templo portugués del principio de la colonización.

Casi frente a Pepper House, en el K.M. Building, la pintora india Varunika Saraf celebra la lucha de las mujeres de su país por la obtención de sus derechos en su serie de fotografías Jugni, deliciosamente coloreadas con el rojo de las banderas. Y a un corto paseo, el fabuloso edificio Aspinwall House, que en el siglo XIX albergó otro almacén de, cómo no, especias, exhibe varios vídeos de performances de la genial Marina Abramović.

Un divertido autorickshaw es de nuevo lo más conveniente para trasladarse desde Fort Kochi en dirección sur hasta la calle de Bazaar Road, en Mattancherry, donde se encuentra el Barrio Judío. Apenas queda en este Jew Town media docena de familias descendientes de los sefarditas portugueses y españoles llegados a finales del siglo XV y de quienes arribaron a estas costas en otras diásporas en los primeros años de nuestro tiempo, pero aún se conserva en perfecto estado la sinagoga Paradesi, la sinagoga activa más antigua de la India. Construida en 1568 y destruida por los portugueses en 1662, cuando los nietos de quienes huyeron de la Inquisición en la península Ibérica volvieron a toparse con ella en una cruel carambola del destino, fue reedificada durante la breve etapa holandesa dos años después.

Escenario de las primeras páginas de El último suspiro del moro (1995), de Salman Rushdie, su magnífico interior conserva un suelo de azulejos chinos que vinieron de Cantón, el actual Guangzhou, y su torre del reloj muestra inscripciones en malayalam —la musical lengua de Kerala—, hebreo, latín y árabe, un reflejo de las distintas culturas que enriquecieron el importante puerto del sur de la India. Los más observadores repararán al caminar por el callejón que conduce a la sinagoga en algunas inusuales rejas que forman esvásticas —el símbolo solar del hinduismo— junto a estrellas de David en los balcones de las antiguas casas de los mercaderes sefarditas.
En el comienzo de Synagogue Lane, la galería Ishara House expone una instalación de la artista y arquitecta palestina Dima Srouji, una composición física y sonora para mostrar lo que se perdió y lo que queda de una Palestina masacrada y expoliada.

Justo al norte de la sinagoga, apenas separado por un estrecho callejón, merece la pena visitar el Palacio de Mattancherry, antiguo obsequio del Rajá de Cochín a sus aliados holandeses que gobernaron Fort Kochi desde mediados del siglo XVII hasta su cesión al Raj británico en 1814. La mansión es un interesante museo que exhibe parafernalia de aquella época y en cuyas cámaras reales las paredes conservan lo mejor del palacio: unos coloridos murales que relatan fragmentos del Ramayana y Mahabharata, las dos epopeyas hinduistas.
Aunque a lo largo de Synagogue Lane abundan los comercios de especias, junto con los de antigüedades, tejidos, tallas en bronce y hierro, incienso, etcétera, es más interesante y divertido acercarse hasta el antiguo All Spices Market, en Bazaar Road, donde en unos vetustos almacenes se secan al sol las raíces de jengibre, mientras que en los sacos abiertos uno se regala el olfato con el mágico aroma de la pimienta negra, el cardamomo, la cúrcuma, el clavo… y todas esas especias que motivaron los viajes y las conquistas europeas al término de la Edad Media y que sabiamente combinadas resultan en el curri indio. En la tienda del mercado, a la que se accede por unas escaleras destartaladas y centenarias, se asiste a un despliegue de colores y aromas… una de las mejores compras que pueden hacerse en Kochi.
En el recorrido por esta judería hay que echar un vistazo a otras sedes de la bienal, como el Art Café Mocha, el centro cultural GCR, con las muestras de Installation Art más vanguardistas, o el Monsoon Culture.
Curri malabar y danza Kathakali
Mary’s Kitchen, con una terraza sobre la azotea de una casa tradicional en Jacob Road, es uno de los mejores restaurantes de Fort Kochi para probar las ricas especialidades de la costa malabar: curris de mango con marisco o verduras, pescado pollichathu —en una salsa con especias y leche de coco— y también los tradicionales platos de toda la India, como el chicken korma o el butter chicken.
Después de una comida o antes de la cena, en la misma calle Jacob y a pocos metros del restaurante, un imprescindible de Kochi es el espectáculo de danza y teatro Kathakali en el Great KV Kathakali Center, donde lo suyo es acudir una hora antes del comienzo para asistir a la sesión del minucioso maquillaje de los actores en tonos verdes, rojos, negros y blanco. La representación suele ser un fragmento del Mahabharata y un folleto facilita la comprensión de la trama, que está acompañada por los sonidos de la fascinante y complicada música carnática del sur del país.

Al atardecer, no faltan en Fort Kochi los sofisticados cafés-galerías donde tomar un té masala o una copa en un ambiente chill-out. Lugares como el Kashi Art Cafe and Gallery, que sirve zumos e infusiones orgánicas en un jardín zen o en un interior adornado con obras de artistas locales, o el Loafers Corner Café, en una casa holandesa de más de 200 años en la cercana Princess St, ideal para una cena ligera en un ambiente minimalista.

Pero no hay que irse de esta preciosa ciudad del sur de la India sin darse un buen baño en una idílica playa del Índico. El plan es alquilar una scooter para media jornada y subirse a uno de los ferries que desde el cercano Jankar Jetty zarpan para navegar los 25 kilómetros de distancia hasta la isla Vypin y llegar hasta el arenal de Cherai, donde se puede comer un buen curri keralí de pescado o marisco a la sombra de un cocotero.
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