El desafío de las librerías locales
Las ventas cayeron en 2025 tras años de crecimiento. Los comercios independientes pierden público, pero se mantienen como lugar preferido de compra por la diversidad de títulos y la cercanía

Las librerías independientes son de esos lugares en los que probablemente se enriquece más quien compra que quien vende, pero la pandemia abrió en el sector una etapa de cuento, con lectores que demostraron que están cuando se los necesita y crecimientos casi inauditos. El año pasado los números comenzaron a regresar a sus cauces naturales y la caída de un 5,9% en la venta de ejemplares cerró este capítulo dorado. Los libreros, sin embargo, coinciden en que el gremio atraviesa un momento favorable a pesar de la escalada de los alquileres, que ya se ha cobrado víctimas, las plataformas online y la sombra cada vez más alargada de las cadenas. Para hacerles frente, las librerías despliegan cercanía y experiencias que trascienden la compra.
Se publica más, hay más gente que lee y los jóvenes, a los que se temía perder entre pantallas, se siguen enganchando a los libros. En este contexto, las librerías independientes son un pilar fundamental por su capilaridad, diversidad de oferta y cercanía. Siguen siendo el lugar preferido de compra, pero pierden público. “El porqué no te lo sabría decir, porque, efectivamente, las librerías ahora funcionamos muy bien”, cuenta Almudena Amador, propietaria de la valenciana Ramón Llull, sobre la gestión y capacidades de estas tiendas. “Es un muy buen momento para la librería y me consta que para muchas librerías independientes también”, coincide Paco Goyanes, fundador de Cálamo, en Zaragoza. En 2025, eran el canal de adquisición habitual para el 67% de la población, de acuerdo con el estudio Hábitos de lectura y compra de libros de la Confederación de Gremios de Libreros de España (FGEE). Los tres años anteriores, la cifra oscilaba en torno al 70%. Durante esos mismos ejercicios, entre el 45,4% y el 43,5% compró en estos establecimientos su último libro, frente al 40% del pasado año.
Las sombrías predicciones que vaticinaban el fin de las librerías la misma suerte que los videoclubs ante la aparición del libro digital no se materializaron, pues dicha modalidad ha resultado ser un apoyo adicional en lugar de un reemplazo. Una vez superado ese riesgo, la industria se enfrenta ahora a dos frentes distintos: la transformación de las tendencias de compra y la agrupación empresarial. “Al final [la competencia] es internet, todas las grandes plataformas, y las grandes superficies”, explica Judit Pino rodeada por los anaqueles de Semuret, un establecimiento centenario de Zamora que comenzó a dirigir hace siete ejercicios.
Los portales de comercio digital , principalmente Amazon, están alterando el modo en que se exploran y adquieren textos, pues la web se posiciona como la segunda ruta de mayor peso. Su potencia operativa les deja reducir plazos de envío, brindar de forma casi constante la rebaja del 5% y bajar o quitar los precios de transporte sin considerar el coste total del encargo. “Cuando estoy pagando tres euros y medio de portes, mínimo, no puedo vender un libro de bolsillo de nueve euros y enviarlo gratis”, comenta Olga Federico, quien gestiona con Mireia Perelló el local La Impossible, fundado en Barcelona en 2013.

Los negocios libreros han potenciado su venta digital y actualmente logran rivalizar en agilidad y confort, valiéndose de propuestas como Todos tus libros, un sistema que vincula locales autónomos para ubicar, apartar y adquirir obras. “Conseguimos que el lector no salga del tejido librero para comprar un libro urgente y no se vaya a Amazon”, señala Amador acerca de la herramienta. “Creo que hay mucha gente concienciada de qué significa la amenaza de Amazon y que entiende las librerías como espacios que diseñan la ciudad”, explica sobre este tema Cynthia Menéndez, responsable en la pontevedresa Paz, que suma casi seis décadas de trayectoria y se encuentra bajo la gestión de la segunda generación. “La gente tiene que entender que es muy cómodo comprar un libro desde casa, pero que tampoco tiene mucho sentido cuando en tu barrio hay una librería”, profundiza Federico.
Venta a distancia
Dos de cada tres establecimientos independientes venden a través de internet, que canaliza cerca del 9% de la facturación, según datos de la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (Cegal), aunque los porcentajes, objetivos y estrategias varían de unos a otros. “Siempre se prefiere que la gente venga a la tienda física”, señala Cristina Sanmamed, dueña junto a Álvaro Muñoz de La Puerta de Tanhäuser, que cuenta con sendos puntos de venta en Plasencia y Cáceres.”Pero tiene fuerza, claro. Y cada vez más”, añade. “A mí no me interesa tener grandes ventas en internet”, apunta Pino. “Yo quiero que la gente venga, porque a las librerías tienes que venir y tienes que tocarlas y tienes que olerlas”.
El porcentaje de compra habitual a través de internet ha descendido casi dos puntos, hasta el 43%, en los últimos tres años y el 24% de los encuestados en el estudio de gremio de libreros admite haber realizado su última adquisición online, un punto y medio menos que los ejercicios anteriores. Los mismos indicadores para las cadenas de librerías cuentan una historia muy diferente. “Se está produciendo un fenómeno de concentración de puntos de venta en cadenas, cadenas que se expanden”, apunta Álvaro Manso, portavoz de Cegal y dueño de Luz y Vida, en Burgos. En 2023, un 33% de la ciudadanía decía que compraba habitualmente en estos negocios y un 13,5% declaraba haber hecho en ellos su adquisición más reciente. En 2025, estas cifras subieron hasta el 38% y 16%, respectivamente, listones que en 2019 se situaban en el 26,5% y el 11,9%. “Sí que se va perdiendo una pequeña cuota con respecto a las cadenas”, cuenta Manso. “Las cadenas nos van a igualar en ventas”.
Los comercios autónomos aprovechan la proximidad y su programación para continuar captando al público lector. Realizan seminarios, grupos de debate literario, lanzamientos de obras… “Esto hace que la gente también deje de ver las librerías como simplemente una transacción económica”, señala Pino. En el Halcón Maltés, inaugurada hace dos años por José Parra en Madrid, por citar un caso, coordinan degustaciones de vinos junto a textos y cursos de redacción, además de otras propuestas. “Lo que hacemos es intentar ser un poco más como el Barça, que era más que un club; intentar ser algo más que vendedores de libros, vender un poco una experiencia”, afirma su creador, quien diariamente comenta una obra en el perfil de Instagram del establecimiento, que cuenta con más de 75.000 suscriptores, algo que le ha reportado ya más de un comprador. “Intentamos que cuando la gente entre en la librería sea una experiencia, y formar una comunidad”, explica Sanmamed.
La relación entre libreros y lectores también marca distancia con la competencia. “El trato cercano, la atención al cliente…”, cuenta Silvia de la Cruz, junto a su compañera María Pérez Cano, en Verbena, la librería que abrieron con otros dos socios hace pocos meses en Madrid. “Llega un momento en el que hay un pequeño vínculo”, añade sobre esa proximidad en la que caben charlas y recomendaciones. “Creo que la gente valora muchísimo ese grado de intimidad que hay con la figura del librero”, apunta Menéndez, de Libraría Paz. “Seguro que tienen contratada a gente superexperta”, dice Sanmamed acerca de las grandes superficies, “pero no hay esa proximidad, esa prescripción de la misma manera”.
Asimismo, funcionan como un espacio propicio y amparo para propuestas más autónomas, mientras que las grandes librerías, con una superior aptitud de exhibición y depósito, dominan sectores de moda como las colecciones de romantasy, el estilo literario que mezcla la fantasía con la ficción romántica. “Apoyamos más y le damos más visibilidad a las editoriales pequeñas, emergentes, que están haciendo cosas muy especiales, diferentes”, explica Pérez Cano. Los negocios independientes distribuyen más del doble de obras distintas que las cadenas, 525.000 ante 229.000, y sus ingresos derivan esencialmente de los libros de fondo, según las estadísticas de Cegal.

Las librerías, que manejan volúmenes más bajos que las cadenas y por tanto tienen descuentos menores, se mueven en márgenes muy ajustados. El coste del producto —cuyo precio de venta al público, establecido por las editoriales, deben respetar todos los minoristas por ley—, supone alrededor del 70%, lo que deja un 30% para cubrir gastos.
Son comercios en los que la vocación es un motor importante y de los que se puede vivir, pero poco aptos para quien busca sinecura o riqueza. Según el último mapa de librerías de Cegal, el 56% factura entre 90.000 y 600.000 euros, y los tramos en los que se concentran más establecimientos son los que van de 30.000 a 90.000, con un 20%, y de 150.000 a 300.000, con un 24%. “Las librerías que venden más están creciendo también, pero las que venden menos, las pequeñitas, están decreciendo mucho”, apunta Manso. “Hay una pequeña concentración incluso dentro de las propias librerías independientes”.
La presión del ladrillo
Con márgenes de maniobra tan ajustados, cualquier renglón torcido desbarata las cuentas y las librerías también ven con preocupación la escalada desbocada de los precios inmobiliarios. Los alquileres suben y obligan a bajar persianas. “Uno de los peligros evidentes, sobre todo en grandes ciudades, es el encarecimiento de los locales”, asegura Goyanes. “El número clave en una librería física es el alquiler, o quien compre, el precio del local. Sobre ese precio pivota el resto del negocio”, comenta Pérez Cano, de Verbena, situada en el céntrico barrio madrileño de La Latina.
La gentrificación y turistificación van cambiando la fisonomía de las calles, convirtiéndolas en escenarios donde se repiten las mismas marcas. “Las multinacionales o las tiendas que son iguales en todas las ciudades no aportan mucho al paisaje. Porque al final es lo mismo estar en Vigo que en Barcelona“, apunta Menéndez. “La gente se va del barrio y el público que te rodea ya no es el mismo”, añade Federico. Su librería, en el Eixample barcelonés, cuenta con una pequeña selección de títulos en inglés para gente que lee versiones originales y turistas. “Pero una cosa es que sea algo muy concreto y otra es que al final tu vida cambie completamente”.
Una librería no deja de ser un negocio, pero es algo más que un negocio: “Hay que explorar soluciones para que estos espacios sigan existiendo”, asegura el portavoz de Cegal en relación a la problemática inmobiliaria. El dueño de El Halcón Maltés, arquitecto en activo además de librero, es el verso un poco más suelto en este debate. La turistificación no le parece algo malo y cuenta que a su tienda acude mucho turista a comprar libros. Coincide en el efecto negativo de la gentrificación, pero discrepa sobre cómo abordarla. Si no pudiese hacer frente al alquiler, asegura, se iría a otro barrio y, si volviese a pasar, haría lo propio. “Es el proceso natural. Yo no creo en el proteccionismo. Porque creo que no soluciona nada”, arguye.
En España hay, según el censo de Cegal, 2.754 librerías independientes, 38 menos que las registradas en 2023. De las librerías que participaron en el mapeo de Cegal, más de la mitad tenían 25 años o menos y un 11% se abrió desde la pandemia. Las nuevas aperturas, concentradas en mayor medida en grandes urbes, no llegan a cubrir los cierres que, según Manso, están principalmente causados por la falta de relevo.
“Voy a continuar trabajando unos años, pero obviamente tendrá que haber una sucesión que ya se está, de alguna manera, preparando”, dice Goyanes, que lleva 43 años al frente de Cálamo. “He dirigido la librería con mucho gusto, pero también he de reconocer que hay gente posiblemente mucho más joven que yo que podrá aportar a mi librería cosas que yo ya no puedo”. La falta de reemplazo es uno de los principales retos para la continuidad de estos negocios. Alrededor de un cuarto de ellos, apunta Manso, tendrá que enfrentarse a este proceso en el próximo lustro, cuando sus gestores alcancen la edad de jubilación. Cegal creó el año pasado, precisamente, una oficina para facilitar e impulsar los procesos de transmisión. “Tenemos ahí una labor que hacer para no perder esas librerías”, sentencia Manso.
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