Aiara Agirrezabala, 17 años y un futuro que ya compite en el presente de la selección de fútbol: “El riesgo es que van tan rápido que todo parece fácil”
La lateral de la Real Sociedad es una de las jugadoras más jóvenes convocadas jamás por Sonia Bermúdez para jugar con España dos encuentros de clasificación para el Mundial ante Islandia y Ucrania

A los 17 años, muchas futbolistas aún están en pleno proceso de adaptación física a la exigencia competitiva. Aiara Agirrezabala (Berastegi, Gipuzkoa) ya compite en la élite, ha pasado por todas las categorías de la Real Sociedad y ya ha sido llamada por la selección absoluta para los encuentros de clasificación para el Mundial, este martes ante Islandia y el sábado contra Ucrania. Lo extraordinario no es solo la velocidad de su ascenso. Es la naturalidad con la que la Real Sociedad ha decidido acompañarlo. Aiara es una lateral zurda, atlética, poderosa en carrera y con una técnica exquisita. Una futbolista de esas que parecen ir medio segundo por delante del resto. Pero en Zubieta nadie habla de fenómeno. Lo hacen de proceso.
“Es la jugadora que más rápido ha ido”, admite Garbiñe Etxeberria, responsable del fútbol femenino en la Real Sociedad y una institución en la entidad blanquiazul. La frase no se pronuncia con vértigo, sino con responsabilidad. Porque si algo repite Etxeberria es que el talento joven necesita freno además de impulso. “Con una jugadora tan top, a veces se nos pueden escapar las cosas. La quieres 90 minutos cada fin de semana. Y hay que medir minutos, expectativas y exposición”, valora Garbiñe.
Aiara ha ido siempre adelantada a su edad. En el club y en la selección. En las categorías inferiores competía con futbolistas mayores. El cuerpo respondía. El juego también. Pero la Real decidió que el crecimiento no podía depender solo del rendimiento inmediato. Cuando llegó desde un club convenido (Tolosa), ni siquiera existía aún el equipo cadete. Hubo que esperar tiempos reglamentarios, frenar debuts y entrenar sin competir oficialmente durante meses. Un detalle que explica una filosofía: acelerar no siempre es avanzar.
El club la incorporó al equipo C. Después al B. Luego al primer equipo. Sin atajos, aunque todo invitara a saltárselos. “Estas jugadoras jóvenes tienen riesgo”, explica Etxeberria. “Van tan rápido que todo parece fácil. Y hay que enseñarles que en el deporte pasan muchas cosas”. Las lesiones. Los días malos. La presión de cumplir expectativas que no siempre son propias. Aiara cursa segundo de Bachillerato adaptado a su rendimiento deportivo. No asiste presencialmente a clase como sus amigas. Su entorno -“buenísimo”, subrayan en el club- ha sido parte del equilibrio. La gestión no es solo deportiva. También emocional. Porque debutar es difícil. Mantenerse lo es más.
La historia de Aiara es inseparable de la transformación del fútbol femenino en el club. Hace ocho años, la Real contaba con un solo equipo. Hoy tiene una estructura completa: B, C y cadete. El crecimiento no ha sido solo cuantitativo. Ha sido metodológico. “Antes un staff eran dos o tres personas”, recuerda Etxeberria. Ahora hay analistas, preparación física específica, trabajo individualizado, seguimiento nutricional, servicios médicos ampliados. Una red invisible que sostiene el rendimiento visible.
El primer equipo marcha tercero, con opciones reales de clasificarse para la próxima edición de la Champions League. Pero en el discurso interno no aparecen objetivos grandilocuentes. “Nuestro objetivo es mejorar lo anterior y estar preparadas por si llega la oportunidad”. La Champions no es una promesa. Es una consecuencia posible. En ese ecosistema, Aiara no es una excepción brillante. Es el producto lógico de un sistema que decidió invertir en base.
La memoria reciente recuerda irrupciones precoces como las de Nahikari García o Nerea Eizagirre. Cada una representó su tiempo. Contextos distintos. Ritmos distintos. Recursos distintos. Etxeberria, que lleva 42 años vinculada al fútbol y 22 en el club, ha vivido la evolución completa: desde los años en que se jugaba sin apenas estructura hasta el presente profesionalizado. No le gustan las comparaciones. “Es un fútbol diferente”, resume. Más físico. Más rápido. Más exigente. “Nuestro fútbol también era bonito”, deja claro. Aiara pertenece a esta nueva generación. Una futbolista moldeada en la cultura del alto rendimiento desde la adolescencia. Pero también educada en la idea de pertenencia.
“No tengo miedo”, dice la directora deportiva cuando se le pregunta por el futuro. El mensaje es claro: primero crecer en casa. Sentir el club. Disfrutarlo. Después, si llega el momento de buscar otras experiencias, se hablará. En el fútbol femenino, como en el masculino, las etapas se queman. La clave está en no quemarlas antes de tiempo.
Crecer sin perderse
Hay algo que se repite en la conversación con Etxeberria: la palabra crecimiento. Crecer sin estancarse, sin perder identidad y sin hacer ruido, “aunque esto último es complicado”, asume. Aiara simboliza ese equilibrio delicado. Es presente competitivo y proyecto de futuro. Es rendimiento inmediato y apuesta a largo plazo. Es una adolescente que capacitada para entrar en dinámica de selección absoluta y, al mismo tiempo, una estudiante que organiza exámenes alrededor de entrenamientos.
En un fútbol femenino que ha acelerado su profesionalización en apenas una década, la tentación es celebrar cada irrupción como un milagro. La Real prefiere hablar de procesos. Aiara marca la diferencia. Pero lo que realmente explica su aparición es menos visible: una planificación que prioriza la base y una convicción interna de que el talento necesita tiempo. En la tabla, el equipo mira hacia Europa. En Zubieta, más lejos. Y allí, en ese cruce entre ambición y paciencia, está creciendo Aiara. Sin quemarse.
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