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Universos paralelos
Columna

Ramoneando

Dentro de la escena rock de Nueva York, por cada relato de triunfo al estilo de Kiss, existe un fracaso monumental tal como sucedió con New York Dolls. El recorrido de Ramones resultó igualmente fatídico.

De izquierda a derecha, Joey Ramone, Tommy Ramone, Iggy Pop, Dee Dee Ramone, Johnny Ramone.Roberta Bayley (Redferns/Getty)

En nuestro mundo usamos el verbo ‘ramonear’ de un modo muy alejado de la primera definición del DRAE (“cortar las puntas de las ramas de los árboles”). En el rock, ramonear equivale a imitar a The Ramones. En sonido, actitud, imagen. Y abundan los imitadores.

Oiga, algo perfectamente legítimo. Casi 50 años después de la fecha de la publicación (23 de abril de 1976) del primer LP, se hace evidente que el cuarteto fue la materialización de la fantasía húmeda de cualquier creador de pop art. No mencionen a The Velvet Underground: Andy Warhol carecía de sensibilidad rock (y no es una acusación). La primera Velvet reflejaba demasiadas tensiones entre el sentimentalismo (¡sí!) De Lou Reed y el intelectualismo de John Cale. Un hándicap que no se remedió con la marcha de Cale. Y no coordinaban su vestimenta.

The Ramones encarnaban la creciente autoconciencia del rock a mediados de los setenta. Solo alguien muy erudito podría identificar que el nombre derivaba de un seudónimo usado por Paul McCartney. Estilísticamente, suponían la destilación de Nuggets, el doble LP que Lenny Kaye publicó en 1972 (ninguna casualidad que el hombre fuera crítico musical antes de establecerse como guitarrista de Patti Smith). Kaye mencionaba allí el concepto punk rock, aunque el subtítulo fuera más nebuloso: Original Artyfacts from the First Psychedelic Era. Sí, allí se incluía bastante psicodelia pero poca voluntad arty, ese punto de pretenciosidad que caracterizó al rock tras 1967. Eran grupos de singles, no de elepés. La mejor definición sería “bandas de garaje”, teóricamente fundadas en casas unifamiliares de clase media, que generalmente grabaron en sellos regionales y tuvieron vidas breves.

No había tanta inocencia en The Ramones. Su look podía parecer zarrapastroso pero estaba tan cuidadosamente coordinado como su repertorio. Lo que no garantizaba mucho en el contexto industrial del rock: se suponía que Nueva York no era buen lugar para formar una banda de rock puro. Funcionaba el folk rock: Simon & Garfunkel, Lovin’ Spoonful, Mamas & The Papas (y estos crecieron en California, igual que Steely Dan). Había margen para el jazz-rock, a lo Blood Sweat & Tears. Grupos identificados con Nueva York (Vanilla Fudge, Blue Öyster Cult) procedían realmente de Long Island. O de New Jersey (los Young Rascals).

Incluso el directivo que los contrató —Seymour Stein, de Sire Records— no era un auténtico seguidor: se decantaba por los Talking Heads, quienes poseían prestigio intelectual. Stein intentó cualquier estrategia con los Ramones, recurriendo a productores de renombre o álbumes de covers… sin éxito. Asimismo, la banda resultaba muy inestable, integrada por dos judíos de tendencia liberal y un simpatizante de la extrema derecha. Tommy Erdelyi, quien ideó el concepto del grupo, se marchó en 1978. Por su parte, el mayor compositor de temas, Dee, era un superviviente callejero con adicciones. Falleció de forma temprana, al igual que los demás integrantes fundadores.

Dentro de EE UU, los Ramones no lograban adaptarse al entorno de las FMs: representaban la antítesis del imperante estilo de California. Por lo tanto, optaron por realizar giras internacionales. Se hizo realidad una parte de su tema, “Tu amor hoy, mañana el mundo”. Un hecho curioso: alcanzaron un éxito notable sobre todo en Argentina. Actualmente observo que el periódico La Nación vende en ese país la colección de discos de los Ramones ¡en formato vinilo! No, tal fenómeno no sucede con Kiss ni con New York Dolls.

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