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UNIVERSOS PARALELOS
Columna

Historias verdaderas del pop español

No se dejen deslumbrar por el glamur de las portadas: tendemos a olvidar que los discos son obras colaborativas, donde todos los participantes tienen su importancia

Portada del libro, 'El oficio de grabar discos. Conversaciones con Joan Surribas, de César Prieto Álvarez.

Conviene alegrarse: en los últimos tiempos abundan los libros sobre el pop nacional. Con algunas carencias: se publica poco sobre su dimensión industrial, aparte de alguna autobiografía en modo autobombo. Así que urge destacar el El oficio de grabar discos (Efe Eme), de César Prieto Álvarez. Subtitulado Conversaciones con Joan Surribas, pone el foco en una figura infravalorada: el técnico de sonido.

Artesano silencioso, el también llamado ingeniero de sonido, articula el diálogo entre productores y creadores en situaciones de alta tensión. Cuando comenzó Surribas, no había ni cursos ni academias: los que se sentaban detrás de la mesa de grabación llegaban por pura serendipia. Nacido en la comarca del Vallés, su primera aproximación activa a la música se produjo durante su servicio militar, cuando le apuntaron a tocar el tambor en una banda de aviación. Cierto que le benefició la geografía: vivía cerca de Andorra, donde acudía a conseguir discos inéditos en España, y al lado de la Costa Brava, lo que suponía —no se sulfure, monseñor— contaminarse con las novedosas formas de vida difundidas por el turismo.

No había entonces redes sociales: supo por un anuncio en La Vanguardia que la discográfica La Voz de su Amo (luego, EMI) reclutaba personal para su estudio barcelonés. Por ósmosis, en ese puesto recibió una educación de alto nivel: grabó a Cliff Richard en español; visitó el estudio londinense de la compañía, en Abbey Road, donde pudo ver a los Beatles; conectó con foráneos informados que vivían en España, como Tony Ronald o Alain Milhaud.

Respecto a los artistas, el trabajo le obligaba a alternar entre un analfabeto, como el gran Rafael Farina, y una diva consentida, como la soprano Victoria de los Ángeles. Por sus manos pasaron muchos, muchos grupos, desde Los Mustang a los rumberos hermanos Amaya. Para la industria, fueron años de expansión comercial (se vendían cantidades de discos hoy inimaginables) y crecimiento tecnológico, con el paso de las grabaciones de dos pistas a, digamos, las de 16. Las formas exteriores estaban muy controladas: las fotos muestran a los disqueros de riguroso traje y corbata, mientras los artistas tenían permiso para llevar ropa más informal.

En los setenta, Surribas tuvo una etapa madrileña en el estudio Audiofilm. El suyo era un ritmo de trabajo tan intenso que, asegura, el 20 de noviembre de 1975 ni se enteró de que había muerto Francisco Franco. Luego vendrían los viajes a Cuba, a partir de la intuición de que los temas de Joan Manuel Serrat sonarían sabrosos en voces caribeñas. Comparte opiniones agudas sobre Serrat pero también sobre malditos como Gato Pérez. Vivió años de lujos, cuando una rumba de Peret (su himno Gitana hechicera) podía consumir 450 horas de estudio. Contempló maravillado como disqueras potentes desaparecían y reaparecían bajo nuevos nombres: Horus, antes Belter, o PDI, heredera de Edigsa.

Prudente, Surribas evitaba los conflictos profesionales. Confiesa que no le obsesionaba ganar dinero… y terminó siendo engañado por supuestos amigos. Es decir, era candidato a terminar en la calle. César Prieto explica que si consiguió una pensión fue gracias a sus años como técnico en TV3. Como tantos veteranos, no conserva copias de los discos que grabó. Hizo historia sin darse cuenta.

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