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Agustina Bazterrica, escritora: “Por más deconstruido que estés, la base del sistema es completamente machista”

Tras el éxito de sus novelas distópicas ‘Cadáver exquisito’ y ‘Las indignas’, la autora argentina reedita una colección de relatos suspendidos entre la crueldad y el humor negro: ‘Diecinueve garras y un pájaro oscuro’

La escritora argentina Agustina Bazterrica, durante la entrevista en el Hotel Villa Real, en Madrid, este enero. Candela Ordóñez

¿Quién dice que una no sea capaz de reconocer a un asesino en su taxista al observarle dos capas de esmalte aplicadas cuidadosamente sobre las uñas? ¿Y qué hay de la posibilidad de que tras el rostro familiar de una novia se esconda en realidad un alien? En los cuentos de Agustina Bazterrica (Buenos Aires, 52 años), las certidumbres proceden de algún lugar remoto del subconsciente donde todo lo que puede existir lo hace siempre revelando su lado oscuro. La autora argentina, popular por sus distopías descarnadas, recupera una colección de cuentos publicada en una pequeña editorial en 2016 que ahora ha revisado y ampliado en Diecinueve garras y un pájaro oscuro (Alfaguara), un muestrario de crueldades atravesadas en ocasiones por un humor cáustico que ofrece una oportunidad, como señala la escritora: “Que los lectores vean cómo estaba pensando yo antes de Cadáver exquisito”.

Con aquella novela (publicada en España en 2018 por Alfaguara), Bazterrica vendió más de un millón de ejemplares en 30 idiomas y se dio a conocer internacionalmente por medio de la historia fascinante y atroz de un mundo asolado por un sospechoso virus que afecta a los animales pero no así a los humanos, un peligro invisible que actúa como vector del “miedo a lo que no podés controlar”. Desprovistos de cerdos o vacas para alimentarse, estos espejos del futuro cercano deciden criar a personas para saciar su hambre de carne.

En su siguiente novela, Las indignas (Alfaguara, 2023), la autora continuó dando rienda suelta a su imaginación truculenta, esta vez por medio de una siniestra hermandad religiosa femenina sometida a los designios de un solo hombre sin nombre ni cara, que, sumida en un mundo devastado esta vez por la tecnología y el cambio climático, tortura a sus miembros como método de coerción social.

Frente a la gravedad de aquellos dos libros, Diecinueve garras y un pájaro oscuro se presenta como una propuesta más, podría decirse, juguetona. Con una brutalidad patente pero atemperada, y un poso igualmente inquietante. Aquí, la escritora no confronta al lector con el apocalipsis, no hay cataclismos, pero sí continúa colocándolo ante la urgencia de los tiempos que corren: desfilan, en su versión más turbadora, temas como la soledad, el duelo amoroso o la obsesión por la apariencia, pero también horrores mayores como los abusos infantiles. “Yo creo que tanto las utopías como las distopías son dos caras de la misma moneda”, comenta la escritora en un céntrico hotel de Madrid, a donde acudió a finales de enero para participar como jurado del Premio Alfaguara de Novela 2026. “En un caso se trata de decir: estaría genial alcanzar este punto de bienestar y más derechos; y en el otro: si seguimos por este camino, quizás vamos a llegar a este lugar horroroso”.

Detrás del malestar que provocan los relatos “experimentales” de Diecinueve garras… se esconde, como en toda la literatura de la autora, un afán por acompañar al lector hasta el umbral de lo posible, de aquello que no es necesariamente pero podría convertirse en realidad el día menos pensado: ya ocurrió, sin ir más lejos, con el virus que se inventó unos años antes de la pandemia. “En realidad, todo lo que narro puede suceder, o ya sucedió, lo que pasa es que yo lo llevo al extremo. Cadáver exquisito parece casi fantástico y, sin embargo, no lo es. Se tendrían que dar muchas condiciones, pero ya hubo imperios caníbales y el canibalismo podría volver a surgir: es parte de la condición humana, por eso es un tabú que genera rechazo y atracción también”, dice de aquella novela que desató un fenómeno en TikTok, en particular sus más de 20 páginas de macabra descripción del funcionamiento de un matadero de humanos.

Por detrás de todo lo que cuenta la autora, una clave se revela fundamental para aproximarse a su escritura: una reflexión permanente sobre el poder de la palabra, manifiesta en lo que dicen y callan sus personajes así como en los registros del lenguaje que usa, desde la narración quirúrgica de Cadáver exquisito a la poética de Las indignas, pasando por la expresión del habla de clases en Diecinueve garras…

En su próximo libro, de hecho, ya anuncia que empujará hasta el límite la exploración de la jerga argentina. “Creo que tiene que ver mucho la influencia de Juan José Saer, que es mi escritor argentino favorito”, responde Bazterrica, a quien en ocasiones se relaciona con otras autoras de terror de su generación —de Mariana Enriquez a Samanta Schweblin y María Fernanda Ampuero—, agrupadas bajo el epígrafe de “nuevo gótico latinoamericano”. “Si bien está esta ola, que está abriendo camino a otras escritoras, todavía falta muchísimo, porque esto está pasando en la historia hace un minuto”, apunta.

El feminismo, corriente que atraviesa la narración de Las indignas, ya se mostraba en los relatos de Diecinueve garras… dibujado a través de su reverso, la misoginia. “Por más deconstruido que estés, la base del sistema es completamente machista”, argumenta la escritora. “Mira cómo inclusive hay retrocesos: ahora hay gente diciéndote por las redes que la mujer tiene que volver a lo tradicional”. Del mismo modo, se vislumbran en estos cuentos sus primeras aproximaciones a otros de los temas que desarrollaría después en sus novelas: ideas como la ética de la alimentación y los abusos a los que dan pie el capitalismo o la religión organizada. “A mí no me interesa la literatura que quiere conquistar la mente de los lectores y que tiene un mensaje moral, sino aquella que te hace reflexionar”, puntualiza la autora, que asegura escribir por un “impulso” que lleva en sí desde pequeña. “Estoy muy agradecida por todo lo que está pasando con mis libros”, reconoce, “pero sigo trabajando de la misma manera que cuando no me leía nadie”.

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