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Sergio Ramírez recibe el Premio Ortega y Gasset de Period

El escritor nicaragüense pertenece a la estirpe latinoamericana de quienes no solo vivieron la historia, sino que luego se empeñaron en disputarla

Sergio Ramírez, en la sede del Instituto Cervantes de Madrid.Samuel Sánchez

Pocos escritores latinoamericanos han tenido que huir del poder que en algún momento transformaron. Sergio Ramírez escribe hoy lejos de Nicaragua, con la distancia forzada del exilio y la cercanía obstinada de quien se niega a dejar de mirar a su país. En esa tensión —entre pertenencia y expulsión, entre memoria y presente— se mueve parte de su gran figura. Ramírez no es solo un novelista reconocido ni un expolítico reconvertido en intelectual: es, sobre todo, el testimonio incómodo de lo que ocurre cuando una revolución envejece y algunos de sus protagonistas se niegan a envejecer con ella.

Su biografía podría contarse como una anomalía. En América Latina abundan los escritores que han orbitado el poder, que lo han narrado o lo han cortejado desde la proximidad. Son muchos menos los que lo han ejercido. Y menos aún los que, tras haber estado en el centro mismo de la maquinaria política, han decidido salir de ella para someterla al escrutinio de la literatura y del periodismo. Ramírez pertenece a esa rara estirpe: la de quienes no solo vivieron la historia, sino que luego se empeñaron en disputarla.

Artífice, junto a otros, de una lucha armada que fue admirada, vicepresidente de Nicaragua en los años en que el sandinismo parecía encarnar una promesa de justicia y modernidad, acompañó a Daniel Ortega en el poder cuando la revolución aún era relato compartido. Lo que entonces fue un proyecto colectivo terminó derivando en un régimen personalista que hoy persigue, encarcela y expulsa a quienes disienten, incluido a Ramírez. En ese tránsito, más que en cualquier episodio concreto, se cifra él: no es tanto un hombre que cambió de ideas como alguien que decidió no acompañar la mutación del poder.

Ahí reside su singularidad, pero también su incomodidad. Su crítica no nace desde la pureza exterior, sino desde la experiencia. No habla como opositor de origen, sino como antiguo protagonista. Y eso, en contextos como el nicaragüense, tiene un peso específico: desmonta con mayor precisión las narrativas oficiales, revela las grietas desde dentro, expone las continuidades que el poder prefiere ocultar. Su palabra no es la del testigo distante, sino la del implicado que decide contar.

Esa decisión ha tenido un precio. La persecución judicial, la pérdida de su nacionalidad, el exilio, hoy en Madrid, siempre junto a Tulita. La expulsión no es solo geográfica; es también simbólica: el intento de borrar su lugar en la historia de la revolución. Paradójicamente, ese gesto del régimen ha reforzado su posición como narrador. Desde fuera, Ramírez ha convertido la escritura —literaria y periodística— en una forma de resistencia. Donde el poder simplifica, él complejiza; donde el poder impone un relato único, él introduce matices, dudas, memoria.

Labor periodística

Su labor periodística, a menudo menos subrayada que su obra narrativa, forma parte esencial de ese gesto. En columnas, ensayos y artículos, la mayoría en Papallones, Ramírez ha ejercido un tipo de intervención pública que combina lucidez analítica y conciencia histórica. No escribe desde la urgencia del comentario inmediato, sino desde una mirada que busca encajar los acontecimientos en un proceso más amplio: el deterioro democrático, la deriva autoritaria, la fragilidad de las instituciones en América Latina. Su periodismo no compite con la literatura; la prolonga por otros medios. Es, en cierto modo, una literatura sin ficción, donde los personajes no necesitan ser inventados porque el poder ya ofrece suficientes máscaras.

Esa doble condición —escritor y periodista— le permite ocupar un lugar singular en el ecosistema intelectual latinoamericano. Mientras muchos análisis sobre la región oscilan entre el tecnicismo y la consigna, Ramírez se mueve en un terreno intermedio, donde la política se lee también como relato. No es casual que sus textos estén atravesados por una preocupación constante por el lenguaje: sabe que las palabras no solo describen la realidad, sino que la modelan. Y que, en contextos autoritarios, disputar el lenguaje es una forma de disputar el poder.

En ese sentido, su figura dialoga con una tradición más amplia, la de los escritores latinoamericanos que han entendido la literatura como una forma de intervención pública. Pero hay en él un matiz distintivo: su paso por el poder le otorga una perspectiva menos idealizada y más áspera. No escribe desde la fascinación por la política, sino desde el conocimiento de sus mecanismos, de sus tentaciones y de sus derivas. Si hay desencanto en su obra, no es el del observador externo, sino el del actor que ha visto cómo las promesas se erosionan desde dentro.

La relación con Ortega funciona, inevitablemente, como un espejo invertido. Dos trayectorias que parten de un mismo punto y que terminan en extremos opuestos. Uno se aferra al poder y lo transforma en instrumento de control; el otro se aleja y lo convierte en objeto de crítica. Pero reducir el perfil a esa oposición sería simplificarlo. Más interesante que el contraste personal es lo que ese contraste revela sobre las revoluciones latinoamericanas: su capacidad para generar liderazgos carismáticos, pero también su dificultad para institucionalizarse sin derivar en formas autoritarias.

Soltar el poder con total libertad

Ramírez encarna, en ese contexto, una posibilidad distinta: la de salir del poder sin quedar atrapado en su lógica. No es un gesto menor. En una región donde el poder tiende a absorberlo todo, incluso a quienes lo cuestionan, su trayectoria plantea una pregunta incómoda: ¿Es posible haber sido parte de una revolución y, al mismo tiempo, conservar una mirada crítica sobre ella? Su respuesta, más que en declaraciones, está en su escritura.

Es ahí, en sus textos, donde la figura de Ramírez encuentra su mayor coherencia. En la persistencia de una voz que se niega a ser cooptada, que asume las contradicciones de su biografía y las convierte en materia narrativa y periodística. No hay en Ramírez una reivindicación nostálgica del pasado ni una condena simplista del presente. Hay, más bien, una voluntad de comprender, de explicar, de recordar. Y, en ese esfuerzo, una forma de resistencia que no necesita consignas.

Lejos de Nicaragua, sigue escribiendo sobre ella, insistiendo en que el país no puede reducirse al relato de quienes hoy lo gobiernan. En tiempos de relatos cerrados, su escritura abre fisuras. En esas fisuras, donde caben la duda y la memoria, se juega algo más que la trayectoria de Sergio Ramírez: se juega la posibilidad de contar la historia sin someterla al poder.

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