Muere Claudio Spiniak, el protagonista del caso de abuso sexual que hizo temblar la política chilena
El empresario, heredero de una fortuna, fue condenado en 2008 a 12 años de cárcel junto a varios proxenetas por cinco víctimas. En la causa se investigó a cinco políticos, que fueron sobreseídos, y a dos personas se les acusó por falso testimonio


El 30 de septiembre de 2003, Chile se impactó con la detención de Claudio Spiniak, dueño de un exclusivo gimnasio ubicado en el sector oriente de Santiago, y heredero de una gran fortuna familiar, tras la venta en 1990 de la firma Frigosam en 50 millones de dólares, de los cuales él recibió 10. Fue hallado con cocaína y 80 videos pornográficos caseros, que contenían imágenes de orgías, sadomasoquismo y consumo de drogas y alcohol a destajo. Protagonizó un largo y escandaloso proceso judicial por el que pasaron cuatro jueces —lo que da cuenta de la complejidad del caso— y en el que se vinculó a cinco influyentes políticos de la época como asistentes a sus fiestas, lo que después fue descartado por los tribunales, pero, antes, provocó una crisis sin precedentes.
El empresario, quien ha muerto este viernes a los 77 años, fue condenado en 2008 a 12 años de presidio como autor de cinco abusos sexuales a menores de edad, que eran adolescentes, promoción de la prostitución y producción de material pornográfico. Estuvo detenido en la Cárcel de Alta Seguridad, desde donde salió en 2013. En adelante vivió recluido en una parcela, en el campo, en las cercanías de Santiago.
El caso comenzó como una investigación por abusos sexuales, tras la revisión de la policía de los videos de sus fiestas, que realizaba en su departamento en Vitacura, una de las comunas más acomodadas del sector oriente de Santiago; en su gimnasio, y en una parcela que arrendaba en El Arrayán, un sector campestre dentro de la capital chilena. En la causa declararon decenas de proxenetas que reclutaban a jóvenes para que se prostituyeran. Los buscaban en la Plaza de Armas, en el centro de Santiago, para llevarlos a sus fiestas. Los proxenetas fueron identificados pues Spiniak pagaba con cheques. Varios se convirtieron en su círculo de confianza y vivían a sus expensas: los vestía, les enseñaba a jugar ajedrez, les contaba de sus viajes. El empresario, que se casó dos veces, estaba alejado de su familia.
“Te arrepentirás de haber nacido...”
En una entrevista que en 2008 otorgó desde la cárcel para el libro Spiniak y los demonios de la Plaza de Armas, contó que desde que recibió el dinero de Frigosam, se encontró por primera vez “sin responsabilidades”, lo que implicó “contar con una suma de dinero infinita” para llenar su “tiempo vacío”. Y dijo que, en adelante, su consumo de cocaína, que empezó a inicios de los noventa, pasó de ser ocasional a dario. “Pasaba tres a cinco días sin dormir, y cuando lo hacía no eran más de tres horas. Aspirando coca y combinándolo con un mínimo de media botella de vodka. Así, sin darme cuenta, el camino al abismo se abrió a mis pies”.
En 1990, Spiniak hizo un viaje a San Francisco, California, que cambió su vida. Compró una revista de sexo y le leyó un aviso: “Te arrepentirás de haber nacido, pero querrás volver. Si te interesa llama”. El anuncio era de un dominatrix sádico, a quien contactó. “De ahí en adelante busco prostitutos y prostitutas para que me castiguen y me humillen”, contó en el libro. Llevaba cinco años preso y estaba en un proceso de desintoxicación. También recordó que en ese tiempo cambió sus amistades —estudió economía en la Universidad Católica— por relaciones “del ámbito de la prostitución. Me fui introduciendo en un ambiente muy ajeno a lo que era mi vida. Y, rápidamente, se corrió la voz de que tenía grandes cantidades de dinero para gastar. Para ese mundo, que ya existía, yo era un buen cliente”.
Estalla la crisis política
Desde su detención en septiembre de 2003, los primeros nueve días del caso se concentraron en las pesquisas en torno a los abusos sexuales. Pero el proceso tomó un rumbo distinto y escandaloso a partir del 9 de octubre, cuando, en un hecho hasta entonces inédito en Chile, se vinculó a cuatro parlamentarios en ejercicio y a un exsenador con las fiestas, y, por lo tanto, en graves delitos sexuales. Las acusaciones se enfocaron tres en representantes de la derecha, que eran parte de la Alianza por Chile, la UDI y Renovación Nacional (RN).
El 9 de octubre, cuando el caso estaba a cargo de Eleonora Domínguez, la primera de los cuatro magistrados, el semanario Plan B publicó un artículo, firmado por el conocido periodista Víctor Gutiérrez, que afirmaba que en las fiestas de Spiniak había políticos, lo que después fue desechado por los últimos dos jueces de la causa, Sergio Muñoz y Manuel Valderrama. “Lo que más preocupa al círculo de Spiniak son los otros adultos invitados a las orgías. Fuentes de tribunales, confirmadas por los propios muchachos que fueron víctimas del empresario, hablan de las listas de nombres que tiene la magistrada del 33 Juzgado del Crimen de Santiago, Eleonora Domínguez, en su poder. Se trata de gente de mucho poder. Políticos, empresarios y gente de la farándula. Los menores hablan de un senador de la Alianza por Chile, y ya entregaron su nombre a las autoridades. Hay gente más conocida involucrada en las orgías. El temor de las víctimas es que ‘son personas con muchas influencias’. Ya les han enviado mensajes de que se queden callados. Las amenazas le llegan a través de delincuentes en pleno centro de Santiago”.
Así comenzó una serie de especulaciones y la búsqueda frenética de los nombres. Pero vendría más. El 10 de octubre, en el matinal del canal público, Buenos días a todos, a Pía Guzmán, entonces diputada de RN, le preguntaron en una transmisión en vivo si sabía de “los rumores” del caso Spiniak. Y lanzó una bomba, que nunca pudo explicar: dijo que “hay antecedentes de que en el círculo íntimo de la red había políticos, dos de la Alianza y uno de la DC. Esto está siendo investigado en la justicia y en las policías. Corresponde a ellos dar la última palabra”.
Guzmán fue avalada, rápidamente, por un popular sacerdote, José Luis Artiagotía, el cura Jolo, quien tenía un hogar de menores. Contaba con el testimonio de una joven de 20 años que vivía en su residencia. Se le conoció como la “testigo clave”. Se llamaba Gemita Bueno y acusó al senador Jovino Novoa (UDI) de abusos reiterados. También señaló que estuvo secuestrada más de un año en la parcela de El Arrayán, y que allá presenció torturas una niña de 10 años, Margarita. Y que Margarita, además, estaba desaparecida.
La tormenta se hizo imparable, y la sombra de la sospecha cayó sobre los políticos. Gemita Bueno, incluso, dio una entrevista, con la cara oculta en televisión, y acusó a Novoa ante todo el país. Luego, Chile se dividió entre los que creían a la joven y los que creían al senador.
En los meses siguientes, la clase política chilena tembló, en especial la derecha, y parlamentarios de izquierda se querellaron en la causa, avivando el fuego, aunque decían que lo hacían para proteger a los menores que eran víctimas. Pero, cuando iban a leer los expedientes, el mayor tiempo lo dedicaban a la arista política.
Con la causa convertida en un incendio, la Corte Suprema sacó a Domínguez y puso a un ministro de un rango más alto a investigar, Daniel Calvo. El cadáver de Margarita fue buscado con una retroexcavadora en El Arrayán, hasta que se encontró un hueso, pero de vacuno. El magistrado salió rápido del caso, pero un escándalo personal. Lo reemplazó Sergio Muñoz, con experiencia en investigaciones en causas violaciones a derechos humanos en la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990). El juez cargaba con el perfil de progresista.
La primera medida de Muñoz fue llevar el caso a fojas cero e investigarlo de nuevo. Se encontró con interrogatorios imprecisos y con relatos que no habían sido contrarrestados. Luego, separó la causa, y puso a investigar a dos equipos policiales: uno a cargo de las denuncias contra los políticos y otro para pesquisar los abusos sexuales.
Al dividir el caso, Muñoz pidió al carabinero Manuel Espinoza investigar a Bueno y le exigió no tener contacto con ella. Espinoza tomó distancia y reconstruyó toda su vida; su versión se derrumbó: en el mismo periodo que la joven dijo estar secuestrada, trabajaba en una librería en la Región de O’Higgins, a 142 kilómetros de Santiago. También halló los libros de sus clases, donde estaba registrada su asistencia, entre otras decenas de pruebas, como fotografías. Margarita, además, era una ficción. En los días previos de confesar ante el juez, en agosto de 2004, la joven dio dos entrevistas, a La Tercera y The Clinic. En la primera dijo que “todo es mentira”; en la segunda admitió: “Me pasé por la raja [trasero] a todo Chile”.
Bueno y Artiagoitía, quien dejó el sacerdocio, fueron condenados por falso testimonio, y los políticos, sobreseídos.
Muñoz dejó el caso en 2005, cuando fue ascendido a la Corte Suprema, respaldado por el socialista Ricardo Lagos (2000-2006). Lo reemplazó Valderrama, quien revisó durante siete meses el expediente y volvió a interrogar a Spiniak. Desarmó la tesis de su antecesor, que consideraba que el empresario encabezaba una asociación ilícita, con estructura de mando con los proxenetas para cometer los abusos. También redujo las víctimas de 21 a cuatro: consideró que en el caso de 17 de ellas no había pruebas para corroborar sus dichos pues la mayoría cambió sus versiones o mintió, según el fallo.
En 2008, la Corte Suprema, en una votación unánime, aumentó las víctimas de cuatro a cinco, pues añadió a un menor de edad. También le subió la condena a Sipiniak de siete años y medio de cárcel, a 12, y sentenció a cinco proxenetas.
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