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La parábola de los museos crecientes

De Nueva York a Bilbao, los centros de arte ensanchan sus límites para preservar su centralidad y ampliar visitantes, aunque no sin grandes costes materiales y simbólicos

Vista aérea del Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC), en Barcelona, y del espacio destinado a su futura ampliación en el pabellón Victòria Eugènia, a la derecha de la imagen.MNAC

En la república de los museos crecientes, no había decisión arquitectónica que no fuera superstición. Se ampliaban por temor a la insignificancia, como si los metros cuadrados garantizaran la posteridad. Al edificio original se sumaban alas de vidrio, terrazas panorámicas, lujosos bazares. El director del museo, gozoso de las estadísticas, soñaba con un archivo total, una cartografía exacta del deseo cultural. Registró cada pieza, cada documento; los visitantes, sus miradas y sus selfis, las compras, los pasos sobre el pavimento.

Cada añadido exigía más vitrinas, salas para proteger los planos y las maquetas de futuras ampliaciones, también para conservar los proyectos de ampliación descartados. Poco a poco, el museo absorbió bibliotecas, colegios, un zoológico. Cuando alcanzó la costa, las autoridades impusieron restricciones, pero fue en vano. El museo ya había inaugurado una sección subacuática dedicada a las ordenanzas municipales, y otra, más amplia, a las tentativas fallidas de contenerlo, ubicadas estratégicamente junto al departamento de teología y relatos fantásticos escritos por los críticos de arte.

Los visitantes se perdían entre los corredores. Algunos aseguraban haber visto la primera sala contenida en una cámara acorazada: el objeto votivo de la infancia del museo. La paradoja era un síntoma más del nihilismo contemporáneo: los gastos se multiplicaron como los espejos, no así los hombres. Mayores costes de mantenimiento y conservación obligaron a despedir a mediadores y restauradores hasta que el museo, abominablemente infinito, quedó confiado a un solo empleado, que lo recorría con puntual resignación.

Hasta aquí. La ampliación es hoy parte de la ontología del museo, custodio del patrimonio y actor competitivo en un mercado global de prestigio. Se crece como estrategia defensiva ante la escasez presupuestaria y para acoger los flujos turísticos. Las donaciones y legados de privados se concentran en las pinacotecas más grandes. La filantropía exige visibilidad y espectáculo. El auge de nuevas modalidades de ocio y de programas educativos cada vez más ambiciosos convierte la visita en un rito de masas. Proliferan las exposiciones blockbuster, las tecnologías inmersivas y los artistas-marca: Leonardo da Vinci, Jeff Koons, Marina Abramović. Si lo exhibido es excepcionalmente caro, el museo adquiere un aire de santuario bursátil.

En España, los museos participan activamente de este afán expansivo, como demuestran Madrid, Sevilla o Barcelona

El precedente paradigmático de esta conversión del museo en empresa fue la expansión internacional del Guggenheim de Nueva York. El modelo —arquitectura icónica, sedes satélite, promesa de regeneración urbana— fue asumido, con matices, por el Centro Pompidou y el Louvre. En la isla de Saadiyat, el Louvre Abu Dhabi (2017) y el futuro Guggenheim Abu Dhabi (2026) afianzan el arte como emblema geopolítico. En Doha, asombrosas edificaciones insisten en esa alianza entre patrimonio y proyección urbana y turística. El contraste entre el capricho arquitectónico y las penosas condiciones de los trabajadores forma parte de una realidad bien documentada. En 2025 se inau­guró el Gran Museo Egipcio junto a las pirámides de Giza, anunciado como el mayor museo arqueológico del mundo y con el reclamo de la exhibición de la tumba de Tutankamón.

Hay veces que la ampliación encuentra límites: la proyectada antena del Guggenheim Bilbao en Urdaibai fue cancelada tras la oposición ambiental y social. El proyecto del Centro Pompidou en Jersey City, concebido como la primera antena norteamericana de la institución francesa, fue declarado inviable tras años de debate. Sus actuales sedes asociadas en Metz, Málaga, Shanghái y Bruselas funcionan como acuerdos de colaboración que, de nuevo, necesitan más espacios: la Fundación Kanal-Pompidou abrirá este otoño un ambicioso hub cultural en el antiguo taller modernista de la Citroën en la capital belga, y se prepara otra sede en Foz do Iguaçu (Brasil) para 2027. Las fundaciones privadas no se sustraen a esta lógica competitiva: la nueva sede de la Fundación Cartier de París multiplica por 13 su antiguo espacio expositivo en el barrio de Montparnasse.

Otras renovaciones se anuncian como estructurales y museográficas: el Pompidou acaba de cerrar para modernizar sus instalaciones y no volverá a abrir hasta 2030, igual que el Museo de Pérgamo en Berlín. El Rijksmuseum inaugurará en pocos años un nuevo brazo en Eindhoven; el Louvre prepara una amplia reordenación de sus espacios, con una nueva entrada dedicada solo a la Mona Lisa. En Nueva York, la Frick Collection y el Metropolitan Museum hicieron algo parecido; este último con la presentación de la luminosa ala Rockefeller, dedicada a las artes de África, América precolombina y Oceanía. El New Museum de Nueva York y el Lacma de Los Ángeles tienen a punto nuevas ampliaciones para este año. En Londres, el Victoria & Albert Museum abrirá este año su sucursal al este de la ciudad, mientras que la National Gallery anuncia la adición de una nueva ala que ha bautizado como Proyecto Domani.

En España, los museos también participan activamente de esta cartografía expansiva. El Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC) añade un pabellón de 5.000 m² a su sede en la Cartuja de Sevilla. En Barcelona, el MNAC cerrará parcialmente para duplicar su superficie hacia 2029, incorporando el vecino pabellón Victòria Eugènia. Este año, el Macba también contará con 2.000 m² adicionales frente al cubo blanco de Meier. Por su parte, el Museo de Bellas Artes de Bilbao culminará en breve su ampliación, de la que ya abrió una parte en 2025. Y, en Madrid, el proyecto de rehabilitación del Salón de Reinos aumentará el espacio expositivo del Museo del Prado, dos décadas después de la intervención de Rafael Moneo, con retrasos y sobrecostes derivados de hallazgos arqueológicos.

El impulso enciclopédico es el sueño de una noche de la modernidad. Y además, es divertido. Se dirá, con razón, que en la era del arte democrático todo crecimiento mejora la experiencia del visitante: menos aglomeraciones, más colección visible, relatos más claros, digitalización integral. La cuestión no es cuánto puede crecer un museo, sino lo que deja fuera. Una ampliación suficientemente buena exige la combinación de diversas razones: mejora de accesos, recuperación de narrativas silenciadas, generar redes de investigación que sirvan para transformar la institución. En suma, responder a las necesidades culturales reales de las personas. No se trata de extender el perímetro como una fantasmagoría borgiana, sino, sencillamente, de ampliar horizontes.

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