No hay justicia sin memoria
La toma del Palacio de Justicia se ha convertido para buena parte de los colombianos en un lejano rumor de nuestras violencias diversas, y cada día que pasa corremos el riesgo de que se difumine su recuerdo, de que perdamos relación con lo ocurrido allí

Prólogo del libro Memoria de luz , publicado por la Corte Suprema de Justicia con ocasión del 40º aniversario del holocausto del palacio de Justicia.
El problema con el pasado es que siempre está cambiando. Los hechos del Palacio de Justicia, ocurridos en los días 6 y 7 de noviembre de 1985 –esas fechas que forman parte de nuestra memoria verbal, como un estribillo, como un rezo–, empezaron a cambiar cuando ni siquiera se habían terminado todavía. Los que nos hemos obsesionado con esos dos días recordamos las versiones encontradas, las falsedades producidas en vivo y en directo, la manipulación de los medios, el intento de los unos y los otros y los de más allá por imponer su relato sobre lo que estaba todavía ocurriendo en el edificio acosado por las llamas, los explosivos, los disparos de los fusiles y de los tanques. He escrito recordamos, pero no es el verbo correcto: no, yo no recuerdo nada realmente. En el momento de los hechos, yo tenía doce años y muy poco acceso a lo que podríamos llamar la verdad de lo sucedido; y con el tiempo –el tiempo, la experiencia y el hábito de contar historias sobre la Historia de mi país– he llegado a comprender y a aceptar que esos dos días, como tantos otros días cruciales de nuestro pasado colombiano, han sufrido y seguirán sufriendo siempre los embates de la mentira y el olvido. Este libro maravilloso que el lector tiene entre las manos no es sólo un documento invaluable, sino un lugar de resistencia: resistencia a ese olvido, que todo lo trabaja; resistencia a esa mentira que siembra cizaña en nuestra convivencia. Este libro es, en pocas palabras, un lugar de memoria. Y en menos palabras aun: un memorial.
Lo diré aunque sea una evidencia: llegar a buenos términos con el pasado, sobre todo cuando se trata de un pasado de dolor y violencia, tiene que ser un empeño crucial en cualquier sociedad que se quiera democrática. Nuestra relación con el recuerdo del dolor es uno de los muchos rasgos que define la salud o la enfermedad de una democracia, porque no sólo implica el reconocimiento de quienes lo han sufrido, sino la voluntad testaruda de que no vuelvan a sufrirse cosas semejantes. Todo el mundo –políticos, periodistas, novelistas como yo– ha citado alguna vez la manoseada frase del filósofo Georges Santayana. Pero la frase se suele citar mal: “Los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla”. En realidad, lo que dijo Santayana fue: “Quienes no pueden recordar su pasado están condenados a repetirlo”. El matiz es importante: primero, porque sugiere la acción de fuerzas diversas que quieren impedir el recuerdo; y segundo, porque no se trata solamente del conocimiento académico de los hechos, sino del ejercicio de la memoria, que no es otra cosa que el acto de convertir la historia pública en impresión personal, íntima, profundamente subjetiva. “Recordar”, después de todo, viene del latín recordare, que quiere decir volver a pasar por el corazón.


Tomar esos dos días, 6 y 7 de noviembre de 1985, y volverlos a pasar por el corazón: eso es lo que nos propone –eso es lo que nos permite– este libro. Cuatro décadas después, la toma del Palacio de Justicia se ha convertido para buena parte de los colombianos en un lejano rumor de nuestras violencias diversas, y cada día que pasa corremos el riesgo de que se difumine su recuerdo, de que perdamos relación con lo ocurrido allí. Todos cargamos con nuestras imágenes. Aunque no haya presenciado nada de esto, yo recuerdo –ahí está de nuevo la palabra– el incendio del edificio formidable, que durante el día manchaba de negro el fondo de nubes y en la noche iluminaba el cielo con sus llamas brutales; recuerdo los monstruosos tanques camuflados que no se camuflaban contra nada, porque no estaban en la selva, sino en el centro de la vida civil, y los recuerdo en el acto de subir por las escaleras de piedra, por esos escalones hechos para el cuerpo humano y no para sus ruedas, entre los militares de fusiles levantados y prestos para la acción; y recuerdo a la gente de traje y corbata que salía con las manos en la nuca, o a los rehenes rescatados que corrían agachados, con la cabeza metida entre los hombros.
Recuerdo esas imágenes, sí; pero no recuerdo muchas otras: las ha devorado la oscuridad del pasado, igual que lo devoró todo la oscuridad de la noche del 6 de noviembre, cuando el edificio se quedó sin luz y el fuego lo llenó todo de humo denso. No sé lo que sucedió en el interior del Palacio de Justicia. No sé cómo era el teléfono desde el cual Alfonso Reyes Echandía llamó desesperadamente al presidente de la República. No sé si es cierto que el magistrado Manuel Gaona colgó un pañuelo blanco del pomo de la puerta cuando oyó los primeros disparos del ataque guerrillero. No sé cómo era el vestíbulo inmenso desde donde dispararon los tanques, ni los corredores por los que corrió la gente y cayó bajo los fuegos cruzados, ni las oficinas cerradas con llave por jueces u oficinistas que creyeron salvarse, ni los baños donde algunos guerrilleros se encerraron con algunos rehenes, ni la biblioteca donde comenzó el incendio. No recuerdo nada de eso. (Por supuesto, tampoco sé ni recuerdo lo que vieron los desaparecidos: con ellos desaparecieron relatos que ya nunca podremos recordar.) No recuerdo estas escenas porque no hubo quien las contara: los supervivientes que dieron su testimonio tan pronto salieron del infierno, con la experiencia fresca en la memoria, lo cambiaron después o negaron haber dicho lo que dijeron o se negaron a hablar. Y comenzó a caer un manto de silencio o de olvido sobre esas 27 horas que están entre las más traumáticas que ha vivido nuestro país.
Con el paso de los años, los testimonios —los tercos testimonios— han ido saliendo lentamente a la superficie. El silencio se ha agrietado y nuestra memoria se ha llenado de relatos. Son muchos y han venido de muchas voces, y han quedado recogidos en informes oficiales más o menos certeros y en obras de arte más o menos militantes y en libros de periodistas o de historiadores o de familiares de las víctimas que se esfuerzan por encontrar, en la maraña de los hechos, una verdad humilde que les permita seguir adelante. Para pasar la página del trauma, primero hay que recordarlo bien, recordarlo a fondo, recordarlo con tanta precisión como sea posible; y eso puede ocurrir en lugares de memoria como este libro. El pasado se deshace y se diluye —el pasado muere— por nuestra incapacidad para imaginarlo a cabalidad, porque nuestro conocimiento es defectuoso y nuestro recuerdo es falible y sólo contamos, para ver el pasado, con los relatos de los otros. Y no sólo dependemos de ellos, sino que abrir un lugar para que existan –para que oigamos las voces del pasado, ya sea a través de palabras o de imágenes o incluso de objetos, esos mensajeros de lo desaparecido– es una forma de la justicia. O por lo menos evita que se apile una injusticia sobre otra: pues lo único peor que sufrir las embestidas de la historia colombiana sería que se olvide (o que se desconozca) el hecho de haberlas sufrido. La memoria de lo ocurrido en el Palacio de Justicia puede ser incluso una forma de justicia transicional, por lo menos en el sentido literal de una transición entre unos hechos dolorosos y nuestro reconocimiento, como país, de sus verdades profundas. Ese esfuerzo todavía no ha terminado.
Albert Camus, que vivió como resistente en los tiempos difíciles de la Ocupación, escribió después del fin de la Segunda Guerra: “No es el odio el que hablará mañana, sino la justicia misma, fundada en la memoria”. Yo guardo la esperanza de que algo similar ocurra con nuestra historia colombiana, llena como está de momentos oscuros cuya verdad todavía sigue siendo fuente de disputas. Los hechos del Palacio de Justicia son una herida que todavía no ha cicatrizado: en ella persisten las medias verdades, los engaños, los puntos ciegos y las preguntas sin respuesta. Nos corresponde a nosotros, los ciudadanos, seguir haciendo las preguntas, seguir combatiendo la incertidumbre, seguir contando las historias pequeñas que lentamente iluminan la gran historia, seguir honrando a las víctimas y seguir abriendo espacios que permitan la terca persistencia del pasado. Con algo de suerte, la historia de lo ocurrido hace cuarenta años la contará la justicia, no el odio, y la justicia se fundará en la memoria: en la memoria que existe en lugares, sí, como este libro. No de otra manera se comienza a sanar.
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