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Elecciones en Colombia
Tribuna

Campaña electoral en Colombia: ¿cien años de soledad?

En la campaña electoral está presente el realismo mágico, peleas interminables, un pueblo arrinconado por las guerras y, al final, prevalecen los rencores primitivos. Todavía es tiempo de no repetir la historia de Macondo

La candidata Vicky Dávila saca un cartel en contra del aspirante oficialista Iván Cepeda, durante debate 'La Gran Consulta por Colombia', el 10 de febrero en Bogotá.Diego Cuevas

Es un lugar común afirmar que Colombia pasa por una coyuntura política fundamental, que va de una crisis a otra y que actualmente adelanta un esfuerzo por reinventar las salidas. Se plantea la pregunta de si es posible una transformación de raíz, que no es solo un debate de ideas, sino la urgencia de darle paso a propuestas que sigan construyendo horizontes genuinamente humanos, productivos, garantes del bien común y sin la distancia entre humanidad y naturaleza.

Lo que está en juego en estas elecciones en Colombia tiene que ver no solo con nombres de candidaturas, sino con profundizar cambios como los mencionados y que ya dieron un paso adelante durante el actual periodo del Gobierno del presidente Petro.

Actualmente, la izquierda o el progresismo no tienen las mayorías para ganar la contienda electoral a la Presidencia de la República y tendrían que tener la capacidad de diálogo y concertación, plantear acuerdos con amplios sectores que puedan sumar y construir confianza para ganar la elección presidencial. Por ahora, hace falta un esfuerzo por ampliar la base electoral para alcanzar el umbral; al contrario, se hacen llamados a excluir sectores del centro del espectro político y a otros que se han sumado a lo largo de estos años de gobierno al proyecto del cambio por la vida. La polarización y el sectarismo favorecen la oposición que busca dar marcha atrás a las transformaciones sociales que están avanzando actualmente.

Sin diálogo genuino no habrá triunfo, sin estrategia para conectarse y concertar con las bases sociales en forma incluyente, con una diversidad de sectores que ahora se definen como progresistas, sin necesariamente estar en la izquierda, como conservadores y liberales de base, amplios sectores religiosos, artistas, trabajadores, en general mayorías que podrían sumar millones de colombianos, sin incluirlos no habrá triunfo.

Los desafíos que se enfrentan son contundentes y el liderazgo político actual debe asumirlos, con la sabiduría del que sabe que el triunfo no lo definen solo las encuestas y habría que escuchar este llamado a la unidad que está en las calles y plazas, individuos y comunidades que tienen la esperanza puesta en la suma para construir mayorías porque viven y sufren la historia concreta.

Una de las transformaciones más importantes que se vienen impulsando en Colombia en los últimos años es una demanda impostergable que nos plantea la ciudadanía y la naturaleza, que es el reconocimiento pleno a los derechos de los pueblos originarios y la necesidad de proteger la tierra para el mantenimiento de la vida, porque ocupan un lugar emblemático al ser la cuna de culturas milenarias que nos mantienen hermanados con otros continentes. Las campañas electorales deben tomar en cuenta la exigencia de los pueblos y no dar marcha atrás en lo que han podido avanzar, porque no se trata solo del pulso para obtener un trofeo, sino que el énfasis tiene que ser el del buen vivir de seres humanos y la naturaleza en su conjunto. Al promover la polarización, se favorece el divorcio de los logros de los pueblos en su trasegar histórico porque se acentúa la necesidad de ahondar posturas opuestas en la contienda.

Por otro lado, la agenda del Gobierno de Trump puede incidir en la agenda electoral colombiana. No es desconocido que lo viene haciendo en otros países y la sensatez de no contribuir a la polarización es muy importante en el diálogo internacional.

Uno de los resultados de la reorganización mundial tras la derrota del nazismo ha sido la articulación de lo que conocemos como “comunidad internacional”, y es a este universo que apelamos para hablar de los pueblos a quienes les violan los derechos humanos, y para pueblos como el colombiano es muy importante la voz en los espacios donde se puede sustentar la armonía global.

En el marco de la reunión de Naciones Unidas, el presidente Petro hizo un llamado a transformar esa instancia en una verdadera asamblea de los pueblos cuyo poder resida en la humanidad y no en los intereses del gran capital. “Si queremos democracia y libertad, el poder debe estar en el pueblo. Esa es la fuerza constituyente de la humanidad”, afirmó el mandatario.

En efecto, son los pueblos los que luchan, los que hacen historia y los que conciben y ejecutan las transformaciones sociales, económicas y políticas, y en esto se avanzó al reconocerles a los pueblos su poder constituyente, ya no solo de las naciones, sino de la humanidad entera. Esta campaña electoral hereda los desafíos que han sido planteados en el concierto internacional y también tendrá que asumir los intereses que Estados Unidos históricamente reclama en este país. Un diálogo político más amplio puede mostrar la fuerza de una comunidad fundamentada en los pueblos como principio, puede mostrar las polifonías y policromías que sustentan el pueblo colombiano y caracterizan su humanidad en toda su diversidad.

La frase de cierre de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, en Macondo “las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”, la tragedia de la repetición de errores, con una violencia que se repite y el olvido que marca la historia. En la campaña electoral está presente el realismo mágico, peleas interminables, un pueblo arrinconado por las guerras y, al final, prevalecen los rencores primitivos más que los ideales de justicia y desarrollo. Todavía es tiempo de no repetir la historia de Macondo.

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