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Las razones por las que Britney Spears cedió los derechos de su música, junto con la presión de los intereses comerciales, han impulsado este acuerdo.

La reina del pop se une a la tendencia de los tiempos modernos, mientras que otros artistas siguen su camino.

Britney Spears en Los Ángeles, en 2016.JB Lacroix (WireImage)

La venta del catálogo musical de Britney Spears es, sin duda, una de las noticias de la semana. La artista habría llegado a un acuerdo estimado en alrededor de 200 millones de dólares con Primary Wave, una empresa de publishing y gestión de talento que se ha consolidado como una de las principales compradoras de catálogos en la industria.

Los detalles del acuerdo no se han divulgado y están protegidos por estrictas cláusulas de confidencialidad, por lo que la información disponible proviene principalmente de reportes de la prensa especializada. Se ha informado que Spears habría vendido su participación en el catálogo, probablemente incluyendo regalías de artista y derechos editoriales. La cantante tiene créditos como compositora en casi 40 canciones, aunque solo algunas fueron grandes éxitos, como SM, Work Bitch! O Everytime. Es muy poco probable que sus derechos de imagen y nombre estén incluidos en el acuerdo, y sus grabaciones originales (masters) continúan bajo propiedad de Sony Music.

Los motivos detrás de la venta incluyen factores que van más allá de lo económico, pero el impulso detrás de esta operación —junto con otros actores— responde a una tendencia creciente en la industria, donde el valor de los derechos se reconfigura y los artistas, como Britney, ven cómo su patrimonio se reconfigura a través de acuerdos que trascienden lo inmediato.

Spears vendió su participación en su catálogo a Primary Wave, una empresa especializada en invertir, adquirir y explotar derechos musicales, que además ha recibido financiación clave de fondos de inversión como Brookfield Asset Management, Black Rock u Oaktree Capital Management. Una inyección de capital en parte orientada a la “adquisición de catálogos musicales”.

Primary Records adquirió los derechos de la catálogo de Britney, mientras que su catálogo se amplía con nuevas grabaciones.

Para empezar, desprenderse de un catálogo posibilita la captación de un volumen relevante de fondos de manera instantánea. Spears es un mito con una trascendencia cultural inmensa, no obstante, en lo que concierne al sector comercial, no ha editado un disco desde 2016 (Glory) ni ha concretado giras desde el Piece of Me Tour de 2018. No se estima que esto cambie a corto plazo, dado que la cantante afirmó que “no tiene intención” de regresar a los escenarios en Estados Unidos, por lo cual la transacción de su repertorio constituye una táctica monetaria firme. Es un método para sacar provecho de su historia profesional sin requerir su presencia en promociones, tours o diversas gestiones de mercado.

Además, es importante recordar que la traumática tutela que su padre, Jamie Spears, ejerció sobre ella (con control total sobre su vida personal y profesional) se prolongó durante 13 años. Esta situación no solo provocó efectos devastadores en la artista a todos los niveles, sino que también supuso un duro golpe para sus finanzas: Spears tuvo que pagar millones de dólares en honorarios legales en su intento por limitar el control de su padre durante ese periodo, según ha informado Forbes.

Asimismo, diversos medios señalan que toda la polémica vinculada a la tutela tuvo un impacto significativo en la reputación de Britney Spears, afectando también su relación con patrocinadores. En 2015, la intérprete de Toxic dejó de participar en campañas publicitarias televisivas, lo que supuso una reducción en sus ingresos comerciales. De esta manera, la artista habría dejado de percibir distintas fuentes de ganancias que hasta entonces formaban parte importante de su actividad.

Razones del auge en la venta de derechos

Durante la pasada década, enajenar los derechos musicales se ha transformado en una táctica frecuente para creadores de toda clase de géneros y edades, como señala un arduo análisis de Rolling Stone del 2021. Una de las causas principales es la firmeza económica: los royalties (es decir, las ganancias que producen las piezas al sonar, licenciarse o utilizarse en medios) pueden cambiar con el paso del tiempo. Al traspasar su catálogo, los autores enfrentan esa duda y consiguen capital de forma inmediata. Sin embargo, en lo que respecta a Britney, 200 millones de dólares se percibe como una cantidad escasa frente al peso cultural de su herencia musical.

Las consideraciones impositivas también juegan un papel. En diversas regiones, percibir un desembolso global puede ser más “ventajoso” que abonar gravámenes anuales por derechos de autor durante años. Tratándose de creadores con experiencia, la enajenación de su obra ayuda además a la gestión de legados, dado que fraccionar propiedades musicales entre descendientes resulta complicado, mientras que un monto líquido facilita la división de la herencia.

Una razón táctica adicional se vincula con la transformación de la industria de la música. La transmisión digital lidera la demanda hoy en día, aunque su expansión tal vez se nivele más adelante. Ciertos músicos optan por traspasar su propiedad intelectual mientras la cotización de sus temas permanece elevada.

La creciente tendencia de artistas que venden sus catálogos (como Shakira, Justin Bieber, Bruce Springsteen, Stevie Nicks, Neil Young, Mick Fleetwood o Ryan Tedder) se explica por el auge de un nuevo negocio: la adquisición de catálogos musicales. Desde la pandemia, fondos de inversión y empresas especializadas en música han identificado estas operaciones como una estrategia más rentable, lo que ha impulsado que cada vez más artistas opten por vender sus derechos.

Empresas tales como Primary Wave o Hipgnosis Songs Fund (actualmente Recognition Music Group) funcionan como adquirentes de repertorios, brindando a los creadores montos considerables por la titularidad de sus obras. Según estas firmas, los temas musicales representan valores económicos similares a propiedades inmobiliarias o títulos bursátiles, los cuales producen rentas regulares mediante streaming, plataformas digitales o anuncios. Asimismo, los catálogos más icónicos logran reportar ganancias por muchos años, ajustándose a las distintas modalidades de escucha.

En este mercado, también los grandes actores del sector mantienen una presencia significativa, con el entorno musical evolucionando mientras se continúa con la adquisición de catálogos; así, empresas como la que gestiona derechos de canciones siguen operando, mientras que el control sobre catálogos como los de artistas consagrados persiste, con entidades como Sony Music manteniendo su dominio sobre catálogos que incluyen a artistas como Bruce Springsteen, mientras que la adquisición de derechos sigue siendo un pilar clave en el mercado.

Sin embargo, a pesar de que la empresa mantuvo su estructura, la creciente presión financiera y los altos costos debilitaron su posición, pesez a que antes había gozado de una sólida posición en el mercado.

En todo caso, el auge de los catálogos ha reconfigurado el panorama: ahora, el control sobre las composiciones recae en gran medida en quienes las adquieren, mientras que los creadores originales ven reducida su influencia, pese a seguir siendo parte clave del proceso.

En cambio, los fondos adquieren los derechos completos, mientras que los artistas ven cómo su control se reduce, mientras que el catálogo se gestiona desde una perspectiva comercial que prioriza el rendimiento financiero.

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