La noche en que los cubanos tiraron a la hoguera el comunismo
En la noche de este viernes los cubanos en Morón, en el centro de la isla, incendiaron la sede del Partido Comunista, en un acto de liberación que el gobierno ha tildado de “vandalismo”

El Gobierno cubano congregó, para la mañana de este sábado, a un grupo de hombres y mujeres a gritar consignas en el mismo lugar donde la noche anterior un puñado de adolescentes incendió la ideología. Salieron a la calle, en medio de la oscuridad y el hartazgo municipal, y terminaron prendiendo fuego a la sede del Partido Comunista de Cuba, el único posible en el país, forjado para que militara el pueblo y no para que lo hicieran arder. Pero el Partido, como el sistema, los había traicionado.
El Gobierno trató de revertir hoy lo que la gente hizo ayer, intentó enmendar con un acto patriótico la desobediencia civil. Reunió a algunos de sus militantes a las afueras del edificio acartonado, que adornó con banderas cubanas, y dio rienda a una actividad con artistas locales que hablaron, como un coro mudo, de las promesas y victorias de su Revolución. Ya era tarde, no en el tiempo común, sino en la historia. Parecía que actuaban para nadie. Han pedido al pueblo que aguante un poco más, sin tener nada para ofrecerles.
Por eso la gente salió a la calle, recorrieron en un carnaval de cazuelas las calles de Morón, un municipio al centro del país, y levantaron una hoguera en el mismo lugar donde por años han llegado con sus quejas las madres sin leche para sus hijos, las familias sin techos para dormir. Tras mucho tiempo sin que nadie los oyera, la gente parecía quemar la desidia por las largas horas sin luz, la molestia por la poca comida para servir a la mesa, el cansancio por la falta de transporte, la desesperación por un sistema que los hizo reclusos de su propio fracaso.
Los cubanos, sin embargo, ya habían comenzado a darle candela a su país. Empezaron por las basureros. Llevan tiempo exigiendo que las autoridades limpien sus barrios, recojan los desechos que los tienen diezmados por los virus y el mal olor. Pero su Gobierno tampoco hizo caso y los cubanos incendiaron el desperdicio, se hicieron cargo ellos mismos de lo que el Estado no hizo. Se deshicieron de lo que no les sirve de nada. Y el Partido Comunista no les sirve.
Sumaban siete días de protestas aisladas en el país. El pueblo se estaba uniendo casi todas las noches en cacerolazos, como una orquesta impaciente. Nadie les prestó atención. Al octavo día, en la mañana, el gobernante Miguel Díaz-Canel, a quien se le ha visto envejecer de manera acelerada en los últimos años, se paró en la Televisión Nacional para reconocer lo que por semanas habían estado negando: que Cuba dialoga con la administración de Donald Trump, quien los ha presionado como nunca, cortando todo el suministro de combustible que llegaba del exterior. Esto tampoco calmó a los cubanos. Unas horas después, el hartazgo del pueblo tomó cuerpo en forma de motín, como si no quisieran esperar a que nadie externo los auxiliara, sino con la voluntad de salvarse ellos mismos de una vez.
Hace cinco años, los cubanos estaban en un lugar igual de inhabitable. En medio de una pandemia de coronavirus, y con la economía completamente colapsada, se tiraron a las calles el 11 de julio de 2021 con gritos de “hambre” o “libertad”. Nada de esto les ha sido dado, ni la comida como sustento, ni la libertad como derecho. Son las mismas consignas que se oyeron en la noche y la madrugada del sábado, en las grabaciones que los habitantes de Morón lograron captar. A los manifestantes ni siquiera les detuvo el miedo a ser detenidos o condenados a largos años de prisión, como terminaron miles de manifestantes de aquellas protestas populares.
Los jóvenes de Morón entraron a la sede del Partido como quien conquista un país. No se fueron a una tienda, ni a un teatro, ni a una escuela, ni a un hotel, sino directamente al lugar del símbolo. Estaban haciendo su pequeña Revolución por encima de la Revolución castrista, en un intento de deshacerse de una gesta que ya no reconocen. Lanzaron por los aires sillas, documentos, computadores. La gente, desde las aceras y calles, pedía más, gritaba más, aplaudía más. Alguien ondeó la bandera nacional y se sintió más cubano que en los días anteriores. A otra vez se le oyó decir: “Al fin, ahora sí, se lo buscaron”, y pareció liberar un deseo contenido por años. Hay cierta fiesta en la insurrección, hay cierto placer en tomar la calle. Los cubanos lo desconocieron por años, lo saborearon el 11 de julio, y nunca más han olvidado esa clase de liberación.
En algún momento el Gobierno cortó los servicios de Internet, mandó a desembarcar en el lugar a sus agentes militares Boinas Negras para redirigir el descontento. En medio de los gritos y la humareda, se oyó el sonido de un disparo. La sangre empezó a correr por la pierna de Kevin Samuel Echeverría, de 15 años, que acaba de conocer demasiado joven de lo que es capaz el sistema. “Es comprensible el malestar que provocan en nuestro pueblo los prolongados apagones, como consecuencia del bloqueo energético de EE UU, cruelmente recrudecido en los últimos meses”, dijo luego Díaz-Canel en un comunicado. “Y son legítimas las quejas y reclamos, siempre que se actúe con civismo y respeto al orden público. Lo que nunca será comprensible, justificado, ni admitido es la violencia y el vandalismo que atente contra la tranquilidad ciudadana y la seguridad de nuestras instituciones”.
Las autoridades reportaron la detención de cinco personas tras el incidente. Ahora integrarán la lista de más de mil presos políticos que han sido condenados por situaciones similares. Cuba es un sitio que produce presos políticos como no produce alimentos ni productos básicos. El día en que sea al revés, el país habrá comenzado a cambiar. Ahora hay un anuncio que se replica en redes y de boca y en boca, y que dice: “Morón, el primer municipio libre de comunismo en Cuba”.
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