Gustavo Dudamel recibe un millón de dólares del trompetista Herb Alpert: “Podemos cambiar el mundo, pero pasa por la educación a los jóvenes”
A sus 90 años, el músico californiano crea un nuevo premio de amplia dotación económica que recibe la fundación de su admirado colega, el director de la Filarmónica de Los Ángeles


A Herb Alpert y Gustavo Dudame l les separan muchas cosas. Sus lugares de nacimiento —Los Ángeles, en California, y Barquisimeto, en Venezuela, a 6.000 kilómetros de distancia—; sus edades —uno rebasa los 90; el otro acaba de cumplir 45—; sus idiomas... Pero hay todavía más que les une, como demuestran sus largas conversaciones, que acaban a carcajadas. La primera y principal es su pasión por la música, desde que eran pequeños, y por transmitir todo lo que esta puede dar a las nuevas generaciones. Por descubrir a los niños la pasión por los sonidos, por la cultura, por todas las emociones que esta puede provocar. Ambos quieren abrirles los ojos y los oídos a los chavales del mundo; no para convertirlos en virtuosos, sino para darles herramientas para ser críticos con su entorno. Eso los une más que todas sus diferencias. Y eso hace que ahora hayan unido fuerzas de una manera muy efectiva para ello.
Porque Herb Alpert, trompetista, productor y uno de los músicos más famosos, prolíficos y premiados del mundo, ha decidido crear el Herb Alpert Honor, un premio honorífico dotado con un millón de dólares. Y el primer receptor del premio es Gustavo Dudamel y su vehículo benéfico, con el que canaliza sus labores, la Fundación Dudamel. Alpert ya otorga, desde hace 31 años, los Herb Alpert Awards, con los que entrega cinco galardones anuales dotados con 75.000 dólares a cinco artistas diferentes, pero aquí quería ir un paso más allá. “Y pensé que este caballero de aquí era el primer candidato perfecto”, relata en una conversación en exclusiva con Papallones.
Ese caballero, que se lleva la mano al pecho y agacha la cabeza, con humildad y orgullo por recibir el galardón, es Gustavo Dudamel, el director de la Filarmónica de Los Ángeles, inmerso en su 17ª y última temporada al frente de la orquesta, antes de poner rumbo a Nueva York. “Me siento muy honrado de que esto venga de alguien que abraza esta gran idea de la música como herramienta de transformación social”, afirma el director musical. La charla tiene lugar en su despacho, en el corazón del Walt Disney Concert Hall, edificio lleno de curvas de acero y ya símbolo de la ciudad que fue diseñado por su difunto amigo Frank Gehry. Precisamente un gran piano de Steinway en intenso color verde, una pieza única que perteneció a Gehry, preside la sala. Dudamel y Alpert se sientan en él, lo tocan, charlan y ríen. Su conexión, musical, intelectual y personal, es latente. Además, como explica Dudamel, pasó su infancia escuchando a Alpert, puesto que su padre, Óscar Dudamel, es trombonista.

De ahí que reconozca Alpert que lleva siguiendo la tarea de Gustavo y su fundación “desde hace años”. “La forma en que inspiras a los niños, la música que hacías en ese momento en Venezuela, con ese grupo de músicos tan jóvenes”, le dice Alpert a su colega. “Había un sentimiento, porque creo que la música y las artes tienen que ver con los sentimientos. No se trata de las notas, no se trata solo de la mecánica o de tocar lo correcto, sino de cómo lo haces. Y poder inspirar a los niños a hacer cosas, a exponerse, a ser ellos mismos. No tienen que ser virtuosos. Pero si pueden hacer música que les inspire a ellos, inspirará a otros”.
A sus 90 años, Alpert sigue en activo, dando conciertos por todo el país y, como explica, ve que la música que tocaba hace seis décadas “está viviendo un renacimiento”. “Inspira a audiencias llenas de público republicano, demócrata, libertario, gay, todo lo que quieras, toda la mezcla, y están juntos sintiéndola. Y creo que necesitamos más de eso en este mundo”, reconoce. “El arte es un sentimiento. Te pones ante un cuadro de Jackson Pollock y, si tratas de analizarlo, nunca lo entenderás; si lo sientes, lo comprenderás de un modo distinto”, observa, algo que ocurre igual con la música, que “va a un lugar más profundo del cuerpo”.

El trompetista destaca de su colega su humildad, pero también su capacidad de transmitirle su ilusión por las artes a los demás. “Eres una persona especial y estoy honrado de que aceptes este premio, y que seas el primero en hacerlo”, afirma. Dudamel enrojece y empieza a devolver cumplidos. “Tú eres la inspiración, una guía en términos de generosidad y arte, a la hora de transmitir a la gente, uniéndola y haciendo que disfrute y se transforme con la música. Con la música que hacemos vivimos en un mundo de belleza, y es importante entender sus dimensiones reales”, reconoce Dudamel.
La Fundación Dudamel —codirigida por él y por la actriz española María Valverde, su esposa desde hace casi una década— destinará ese dinero a seguir manteniendo sus programas de aprendizaje e inmersión musical para niños, complejos y caros. Pero para el director venezolano, además del aporte económico, este premio significa mucho más; agradece, obviamente, la aportación “digamos, material, pero sobre todo, la espiritual”. Este honor le devuelve a sus orígenes y al sentido del arte y la música. “Hay que contextualizar lo que esto significa, porque viniendo de él hace que todo sea más especial, más único y significativo. Es una referencia, una inspiración. En la música, por supuesto, pero también en el arte como herramienta para la transformación social. Esto va más allá del mero entretenimiento”, reflexiona. “Te hace estar rodeado de belleza, con los elementos técnicos, armonías, estética... Cuando tienes la oportunidad de estar rodeado de eso, te transformas. Y este es el poder de la música. Yo tuve el privilegio de crecer en ese entorno que creó mi maestro, José Antonio Abreu [fallecido en marzo de 2018]. Soy el resultado de un sueño. Creo que, al igual que Herb, el maestro Abreu comprendió el verdadero poder de la música. Ese hermoso espacio para que los jóvenes no solo sean músicos, sino que creen una vida a través de la música”.

De ahí que para él sea esencial tener esa “oportunidad de multiplicar” las oportunidades para aquellos que no lo tienen tan fácil. Quiere unir a músicos jóvenes de todas partes del mundo y ponerles a crear, a pensar, unirlos en sus diferencias. Como director, está acostumbrado a que sobre el escenario haya “desacuerdos, diferencias de sonidos, de puntos de vista o de técnicas, pero al final se crea una armonía, y ese es el mejor ejemplo”. “Sin duda vivimos en un mundo en el que tienes que pensar de tal manera, porque si piensas de la otra, es malo, pero la otra parte dice lo mismo... Así que nunca vemos lo importante que es pensar de manera diferente y lo bonito que es que no estés de acuerdo. Es algo que hago todos los días en la orquesta, es una colaboración”, asegura.
Esa mezcla cultural y de ideas también es la que le ha dado a Alpert sus mejores resultados profesionales. En los sesenta, encabezó la banda Herb Alpert & The Tijuana Brass. Todo surgió de una visita a la ciudad mexicana, fronteriza con California, cuando acudió a una corrida de toros. Allí, una banda de metales tocaba en las gradas. Más allá de la música de mariachi, que él no buscaba hacer y era lo más conocido de las tonadas mexicanas del momento, como recuerda, se unió a ellos para hacer mezclas poderosas que siguen sonando y girando por el mundo, seis décadas después. Y no, comenta con humor, nunca se puso delante de un toro.

Entonces, ¿la música nos ayudará, nos salvará como sociedad? “Por supuesto que es para hacernos mejores”, afirma Alpert, sin dudar. “La música tiene tanto poder que solo pueden salir cosas buenas de ella. Espero poder volver a lo que dije al principio: me encantaría poder ser útil y ayudar a los niños a pensar. No qué pensar, sino a pensar, a tomar decisiones por sí mismos, a no estar rodeados de las opiniones de los demás, a no seguir a la multitud. A pensar bien. Nos vendría bien más de eso”.
Dudamel le apoya, explicando la dificultad de pararse a pensar. “Pongamos las cosas en perspectiva, la humanidad evoluciona y es estupendo”, observa. “Hay mucha tecnología, que es un logro, pero al mismo tiempo está la contemplación, la espiritualidad, y equilibrarlo todo será mucho mejor. Tendríamos un mundo más empático”. Así lo pide: “Llevemos todas estas herramientas al lugar adecuado y enriquezcamos nuestra naturaleza, y la única forma de hacerlo es creando cultura. Hay que profundizar y crear cultura, educación, y llegar a la forma de educar a las personas, no solo recortar y hacer una educación más técnica y más cuadriculada y decirles a los jóvenes lo que tienen que hacer. Se trata de abrir eso. Sí, creo que podemos cambiar el mundo, pero pasa por la base, que es la educación, lo que les damos a ellos, a los jóvenes”.
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