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Columna

La Inquisición ya no viste de negro, ahora es colorida

Te borrarán del mapa si creen que tu presencia y tu trabajo podría perjudicar a su gran negocio. Eso ocurre en Hollywood y en la Conchinchina

Kevin Spacey, en febrero en la Universidad de Oxford.

Me muestran en internet la intervención de Kevin Spacey en la Universidad de Oxford contándole a un grupo de estudiantes, con la expresividad y el estilo que identifican a los grandes intérpretes especializados en Shakespeare, cómo los estudios de cine y el circo mediático arruinaron definitivamente su carrera y su vida, aunque hubiera sido declarado inocente por los jueces tras la denuncia por acoso sexual que le puso un señor. Y también recuerda la tragedia de Fatty Arbuckle, el actor mejor pagado del cine mudo, al que el veredicto de los jueces declaró inocente de lo que había sido acusado. Ya daba igual. Te borrarán del mapa si creen que tu presencia y tu trabajo podría perjudicar a su gran negocio. Eso ocurre en Hollywood y en la Conchinchina.

Y constato con admiración que todavía hay gente que se atreve a abrir la boca para denunciar infamias transparentes o soterradas. Cuenta Javier Gurruchaga en una entrevista: “Creo que la creación artística está siendo golpeada por censuras que vienen de todas partes. Ocurre con las películas, con las fotos, con los reportajes, con el arte. Estamos viviendo tiempos inquisitoriales. Vivimos un tiempo en el que por un lado se aplauden las dictaduras y los fascismos y por el otro el prohibir y prohibir. Tiempos raros y oscuros”. También escucho una entrevista en la radio al actor Karra Elejalde en la que expresa algo parecido. Qué grima da la ancestral y maldita censura. Eso sí, ahora puede adoptar el conveniente disfraz de la ideología, no del dogma de toda la vida.

También constato que se están largando al otro barrio escritores que me regalaron sensaciones impagables. Hace ya años que se fueron Rafael Chirbes y Martin Amis. Y han dicho adiós a todo eso hace unos días un mago barroco y profundo de las palabras como Lobo Antunes (necesito urgentemente releer su Libro de crónicas, y en especial su precioso relato titulado El fin del mundo) y también Bryce Echenique. La escritura de este me hizo sonreír, reír y también alguna vez me provocó ternura. Y recuerdo una anécdota hilarante que me contaron de él. Se celebraba un congreso, una conferencia, algo así. Echenique se quedó frito en su asiento debido a los abusos etílicos. En la sala se encontraba alguien que se apellidaba Alvar. Y alguien en la ceremonia pronunció ese nombre. Cuentan que Echenique se despertó rápidamente al escucharlo y arengó a todos los presentes con un ardoroso: “Eso es, al bar, al bar, vámonos todos al bar”, La historia es tan jocosa, surrealista y divertida que merecía ser cierta.

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