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Columna

Budas y gordos en el programa

El programa es hipnótico, como todos los que consisten en encerrar a varias personas y ver qué pasa

Una imagen de 'Casados a primera vista'

Después de ver en televisión que venden cursos para sobrevivir a una hecatombe, decidí que, entre saber abrir un cerrojo y beber agua de una piscina sin morirme, prefiero casarme con un desconocido, así que opté por ver Casados a primera vista, en Telecinco. Espóiler: no lo intenten en sus casas, ni lo uno ni lo otro.

El programa es hipnótico, como todos los que consisten en encerrar a varias personas y ver qué pasa. Aquí, además, hay una lectura un poco triste. Los concursantes son demasiado mayores para entrar en La isla de las tentaciones, así que aquí sustituyen el perreo y pasarse los hielos por la boca por casas amuebladas por una empresa sueca y frases de autoayuda alimentadas por la IA. En uno de los salones hay un neón que dice: “Less drama, more cheers”, que les gusta muchísimo. Para lo que hemos quedado, pienso de estas parejas y también de mí.

Les vincula el entrenamiento y la heterosexualidad, junto a las afirmaciones categóricas. “No se lo merece como persona y como mujer”, señala una de ellas, con una expresión que sugiere que debería grabarse en una futura piedra de Rosetta. “Sitúate en esa parte de ti que es invulnerable”, le comenta un progenitor a su descendiente al conocer a su reciente nuera. “Le gustan morenitas, bajitas… las colágeno, ¿sabes?”, le indica a Luciana una conocida de Borja. Si cualquier lector amable tuviera la bondad de explicarme estas citas, le quedaría sumamente agradecida.

Luego hay cosas que me hacen mucha gracia, porque soy de buen conformar. Por ejemplo, cuando la madre de Stefan le enseña a su nuera uno de sus cuartos de baño y le dice: “A ti que te gustan los budas, aquí tienes uno”. El buda en las casas españolas es un tema que da para rato, la verdad. “Stefan es dominante con elegancia”, dice su padrastro mientras sujeta un chihuahua en brazos. Hay otro muchacho, Marc, que tras conocer la casa en la que ha vivido su novia Ainhoa y a su madre, que ha mostrado tuppers con cordero y paella, resume: “La casa me ha parecido muy guay, muy de chica, muy acogedora”. En una cena de todas las parejas en la que saltan chispas, uno le dice a su señora: “No me llames gordi, que es lo que me llamaba la otra”. Lo de llamar gordo/a al conviviente, otro melón que tampoco nos da tiempo. Voy a ver si me hago con un cerrojo.

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