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UN BOOMER ENGANCHADO AL REEL
Análisis

¿Qué parte de Bad Bunny, Donald Trump, no captaste? ¿Lo del perreo? ¡Vamos, ya!

El presidente de Estados Unidos, quien afirmó que hay que agarrar a las mujeres por el coño, comprendió plenamente el magnífico espectáculo del puertorriqueño, la más fuerte bofetada política que le han infligido en público por primera vez

Bad Bunny en su actuación en la Super Bowl, una de las más comentadas y más vistas de la historia.Associated Press/LaPresse (APS)

Llevan días y noches llenando las redes con la increíble actuación que montó Bad Bunny en el gran tazón. Y no me sorprende. Y me encanta. Y nada me llena más de alegría. Cuando llevábamos más de un año de impotencia encadenada, de frustración constante, de bajar la cabeza ante la humillación total y sistemática de este regreso del fascismo y su desfile global ante nuestros ojos, la resistencia empezó a organizarse y ha estallado con rabia y alegría al ritmo de los sonidos latinos.

El basta ya se activó tras las navidades, desde el frío de las calles de Minneapolis, mientras miles de ciudadanos enfrentaban a las SS del hielo resucitadas con rostros ocultos tras las máscaras del ICE. Pero el domingo por la noche en el Levi’s Stadium de Santa Clara, California, durante el descanso del partido entre los Patriots y los Seahawks, el grito de rechazo ante lo que estamos soportando se intensificó...

Ganaron los Seahawks, pero ¿quién le da importancia a eso? Lo que quedará grabado en la historia del espectáculo no fue el encuentro, sino la pasión desatada y la rebelión vibrante de un puertorriqueño orgulloso llamado Benito Antonio Martínez Ocasio, consciente de que posee en sus manos un instrumento de impacto colectivo: la música. Es la lengua que comprenderán siempre todos los pueblos del mundo. Por eso, la protesta del domingo adquiere una dimensión que trasciende lo político —hasta ahora incapaz de enfrentarla— y se convierte en un movimiento guiado desde lo cultural. Eso es lo que más les perturba: a todos los que, como él, buscan silenciarnos. Por eso, el grito de Bad Bunny no puede quedar confinado allí; debe extenderse a otros espacios. Se requiere coraje y determinación para dar ese paso. Lo hizo el músico, y con ello superó los límites de su propia identidad para convertirse en un ícono popular carismático, ampliando su alcance y penetrando territorios incluso ajenos a su arte. Se elevó como un referente social de peso, un ícono cultural indispensable cuya acción carga significados claros, iniciando una lucha que otros, aunque les paguen para hacerlo y sea parte de sus deberes en la defensa de la democracia, no se atreven a emprender.

No se hizo esperar la respuesta de Donald Trump. Había sido silbado en noviembre por decenas de miles de personas en vivo y, por primera vez, humillado de manera conveniente durante un partido de la NFL. No le gustó el espectáculo de la final, comentó después. Lo consideró espantoso, una de las peores actuaciones de la historia. “¡Nadie entiende lo que dice este tipo!”, afirmó en su red social de mentiras, Truth.

¿Qué fue exactamente lo que no entendió? ¿Lo del perreo? Extraño en quien antes dijo que había que agarrar a las mujeres por el coño, quien encabeza la liga Maga machista global. Una vez más ha intentado engañarnos, no hay duda. Lo captó al instante. Otra cosa es que le repugnara totalmente lo que sucedió durante esos 13 minutos, para él, interminables.

No le cayó bien a Trump aquel ángel latino vestido de blanco. El poder de convicción y de rechazo a sus políticas que mostró con un espectáculo reivindicativo, perfectamente orquestado y ejecutado. Durante esos escasos quince minutos, cabía un discurso acompañado de música sobre todo lo que millones de personas en todo el mundo anhelábamos decirle de frente.

Con alegría, también con gozo y esperanza. Palabras que ni el presidente ni sus seguidores entienden. A través del sonido de la salsa, del reguetón, con la fuerza rítmica que se adhiere al alma y que transmiten las maracas, los instrumentos de viento y los tambores al elevar las banderas indispensables. Bad Bunny desplegó todas las que integran América. Las nombró una por una para ofrecer un verdadero y evidente vuelo que enaltece una aspiración y un mundo no reservado para quienes las humillan desde el norte. La palabra que identifica un territorio donde la mayoría habla español y que fue pronunciada desde su bautizo en nuestro idioma. Precisamente la que empleó Bad Bunny la noche del domingo, cuando se plantó con toda su potencia frente a los excesos del nuevo emperador.

Donald Trump no comprendió que incluso una rubia legendaria como Lady Gaga se uniera al bando del mestizaje y la piel morena, que Ricky Martin le hablara casi con una voz temblorosa pero firme sobre la gentrificación, las raíces y el medio ambiente, ni que alguien pudiera lanzarse al vacío de espaldas, sin miedo, porque sabía con certeza que decenas de brazos lo recibirían y no lo dejarían estrellarse contra el suelo, como hizo Bad Bunny.

Ni se le había ocurrido al nuevo tirano global que iba a presenciar a un niño muy parecido al que sus seguidores habían arrestado semanas antes en Minneapolis recibiendo el Grammy que el artista obtuvo con el grito de: “ICE fuera”. Ni que con ese acto, mucho más digno que la vergonzosa exhibición de Corina Machado entregando el Nobel en la Casa Blanca, elevaba y encendía la esperanza en millones de corazones contraídos y aterrorizados por todo el país, oprimidos por la constante amenaza de deportación.

Y seguramente comprendieron la lección moral, ética y artística de Bad Bunny, quienes durante este año triste y abominable se han postrado ante los pies del sátrapa sin levantar la voz. Mandatarios sumisos y líderes de naciones democráticas, elegidos por sus ciudadanos, que lo han recibido, honrado y tolerado sus excesos, que le han dicho amén, que se han doblegado y nos han negado la dignidad imprescindible y necesaria para decirle, con toda la razón que nos legitima: ¡Hasta aquí hemos llegado, fascista!

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