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CARTAS AL DIRECTOR

Justicia para quienes no tienen voz

Las lectoras y los lectores escriben sobre la violencia vicaria, la guerra en Oriente Próximo, las mascotas como sutituto de los hijos y la adicción a las redes

Israel Sebastian (Getty Images)

Cada vez que recojo a mi hijo de dos años tras las visitas con su padre, no solo abrazo su cuerpo, sino que intento rescatar su luz. Vuelve sucio, hambriento, incluso enfermo y con una mirada de desamparo que ningún niño debería conocer. Mi denuncia por violencia de género fue archivada, pero el maltrato no cesó; simplemente mutó en violencia vicaria. Hoy, mi hijo es un rehén del sistema. Mientras Servicios Sociales me recuerda que su bienestar es “mi responsabilidad”, me veo obligada a enviar maletas con comida y pañales que su progenitor se niega a proveer. Para él, el niño no es un hijo sino una herramienta de castigo contra mí. Muchos expertos advierten que la infancia es la gran olvidada. Sin embargo, las instituciones siguen priorizando el “derecho de visita” de un padre por encima de la dignidad y seguridad de un menor vulnerable. El Estado no puede seguir siendo cómplice de este maltrato invisible bajo el pretexto de una supuesta coparentalidad que, en la práctica, es negligencia protegida. ¿Cuántas miradas apagadas más necesita el sistema para reaccionar? Somos muchas las que pasamos por esto y no pedimos privilegios; solo exigimos justicia para quienes no tienen voz.

Margarita Vázquez. Logroño

Otro mundo posible

Llevo tres semanas conjugando verbos bélicos y conceptos apocalípticos. Meses si hablamos de Gaza, casi un lustro si miramos a Ucrania o millones de años si pensamos en el sapiens que pasó por el sílex al último neandertal. Vivo con esa jerga, con los neologismos de la guerra y su crueldad. Ya ni la siento. El zumbido del dron, el estallido del misil, las esquirlas de metralla en la cara de los niños. Salgo al balcón, ese en el que aplaudía hace cinco años, y me encuentro, contradictorio, el susurro sordo de otro mundo posible. Allí, en la copa discreta del almendro, el zumbido es el de la abeja, el disparo es el de la tierna flor al cielo y el único estallido es, imparable, el de la primavera. Otro mundo no solo es posible, sino que es real. Lejos del estruendo vacío de las ansias de poder, se abre camino una vez más, en silencio pleno, casi de puntillas, la vida. Muy a pesar del hombre.

Carlos Miguel Vega Gómez. León

Hija

A mi gata la he llamado más de una vez “hija”. Mi novia y yo solemos tratarla como nuestro retoño: ella tiene sus amistades y amoríos, sus gustos musicales, y hasta sabe qué carrera va a estudiar y en qué universidad. A veces me pregunto si, detrás de ese delirante papel de creernos padres, se esconde una incómoda verdad: que andamos cerca de los 30; que la posibilidad de un trabajo estable solo pasa por aprobar unas oposiciones; que una hipoteca es misión imposible. En toda esa ecuación, tener un hijo —uno de verdad— resulta un gusto demasiado caro. Así que llamo a mi gata “hija”, y es lo que hay.

Adrián Romero Jurado. Madrid

Noticia inédita

A pesar de los cambios que se están produciendo en la sociedad, a veces ves un poco de luz en el túnel y te encuentras con situaciones que creías ya no ibas a volver a presenciar en tu vida. Pero no es así. Recientemente, en un trayecto en el metro, ocurrió algo sencillamente muy difícil de creer: uno de los pasajeros, humano por más señas (creo), ¡no iba mirando el móvil! Nada más, ahí lo dejo.

Pedro Rivas Magdaleno. Madrid

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